La forma de criar a los hijos ha cambiado notablemente en las últimas décadas, y la psicología empieza a poner cifras y conclusiones a una percepción bastante extendida: los niños de los años 90 desarrollaron una mayor autonomía que los actuales. Lejos de tratarse de una idealización del pasado, diversos estudios apuntan a que la diferencia reside en algo tan cotidiano como la manera de afrontar los problemas.
Tal y como recoge 'Noticias Trabajo', quienes crecieron en esa época recuerdan situaciones en las que “nadie intervenía de inmediato cuando algo salía mal”. Discusiones con amigos, frustraciones o pequeños conflictos formaban parte del aprendizaje diario sin una supervisión constante por parte de los adultos.
Una conexión que perdura en el tiempo. (Pexels)
Este cambio de enfoque en la crianza ha sido analizado por la psicología moderna. Un estudio longitudinal de la American Psychological Association, citado por la misma fuente, siguió durante ocho años a más de 400 niños para observar cómo influye la intervención parental en su desarrollo. Los resultados son claros: cuando los padres ejercen un control excesivo desde edades tempranas, los niños desarrollan más dificultades para gestionar emociones y comportamientos.
Lejos de ser una cuestión de falta de cuidado, se trata de una intervención que, aunque bien intencionada, limita las oportunidades de aprendizaje. Según la investigación, los niños que a los 2 años estaban más controlados presentaban a los 5 mayores problemas de autorregulación, una diferencia que se hacía aún más evidente a los 10 años. En esa etapa, mostraban más dificultades emocionales, sociales e incluso académicas.
Tenemos una mayor carga genética de nuestra abuela materna. (Pexels)
Uno de los conceptos clave que explica esta diferencia es la autorregulación. Esta capacidad permite a los niños controlar impulsos, gestionar emociones y adaptarse a situaciones nuevas sin depender constantemente de un adulto. El estudio señala que esta habilidad no se aprende mediante instrucciones, sino a través de la experiencia directa. Es decir, enfrentarse a problemas reales, equivocarse y volver a intentarlo resulta esencial para su desarrollo.
En la vida cotidiana, el exceso de control se manifiesta de formas aparentemente inofensivas: resolver conflictos antes de que el niño lo intente, evitar cualquier frustración o dar respuestas inmediatas. Sin embargo, estas acciones reducen las oportunidades de aprendizaje y limitan el desarrollo de habilidades fundamentales. Los expertos insisten en que la clave no está en dejar a los niños completamente solos ni en eliminar la figura de apoyo. El abandono no forma parte de una crianza saludable. La diferencia está en encontrar un equilibrio entre acompañar y permitir autonomía.
Un estudio de Harvard dictamina que el mes de nacimiento es relevante para la inteligencia. (iStock)
Como señala 'Noticias Trabajo', “la autonomía no se transmite directamente, sino que se construye a través de la experiencia”. Esto implica estar presentes, pero sin intervenir constantemente, dejando espacio para que los niños gestionen sus propios retos.
La conclusión que deja este análisis no apunta a que una generación haya sido mejor criada que otra, sino a que las experiencias vividas en la infancia tienen un impacto directo en el desarrollo emocional. Y, en muchos casos, aprender a resolver problemas sin ayuda inmediata puede marcar la diferencia a largo plazo.
La forma de criar a los hijos ha cambiado notablemente en las últimas décadas, y la psicología empieza a poner cifras y conclusiones a una percepción bastante extendida: los niños de los años 90 desarrollaron una mayor autonomía que los actuales. Lejos de tratarse de una idealización del pasado, diversos estudios apuntan a que la diferencia reside en algo tan cotidiano como la manera de afrontar los problemas.