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VIAJES

¿Quieres escapar de lo de siempre? Cuatro destinos para pasar una Navidad diferente

Haz que tus fiestas tengan un toque Dalí, parezcan salidas de un sueño, sean todo un espectáculo natural o gocen del más auténtico encanto portugués. Te contamos dónde (y cómo)

Foto: Tavira, el pueblo perfecto para la Navidad. (Tanguy Sauvin para Unsplash)
Tavira, el pueblo perfecto para la Navidad. (Tanguy Sauvin para Unsplash)

Si quieres darle una vuelta de tuerca a tu Navidad y vivirla en alguno de los lugares más bellos de los que nos rodean, aquí tienes cuatro destinos preferentes. Te llevarán hasta nuestro privilegiado norte, por el este y por el oeste, pero también hasta nuestros países vecinos, a la Normandía en el caso francés, y al Algarve en el portugués. Otro día no muy lejano nos iremos a Marruecos. Hoy tocan Mont Saint-Michel y Púbol, que son casi sueños, este último de Dalí, y también Somiedo, ejemplo claro del gran espectáculo que puede llegar a ser la naturaleza, y Tavira, acaso el pueblo con más encanto del turístico Algarve. Nos vamos.

Una Navidad 100% Algarve: Tavira

Lo sabemos, el Argarve, la región más meridional de Portugal, es turística de más, pero en medio de este frenesí playero hay un pueblo que es exactamente lo que uno desea encontrar cuando pone el pie en la tierra de Eça de Queirós y Pessoa. Hablamos de Tavira, en el distrito de Faro, que es arquitectónicamente encantador (y muy instagrameable), presume de puente romano, por el que pasa el rio Gilâo, y de muralla y puertas enrejadas de madera, que son parte de su herencia árabe; se prolonga en dos islas (la de Tavira y la de Cabanas) y 18 kilómetros de playas, a las que se puede llegar en tren de vapor o ferry -Portugal es así-; alberga el Parque Natural de Ría Formosa, con salinas pobladas por avocetas, flamencos y cigüeñas; ofrece artesanía a gogó y cuenta entre sus reclamos con la Casa Álvaro de Campos (uno de los heterónimos de Fernando Pessoa), muy señorial ella y centro cultural.

Cuando patees su maraña de calles estrechas de piedra, cuentes una por una sus 37 iglesias (algunas de las cuales fueron mezquitas) a uno y otro lado del río, a destacar el pórtico renacentista de la Misericordia; te inundes poéticamente de su mar y subas a la torre del castillo, porque no hay mejor mirador que este, aún te quedará por ver el vecino Olhâo, que conserva todo su sabor tradicional, como te gusta.

Dónde dormir: Pensao Agrícola. En Conceiçâo de Tavira. Desde 220 euros

Dónde comer: restaurante Noélia e Jerónimo. Cabanas de Tavira.

Una Navidad de cuento: Somiedo

A veces, muchas, la naturaleza es un espectáculo, y suele pasar en otoño-invierno, cuando el paisaje se pone melancólico y poético. Más todavía si el escenario es el asturiano Somiedo, que es parque natural, con la promesa en el aire de ver un oso en la imponente y tupida verticalidad de sus laderas, donde hasta el frío abriga y donde todo se vuelve prodigiosamente de cuento cuando se avistan por fin las idílicas (al menos para nosotros) cabañas de teito, esas casetas con tejados de cubierta vegetal y paredes de piedra, con formas caprichosas que dieron y dan cobijo a los llamados vaqueiros de alzada. Esta es tierra de vacas.

Así son las cabañas de teito, de cuento. (Cortesía Turismo de Asturias)
Así son las cabañas de teito, de cuento. (Cortesía Turismo de Asturias)

Al conjunto de cabañas se le llama braña y algunas son francamente increíbles, sobre todo la de la Pornacal, la mejor conservada y con casi 40 ejemplares (se accede desde Villar de Vildas y después de un largo pero maravilloso paseo desde La Peral). Pero hay muchas más: la de Mumián, con 25 cabañas y acceso desde La Llamardal; la de La Corra, con ocho cabañas y vistas de impresión sobre el valle de Saliencia, a donde se llega desde el puerto de San Lorenzo y tras subir desde Arbellales; la de Sousas, formada por corros de piedra, con acceso desde Valle de Lago, o la de las Morteras de Saliencia, sobre el propio Saliencia, que igualmente te dejará sin palabras. Un valle este que está especialmente bonito en otoño, aunque ya sea casi invierno, en parte debido a los hayedos de Tibleu y el de la Enramada, sin olvidar, cómo hacerlo, sus lagos.

Dónde dormir: Palacio Flórez Estrada. En Pola de Somiedo (Asturias). Desde 80 euros.

Dónde comer: Casona de Lolo. En Pola de Somiedo.

Una Navidad daliniana: Púbol

Y qué mejor que pasarla en Púbol o alrededores, con permiso del divino Cadaqués y del inspirador Figueras, a donde siempre se puede ir de excursión desde aquí. Los tres forman el triángulo daliniano, y Púbol desde luego que también lo es. Desde el pueblo, todo él de piedra, muy del gusto de Dalí, que siempre se sintió un payés, hasta el castillo que lleva su nombre y el de Gala, que es de lo bueno, lo mejor que uno puede visitar. Su evocadora historia con no poca leyenda (de amor cortés e incluso de Bécquer) le precede: se lo regaló el ínclito artista a la que hizo de amante, esposa, musa y motor, Gala, hoy su recuerdo y su mausoleo (y el último taller de él).

En el fondo y en la forma, es una construcción medieval que se remonta al siglo XII y consta de tres plantas articuladas en torno a un patio ancho y estrecho, que Dalí adquirió en 1969, entonces casi una ruina, eso sí, enormemente romántica (y lo ha seguido siendo después). Le sobra eso, romanticismo, misterio, simbología y todo el espíritu de Gala, que fue tan tan ella. Atención a su sala de baño, al salón del piano, a sus vestidos. Aquí ella podía reinar como “una soberana absoluta, hasta el punto de que yo no la visito si no es con una invitación escrita de su mano. Me he contentado con decorar sus techos para que, al levantar los ojos, me encuentre siempre en su cielo”, escribió un enamorado Dalí en 'Confesiones inconfesables', año 1973. En 1982, el Rey le nombró marqués de Púbol. No era para menos. No te lo pierdas.

El salón del trono del Castillo Gala Dalí, muy daliniano. (Cortesía Fundación Dalí)
El salón del trono del Castillo Gala Dalí, muy daliniano. (Cortesía Fundación Dalí)

Dónde dormir: Las Moradas del Unicornio. En Púbol. Desde 139 euros.

Dónde comer: La Plaça, en Madremanya, a 5 kilómetros.

Una Navidad como un sueño: Mont Saint-Michel

No exageramos, porque no otra cosa parece esta pequeña isla rocosa situada en el estuario del río Couesnon, allá donde Francia casi se acaba por el noroeste, adiós Bretaña, y se hace Normandía. La arquitectura de la abadía medieval consagrada a San Miguel, de donde el nombre, que parece salida de la imaginación y los lápices del siempre inspirado Escher, y el entorno geográfico, acostumbrado al proverbial vaivén de las mareas (en tiempos solo se podía visitar con la marea baja, hoy se puede llegar por una pasarela-puente de acceso) hacen que el lugar parezca ciertamente irreal. Todo aquí, ese cóctel de monumentos históricos tan perfectamente entreverados aupados a más de cien metros sobre sus orillas, a salvo del agua del furibundo Atlántico, es patrimonio cuidado hasta decir basta, aunque es presa de un turismo masivo y constante, y gran sitio de Francia.

La imagen de la abadía y demás dibujándose sobre la roca no es cosa de William Blake, sino de la realidad, y esconde un gran patrimonio religioso, además de tiendas de suvenires y demás. Ahí está la capilla de Notre-Dame sous Terre, la iglesia de San Pedro, la capilla de Saint-Aubert o la fuente del mismo nombre. Pero sobre todo es el gran teatro de las mareas de la Europa continental. A veces Saint-Michel, como entonces, vuelve a ser una isla. Para verlo hay que consultar el horario, desplazarse a uno de los miradores excepcionales de la bahía y esperar a que se levante el telón (=suban las aguas).

Dónde dormir: Auberge Saint-Pierre. En el mismo Monte Saint-Michel. Desde 70 euros.

Dónde comer: La Mère Poulard. También en el Monte Saint-Michel.

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