Ivonne Klein, terapeuta: "El tener una actitud positiva sí se ha visto que redunda en una mejor salud, pero creo que hay que tener una visión de la emocionalidad desde mayor compasión hacia nosotros"
Ivonne Klein, terapeuta: "El tener una actitud positiva sí se ha visto que redunda en una mejor salud, pero creo que hay que tener una visión de la emocionalidad desde mayor compasión hacia nosotros"
La terapeuta reflexiona sobre la ansiedad, la presión de tener que estar siempre bien y la importancia de aprender a escuchar las emociones desde un enfoque más compasivo y realista del bienestar
La idea de que hay que estar bien todo el tiempo se ha instalado con fuerza en muchos discursos sobre bienestar. Sin embargo, para la terapeuta Ivonne Klein, cuidar la salud emocional no pasa por negar el malestar ni por imponer una alegría constante, sino por aprender a reconocer lo que sentimos con más honestidad y menos juicio.
Durante una charla centrada en bienestar y salud mental, Klein explicó que muchas personas viven atravesadas por el miedo, la ansiedad y una sensación persistente de insuficiencia. Según señaló, no sentirse “suficientemente” válido, inteligente o exitoso puede alimentar pensamientos de amenaza y activar un estado de alerta constante.
La voluntad para ser felices es lo único que cuenta. (Pexels)
La especialista diferencia entre miedo y ansiedad. El miedo aparece ante un peligro real y presente, mientras que la ansiedad suele surgir ante una posibilidad futura. Esa anticipación, cuando se repite demasiado, puede desgastar tanto a nivel mental como físico.
Por eso, Klein insiste en empezar por algo básico: identificar lo que se siente. "Vivimos en emociones todo el tiempo y no son ni positivas ni negativas, son", afirmó. Para ella, resulta más útil hablar de emociones de bienestar y emociones de malestar, porque esa clasificación evita juzgar lo que nos pasa.
La terapeuta recuerda que emociones como el miedo, la tristeza o el enfado también pueden cumplir una función. El miedo ayuda a detectar amenazas, la tristeza permite conectar con una pérdida y el enfado puede ser necesario para poner límites. El problema aparece cuando esas emociones aumentan tanto que dejan de ser funcionales y empiezan a bloquear la vida diaria.
Klein también pone el foco en el cuerpo. Según explica, el organismo actúa como un termómetro emocional: una presión en el pecho, una contractura en el estómago, la respiración agitada o la taquicardia pueden dar pistas sobre lo que ocurre internamente. Escuchar esas señales ayuda a tomar conciencia antes de reaccionar de forma automática.
En ese contexto, la positividad tiene matices. “El tener una actitud positiva sí se ha visto que redunda en una mejor salud”, señaló Klein, pero advirtió de que reducir el bienestar a "tener que estar bien" puede ser injusto y poco realista. Su propuesta pasa por mirar la emocionalidad "desde mayor complejidad" y con más compasión hacia uno mismo.
La terapeuta también defiende que el bienestar no consiste solo en disminuir el dolor, sino en construir momentos valiosos. Para ello, recomienda prácticas sencillas como nombrar las emociones, respirar para volver al presente, pedir ayuda cuando sea necesario y apoyarse en vínculos significativos.
La felicidad no depende del dinero ni de lo material. (Pexels)
Otra herramienta que menciona es el diario de gratitud, pero entendido de forma concreta y no como una lista mecánica. Su propuesta es revisar el día y preguntarse qué momento merece ser recordado, aunque sea pequeño: una conversación, una mirada, un gesto amable o una sensación de calma.
La salud emocional no se construye negando lo difícil, sino aprendiendo a mirarlo, nombrarlo y regularlo. La actitud positiva puede ayudar, sí, pero siempre que no se convierta en una obligación más ni en una forma de silenciar lo que también necesita ser atendido.
La idea de que hay que estar bien todo el tiempo se ha instalado con fuerza en muchos discursos sobre bienestar. Sin embargo, para la terapeuta Ivonne Klein, cuidar la salud emocional no pasa por negar el malestar ni por imponer una alegría constante, sino por aprender a reconocer lo que sentimos con más honestidad y menos juicio.