Mantener la motivación para hacer ejercicio de forma constante es uno de los mayores retos a los que se enfrentan quienes intentan adoptar un estilo de vida más activo. Al principio todo parece fácil: los propósitos están frescos, el entusiasmo acompaña. Pero con el paso de los días o semanas, la rutina, el cansancio o la falta de resultados inmediatos pueden hacer que la motivación flaquee. Sin embargo, la ciencia tiene una herramienta sencilla —y sorprendentemente efectiva— para no abandonar: pensar en cómo te sentirás después.
Este mecanismo se basa en lo que los expertos llaman “visualización afectiva anticipada”. Es decir, usar la memoria emocional para imaginar —de forma consciente y detallada— cómo te sentirás al terminar la sesión: menos estresado, más despejado mentalmente, orgulloso de haber cumplido con tu objetivo. Este pequeño ejercicio mental puede inclinar la balanza a tu favor en esos momentos en los que tu cerebro busca excusas para quedarse en el sofá.
Hacer ejercicio de forma regular ayuda a prevenir la diabetes. (iStock)
Pero para que esta estrategia funcione, no basta con pensar “me sentiré bien después”. Es importante identificar de manera concreta cuáles son las sensaciones que experimentas habitualmente tras entrenar. Por ejemplo: “siento que respiro mejor”, “tengo más claridad mental”, “mi cuerpo se siente más fuerte”, o “me cambia el humor”. Cuanto más específicas y reales sean esas sensaciones para ti, más efectivo será el truco.
Esta técnica también ayuda a contrarrestar uno de los sesgos más habituales al hacer ejercicio: enfocarnos solo en el esfuerzo o el cansancio. Al centrarnos en lo que nos cuesta, en vez de en lo que ganamos, la mente asocia el entrenamiento con una experiencia negativa. En cambio, al recordar que el esfuerzo es transitorio y el bienestar posterior es duradero, cambiamos el enfoque emocional.
Mantener la motivación para hacer ejercicio de forma constante es uno de los mayores retos a los que se enfrentan quienes intentan adoptar un estilo de vida más activo. Al principio todo parece fácil: los propósitos están frescos, el entusiasmo acompaña. Pero con el paso de los días o semanas, la rutina, el cansancio o la falta de resultados inmediatos pueden hacer que la motivación flaquee. Sin embargo, la ciencia tiene una herramienta sencilla —y sorprendentemente efectiva— para no abandonar: pensar en cómo te sentirás después.