Julia Farré, nutricionista, sobre las comidas en las fiestas: "Masticar bien y comer despacio es lo primero"
La nutricionista plantea que la clave está en disfrutar con flexibilidad, manteniendo cierta moderación y tomando decisiones pequeñas que ayudan a que la comida no se convierta en un problema físico
Júlia Farré, nutricionista, sobre un horario de comidas adecuado. (TikTok/@julia.farre.moya)
Las comidas de fiestas suelen ser más largas, más abundantes y con un punto extra de desorden, no solo por lo que se come, sino por el ritmo. Entre brindis, conversaciones y platos que se encadenan, es fácil acabar con digestiones pesadas o con esa sensación incómoda de acidez que aparece justo cuando la mesa aún no ha terminado. La nutricionista Júlia Farré lo plantea desde un enfoque muy simple y poco dramático: antes de pensar en “compensar” o en eliminar alimentos, hay un gesto básico que cambia por completo la experiencia.
Su recomendación principal no se apoya en prohibiciones ni en trucos complicados, sino en cómo se come. Farré insiste en que, aunque parezca obvio, muchas personas no lo hacen: masticar bien y comer despacio reduce el esfuerzo digestivo, permite que el estómago procese mejor y ayuda a detectar antes la saciedad. En comidas copiosas, el problema no suele ser solo la cantidad, sino el hecho de comer demasiado rápido, casi sin registrar lo que está pasando. Y en ese contexto, el cuerpo responde con pesadez, ardor y malestar.
A partir de ahí, Farré desmonta una estrategia muy común en Navidad: comer menos antes para llegar a la comida familiar con “margen”. Su respuesta es clara y, sobre todo, práctica. Explica que restringir previamente suele aumentar el hambre y la ansiedad, y eso empuja a comer con más prisa, con menos control y con una sensación de urgencia que termina afectando también a la digestión. Es decir, lo que muchas personas hacen para “portarse bien” puede acabar jugando en contra, tanto a nivel físico como emocional.
Un plato pensado para protagonizar una comida de Navidad. (Freepik)
Según la nutricionista, el mismo patrón se repite después de los excesos. Reducir de golpe o hacer restricciones severas tras varios días de celebraciones no suele ser una buena idea, porque también puede generar ansiedad y una relación más tensa con la comida. En su visión, la clave no está en castigar al cuerpo, sino en recuperar la normalidad con calma. Volver a la rutina es distinto a intentar compensar con rigidez.
Farré también habla de algo muy concreto que suele aparecer en estas fechas: el cava y cómo puede sentar distinto a otras bebidas. Señala que una parte del problema es el gas, otra es que muchas personas no están habituadas a beberlo con frecuencia, y otra bastante común es que se empieza a brindar antes de comer. Ese arranque con el estómago vacío puede aumentar la acidez y hacer que el alcohol se note más. Para evitarlo, su consejo es sencillo: tomar antes un bocado con algo de grasa, como queso u otro aperitivo similar, para que el estómago no esté completamente vacío.
La Navidad no tiene por qué vivirse como una excepción caótica ni como un periodo de control constante. Puede ser un momento de disfrute, pero con pequeños gestos que ayudan a que el cuerpo lo lleve mejor. Comer más despacio, masticar con calma, no llegar con hambre acumulada y evitar empezar la comida solo con alcohol son hábitos simples que reducen la acidez y hacen que una comida festiva no acabe convirtiéndose en una digestión pesada.
Las comidas de fiestas suelen ser más largas, más abundantes y con un punto extra de desorden, no solo por lo que se come, sino por el ritmo. Entre brindis, conversaciones y platos que se encadenan, es fácil acabar con digestiones pesadas o con esa sensación incómoda de acidez que aparece justo cuando la mesa aún no ha terminado. La nutricionista Júlia Farré lo plantea desde un enfoque muy simple y poco dramático: antes de pensar en “compensar” o en eliminar alimentos, hay un gesto básico que cambia por completo la experiencia.