Ángela Esteban explica, en una entrevista publicada por ABC, que el origen de este fenómeno empieza mucho antes de fichar por primera vez. “Desde pequeños nos enseñan que hay que trabajar duro, que el esfuerzo lo es todo, que si quieres puedes. Crecemos con la idea de que si no conseguimos algo, la culpa es nuestra”, señala. Esa mentalidad de autoexigencia y perfeccionismo acaba por moldear adultos que se valoran solo por lo que hacen y no por lo que son.
En su consulta, la psicóloga recibe a personas que no pueden desconectar ni fuera del horario laboral, que sienten que nadie reconoce su esfuerzo o que viven con miedo a perder su empleo porque eso supondría perder también su identidad. “Muchos me dicen: ‘sin trabajo, ¿quién soy?’”, explica. La falta de descanso, los mensajes fuera de horario y la sensación de inutilidad minan la autoestima hasta el punto de convertir el trabajo en un espacio temido.
Cabe mencionar que Esteban recuerda que la motivación no se mantiene a base de presión, sino de reconocimiento. “Desde niños nos premiaban por las buenas notas, y de adultos seguimos necesitando que nos valoren”, afirma. El problema, advierte, es que hemos normalizado el malestar laboral. Pensamos que todos estamos igual y que quejarse es signo de debilidad.
De este modo, la autora invita a cuestionar la idea de éxito profesional y a revisar qué dejamos por el camino. “No deberíamos esperar a la jubilación para darnos cuenta de que renunciamos a demasiadas cosas por el trabajo”, señala. Su propuesta es clara: aprender a poner límites, a desconectar y a recordar que nuestra salud mental no es un lujo, sino una prioridad. Porque, como dice su título, nadie va a heredar la empresa.