Concha Ortega: la anticuaria del barrio de Las Letras que adoran los interioristas más top
En Madrid hay muchos anticuarios con tiendas enormes repletas de mil y un maravillas, pero ninguno posee el magnetismo de nuestra protagonista. Decoradores, interioristas y particulares con buen gusto la adoran, ¿por qué será?
Los negocios no funcionan por los planes de ídem, ni por la ubicación, ni siquiera por el género en venta. Los negocios funcionan, o no, por las personas que los llevan. En el caso de la confortable tienda de antigüedades que ilustra esta página, el éxito vino de la mano de su propietaria, Concha Ortega, una mujer adorable y valiente que se instaló en Las Letras a finales de los noventa, cuando el barrio era yonquilandia y no el actual mapa de tienditas con encanto,restaurantes de autor y coctelerías sofisticadas.
Concha Ortega nació en Ciudad Real, vaya usted a saber cuándo, porque no suelta prenda ni aplicándole un grado diez. Su padre era médico y su madre, farmacéutica con una botica en Madrid, lo que se traducía en un inevitable ir y venir de la niña de provincias a la capital. Así, hasta que la semilla de la madurez optó por echar raíces en la Villa y Corte. “Por influencia familiar, me instalé definitivamente en Madrid para estudiar Farmacia, pero, horror, en una semana me di cuenta de que no me gustaba nada, pero nada de nada. Me apunté a la Escuela de Arte y Antigüedades de Madrid y empecé a ser feliz”.
PREGUNTA. ¿Qué se aprende en una escuela de anticuarios?
RESPUESTA. Historia del arte, del mueble, de las artes decorativas; también arquitectura, conservación y restauración, museología, arqueología… De todo un poco durante tres años. Teníamos hasta una asignatura de contabilidad que a mí me vino genial. Aprendes a valorar y a restaurar cada pieza en función de su edad porque cada época requiere sus propias técnicas. Lo que no hay que pretender es que quede como nueva, hay que respetar la esencia de la pieza, su historia, su personalidad.
En Moratín 14 se sabe cuando se entra, pero no cuando se sale. Foto: J. I. R.
P. ¿Qué había dentro de ti que te llevó hasta las antigüedades y la restauración?
R. Las antigüedades cuentan historias. Hay gente que no sabe escucharlas, pero yo siempre las descifro, diría que soy especialmente hábil a la hora de entender todo lo que hay detrás de un armario, una lámpara o un sillón. Es mi don desde pequeñita. A ver, que también le pongo mucha fantasía, pero, sí, me encanta imaginar al artesano ensamblando el mueble, a los primeros propietarios el día que lo compraron, la habitación en la que encajó perfectamente, la felicidad que les proporcionó… Cuando voy a ferias a comprar, escucho todas esas historias, pero también valoro el trabajo de restauración, la intervención que va a exigir cada pieza para volver a brillar.
“Las antigüedades cuentan historias. Hay gente que no sabe escucharlas, pero yo siempre las descifro”
P. ¿Los objetos se impregnan de las vivencias de sus propietarios?
R. Sí, absolutamente. Estoy convencida.
P. ¿Has comprado algo alguna vez algún objeto que acabase dándote mal rollo?
R. Me ha pasado en alguna ocasión que he comprado algo que, en ese momento, me ha proporcionado mucho placer, pero luego no me decía nada. No mucho, pero me ha pasado. Al mal rollo nunca he llegado.
Antigüedades y restauración. Fotos: J. I. R.
P. ¿Cuál fue tu primer trabajo?
R. Empecé con un anticuario que tenía tiendas y talleres de restauración en Lausana y Zaragoza. Me tocó trabajar en las dos ciudades, hasta que, no mucho después, decidí montar mi propio taller de restauración aquí, en el barrio de Las Letras. Una cosa llevó a la otra, y rápidamente me convertí en anticuaria.
P. ¿Siempre has estado aquí, en la calle Moratín?
R. Aquí mismo. Compré el local en 1998 —era el almacén de la editorial Destino— y empecé a trabajar.
P. ¿Cómo era el barrio en 1998?
R. Totalmente diferente a como lo vemos hoy. Era bastante terrible, un epicentro de la droga. Ha cambiado muchísimo gracias al comercio y a la buena hostelería.
Concha y su mítico biombo francés de los años 30. Foto: J. I. R.
P. En verdad, Concha Ortega es arte y parte del renacimiento de Las Letras, junto al gran Pascua Ortega —impertérrito desde su palacete de la calle Lope de Vega—, y otros pioneros como Lorenzo Castillo.
R. Sí, Pascua y Lorenzo son fundamentales en la recuperación del barrio, y también hay que hablar de Bakelita, una tienda que marcó época porque se enfocó en mobiliario y decoración del siglo XX, introdujeron el diseño contemporáneo a través grandes nombres propios. También había anticuarios tradicionales en las calles Prado y San Agustín. Entre todos hicimos camino.
P. ¿Cómo te las arreglaste para comprar el local y los primeros muebles?
R. Tuve el apoyo de mi familia. Yo me habría conformado con alquilar, pero mis padres insistieron en que comprara, se empeñaron en ayudarme. Siempre se lo agradeceré.
Foto: J. I. R.
P. ¿Quién fue tu primer cliente?
R. Me costó arrancar, hasta que un día entró por esa puerta Pascua Ortega e hice mi primera venta importante. Me compró dos cómodas fantásticas de nogal con marquetería aragonesa, estilo Carlos IV, para una casa que estaba decorando en Oviedo. Fue la primera venta consistente y me liberó de algún que otro agobio económico. Pascua me hizo inmensamente feliz aquel día. (Risas)
P. ¿Dónde encuentras estos muebles preciosos?
R. Suelo ir a las ferias francesas. Allí tienen mucha más tradición que nosotros y mueven unos muebles estupendos traídos de toda Francia, pero también de Italia o Alemania. Los franceses tienen muy interiorizada la sensibilidad por las antigüedades, por la belleza en general.
P. ¿Cómo se gestiona el transporte desde Francia?
R. Hay un poco de todo. Nosotros viajamos con nuestra furgoneta y traemos muchas cosas, pero también hay transportistas franceses que tienen Madrid como destino habitual.
“Un gran anticuario debe tener buen gusto, muchas ganas de trabajar y criterio. El criterio es lo que manda”
P. Hay que ponerle mucho amor a cada compra, pero ¿cómo se calcula la ganancia?
R. Al restaurar yo misma, eso que me ahorro. Básicamente, hay que saber que, aunque algo te enamore muchísimo, si no salen las cuentas es mejor dejarlo pasar. La ecuación tiempo más coste más transporte tiene que fluir. No puedes llenar la tienda de objetos sin salida. Es un instinto de supervivencia que vas afinando con el tiempo: hay que imaginar lo que la gente va a querer.
P. ¿Qué tiene que tener un gran anticuario?
R. Buen gusto, muchas ganas de trabajar y criterio. El criterio es lo que manda.
Concha Ortega o el arte de saber escuchar a muebles y objetos con alma. Foto: J. I. R.
P. Eres la más querida por muchos de los más grandes decoradores e interioristas de este país. ¿A quién nos encontramos en tu lista de adoradores?
R. Más que adoradores, yo hablaría de amigos. (Risas). Pues están Pascua, Lorenzo, Pablo Paniagua, Isabel López Quesada, Raúl Martins… Tengo muchos y buenos amigos. Ellos me envían siempre a muchos particulares, me ayudan con esa parte de mí que no se me da nada bien: ¡me vendo fatal! (Risas).
P. Se dice, se cuenta, se rumorea que un famoso actor mexicano con casa en Madrid y serie galáctica en una galaxia lejana, muy lejana, enloquece cada vez que entra en Moratín 14 y te lo quiere comprar todo.
R. Eso dicen. (Risas).
P. ¿Qué hay en esta tienda que lleve contigo desde el principio y nunca vas a vender?
R. El biombo con el que separo la tienda del taller lleva veinticinco años conmigo y te aseguro que no se va a ir de aquí. Es un biombo de persiana de madera de pino de los años 30, y es uno de los primeros objetos que compré en Francia.
P. Si volvieras a nacer y pudieses elegir, ¿repetirías como anticuaria?
R. ¡Sí, claro! Esta profesión es un privilegio.
Los negocios no funcionan por los planes de ídem, ni por la ubicación, ni siquiera por el género en venta. Los negocios funcionan, o no, por las personas que los llevan. En el caso de la confortable tienda de antigüedades que ilustra esta página, el éxito vino de la mano de su propietaria, Concha Ortega, una mujer adorable y valiente que se instaló en Las Letras a finales de los noventa, cuando el barrio era yonquilandia y no el actual mapa de tienditas con encanto,restaurantes de autor y coctelerías sofisticadas.