Durante años, la relación entre moda y deporte se limitaba casi exclusivamente a las colaboraciones entre firmas de lujo y marcas deportivas. Pero poco a poco las zapatillas conquistaron el armario cotidiano, el athleisure dejó de ser una tendencia pasajera para convertirse en un uniforme y las pasarelas empezaron a mirar con naturalidad hacia las pistas de tenis, las canchas de baloncesto o los circuitos de atletismo.
Esa unión entre la moda y el deporte ha encontrado su máxima exponente: Naomi Osaka. La tenista japonesa ya no acapara titulares únicamente por su juego. Cada vez que aparece en un gran torneo convierte el camino desde el vestuario hasta la pista en una auténtica pasarela de moda.
Sus apariciones funcionan como una instalación construida por capas. Primero llega el look completo, casi teatral, después comienza un pequeño ritual en el que va desprendiéndose de prendas hasta quedarse con la versión puramente deportiva. Es como si mostrara dos colecciones distintas en apenas unos minutos.
Su última aparición en Wimbledon confirma que ese show sigue evolucionando. Osaka sorprendió con un espectacular conjunto diseñado por Yoon Ahn, directora creativa de Ambush y colaboradora habitual de Nike. La pieza que se ha convertido en viral en pocas horas era un kimono blanco de inspiración japonesa con detalles en rojo que muchos relacionaron inmediatamente con el vestuario que lucía Lucy Liu en Kill Bill. La referencia cinematográfica no parecía casual: el conjunto mezclaba tradición japonesa, cultura popular y estética contemporánea sin perder de vista el escenario en el que iba a utilizarse.
Naomi en Wimbledon (REUTERS Andrew Couldridge)
Debajo aparecía el uniforme de competición, mucho más técnico, aunque igualmente alejado del clásico blanco británico que durante décadas ha definido Wimbledon.
La falda incorporaba volantes y volumen, la chaqueta mantenía un aire estructurado y todo el conjunto estaba pensado para que el momento de desprenderse del kimono formara parte del espectáculo. Osaka no simplemente llega vestida a la pista; construye un fashion film en el que cada movimiento tiene sentido.
Otras ocasiones
No es la primera vez que utiliza esa fórmula. En Roland Garros ya llamó la atención con un estilismo que jugaba precisamente con esa transición entre la moda y el rendimiento deportivo. Entonces apareció con una enorme capa inspirada en las flores de cerezo que cubría por completo el conjunto de competición. Solo cuando se acercó a la pista fue retirando las capas hasta revelar un uniforme listo para competir. La imagen resumía perfectamente una idea que lleva años desarrollando: la ropa deportiva también puede contar una historia antes incluso de empezar un partido. Esa manera de entender la indumentaria no nace de la improvisación. Desde hace varias temporadas, Osaka trabaja estrechamente con Nike para convertir cada Grand Slam en una oportunidad creativa.
Lo que antes era un simple chándal de calentamiento ahora forma parte de un relato estético mucho más elaborado. Cada torneo tiene su propia inspiración, su paleta de colores y sus referencias culturales. En el Open de Australia ya había dejado claro que las pistas de tenis podían convertirse en una extensión de las pasarelas. En aquella ocasión apostó por una propuesta inspirada en el universo del harajuku japonés, con lazos, volúmenes y una estética que desafiaba la imagen tradicional de la deportista. Era una colección que mezclaba el imaginario kawaii con prendas de alto rendimiento y demostraba que la funcionalidad no tiene por qué estar reñida con la personalidad.Aquella colección servía además para romper con uno de los grandes tópicos del deporte femenino. Durante mucho tiempo, los uniformes parecían responder a un mismo patrón estético, apenas diferenciados por el color o el patrocinador.
El look debajo del kimono (REUTERS Andrew Couldridge)
Un cambio de paradigma
Osaka plantea justo lo contrario. Cada aparición tiene identidad propia y utiliza la moda como una herramienta de expresión personal sin renunciar a las exigencias técnicas de la competición. Ese planteamiento conecta con una transformación mucho más amplia de la industria. El auge del athleisure hizo que las prendas deportivas salieran definitivamente del gimnasio para instalarse en la vida cotidiana. Las grandes casas de lujo comenzaron a colaborar con fabricantes deportivos y los deportistas dejaron de ser simples embajadores para convertirse en referentes de estilo. Ahora, las pistas de tenis se han transformado en uno de los escaparates más interesantes de la moda contemporánea. No resulta extraño. El tenis siempre ha mantenido una relación especial con la estética. Desde los vestidos blancos de Suzanne Lenglen hasta los diseños de Serena Williams, pasando por las propuestas de Maria Sharapova o Venus Williams, la disciplina ha servido históricamente como laboratorio para experimentar con la ropa deportiva.
La diferencia es que Osaka lleva esa conversación un paso más allá. Su objetivo ya no consiste únicamente en diseñar un uniforme bonito. Lo que propone es una experiencia visual completa que empieza mucho antes del primer saque. Esa transición forma parte del espectáculo tanto como el propio partido. Naomi Osaka ha conseguido algo que muy pocos deportistas logran: convertir el momento de entrar en la pista en un acontecimiento de moda.
Durante años, la relación entre moda y deporte se limitaba casi exclusivamente a las colaboraciones entre firmas de lujo y marcas deportivas. Pero poco a poco las zapatillas conquistaron el armario cotidiano, el athleisure dejó de ser una tendencia pasajera para convertirse en un uniforme y las pasarelas empezaron a mirar con naturalidad hacia las pistas de tenis, las canchas de baloncesto o los circuitos de atletismo.