Según Han, se nos ha vendido una concepción distorsionada de la felicidad, entendida como un estado continuo de satisfacción y rendimiento emocional. En este modelo, no hay espacio para la pausa, la tristeza, el cansancio o el desánimo. “Nos venden la felicidad como un estado continuo de rendimiento emocional, y si no lo alcanzamos, sentimos que fracasamos”, advierte el filósofo. Así, la alegría deja de ser una experiencia espontánea para convertirse en una obligación más.
¿En qué medida depende la salud de nuestra felicidad? (iStock)
Esta exigencia constante empuja a las personas a una persecución infinita de una felicidad que nunca llega a consolidarse. En palabras de Han, se trata de una “felicidad que proporcione una ininterrumpida capacidad de rendimiento”, como si el ser humano fuera una máquina diseñada para producir emociones positivas sin interrupción. El dolor, en lugar de ser escuchado o comprendido, se anestesia y se oculta, reforzando lo que el autor define como una nueva fórmula de dominación: “sé feliz”.
En este contexto, la sociedad actual sitúa la felicidad como un objetivo individual y casi moral. Cada persona es considerada plenamente responsable de su bienestar, ignorando factores sociales y colectivos que influyen de forma decisiva en la vida cotidiana. El miedo, la desigualdad, la precariedad laboral o el aislamiento quedan fuera del relato, como si no tuvieran impacto alguno en el estado emocional de las personas.
Los expertos querían averiguar si las variaciones de salud mental y felicidad variaban según el día de la semana (iStock)
Byung-Chul Han denuncia que este discurso termina culpabilizando al individuo. “Nos convencen de que si no somos felices es porque no nos esforzamos lo suficiente”, señala. La tristeza o el malestar dejan de entenderse como respuestas humanas legítimas y pasan a interpretarse como fallos personales, lo que incrementa la ansiedad, la frustración y la sensación de insuficiencia.
En La sociedad paliativa, el filósofo reivindica la necesidad de recuperar una mirada más honesta sobre la experiencia humana. El sufrimiento, sostiene, no es un error que deba ser eliminado a toda costa, sino una parte inevitable de la vida que también nos conecta con los demás y con nuestra propia fragilidad. Negarlo empobrece nuestra experiencia y nos aleja de una comprensión más profunda de lo que significa vivir.