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Marbella, el sagrado refugio de Arturo Fernández en sus últimos días
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Marbella, el sagrado refugio de Arturo Fernández en sus últimos días

El veterano actor falleció este jueves a los 90 años de edad y siempre mantuvo una relación muy especial con la costa marbellí

Foto: Arturo Fernández junto a la costa marbellí. (A.Gama)
Arturo Fernández junto a la costa marbellí. (A.Gama)

Jandro era el mejor amigo de Arturo Fernández. Un golden sedoso y peludo con el que daba grandes paseos por la playa de Guadalmina en Marbella, su otra casa, tal y como él la llamaba. “Marbella, mi Marbella” era la frase que no se le caía de los labios. Siempre que finalizaba temporada y se bajaba de las tablas, el actor acudía a su refugio marbellí junto a su esposa, Carmen Quesada, hijas y nietas. Arturo era tremendamente familiar a pesar de la imagen que podía dar.

Pero, sobre todo, lo que más le gustaba de la Marbella del canto sin dueño eran los largos paseos con su inseparable mascota. En uno de los recientes cafés que Arturo tomó con este medio en el hotel Villapadierna, nos habló de la transcendencia y de la eternidad.

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En sus ratos de ocio, al actor le gustaba asistir a todo aquello que tuviera conexión con la cultura. Los foros de Encuentros, a los que acudía gente de su tierra como Pérez de Tudela, le recordaban viejos tiempos. En uno de esos encuentros marbellíes, le preguntamos cómo era posible que, rozando los 90, fuese un atractivo señor que parecía haber olvidado envejecer. "¿Sus personajes le dan vida o es usted el mismísimo Dorian Gray?", le decíamos. Sonriendo, él nos replicaba: “Me voy a poner rojo. Tengo el privilegio de tener muy buena salud. El trabajo, cuando es además tu pasión, te ayuda a no pensar en el paso del tiempo…, ¡aunque es inexorable! La muerte no está en mis planes”.

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placeholder Arturo Fernández celebrando su pasado cumpleaños sobre el escenario. (Getty)
Arturo Fernández celebrando su pasado cumpleaños sobre el escenario. (Getty)

Lleno de vida, le gustaba acudir a los mejores restaurantes de Marbella, como El Ancla, uno de sus favoritos. También osaba perderse en El Bigote, santuario de culto para los amantes del marisco o por la Escuela de Hostelería de Benahavís, donde el buen yantar era ya un ritual.

En una de las últimas entrevistas que mantuvimos con el actor en Marbella, volvimos a hablar de la vida y la muerte. En aquella ocasión, le preguntábamos por qué pagaría lo que le pidiesen en este momento de su vida.

placeholder El actor junto a su esposa y Ana Botella en uno de sus encuentros marbellíes. (A. Gama)
El actor junto a su esposa y Ana Botella en uno de sus encuentros marbellíes. (A. Gama)

Conocedor de su estado de salud en su fuero interno, nos respondió humildemente: "Daría cualquier cosa por que se descubriera una pastillita para quitarse quince años de golpe. Yo amo la vida por encima de todas las cosas. Y soy un poco como los futbolistas, que cuando tienen 34 años es cuando mejor juegan pero es cuando tienen que retirarse. A mí me pasa un poco eso. ¿Por qué no se alargará la vida, ahora que la empiezo a disfrutar tanto? Cuando ya eres mayor, ves que te has preocupado por cosas que no tenían ninguna importancia y ahora quieres acogerte a las cosas importantes y disfrutarlas, que no se te escapen".

Algo que nunca se le escapó fue su amada Carmen Quesada, con la que se casó en 1980. Arturo lo tenía todo en ella: era su productora, abogada, su representante, su amante esposa y la íntima de sus hijas. Además, siempre le cuidó y le hizo sentir seguro. En el último año, Carmen dejó la casa de Marbella para irse a vivir con él a Madrid. Ella fue la artífice de que el estreno de la última obra de teatro del artista tuviese lugar en la Costa del Sol. Ella misma lo anunció así en sus redes: “El jueves 8 de junio Arturo Fernández levanta el telón de su nueva producción teatral en el Auditorio Felipe VI de Estepona. Su título, 'Alta Seducción'. ¡Trepidante, divertida y elegante!!!! Y de nuevo cumple con su compromiso afectivo con la Costa del Sol: el primer telón se alza en esta maravillosa zona de España donde es un auténtico privilegio vivir y trabajar”. Durante los ensayos de la obra, Carmen le acompañaba risueña en el centro de Trapiche Gudaiza en San Pedro Alcántara guion en mano.

placeholder Una imagen del actor en las tablas en 2008. (EFE)
Una imagen del actor en las tablas en 2008. (EFE)

Arturo estaba muy orgulloso de su esposa. “¿No siente que el resto de los nonagenarios le tienen a usted como referente?”, le decíamos. “Atractivo, buena salud, exitoso y con una mujer bandera como Carmen Quesada a su lado...”. Siempre socarrón, contestaba: “¡Es cierto que tengo una familia de guapos! Y mi mujer más. No sé qué haría sin ella”.

Arturo también ayudaba a Carmen en Marbella en su labor solidaria con Cáritas. En sus últimos años no le gustaba asistir a galas, porque su salud empezaba a pasarle factura y se cansaba. Una de sus últimas apariciones públicas en este tipo de actos fue junto a Ana Botella en el verano de 2017. Al eterno Dorian Gray le gustaba más estar rodeado de sus libros, de sus silencios interrumpidos por ladridos de Jandro en el jardín del acogedor chalé de Guadalmina que de otras ostentosidades marbellíes.

La entrevista póstuma con este medio fue con el mar Mediterráneo de fondo. Sin saber que era la última vez que nos hablaba le decíamos: “Mirándole de cerca, a uno se le antoja que es usted de esa clase de personas que nunca se van a ir...”. Él, que también se creía poseedor del don de la inmortalidad, respondía: “¡Ojalá! Me encanta la vida, mi trabajo, disfrutar de mi familia, de mi Marbella…Creo que no me cansaría nunca de disfrutar de todo lo bueno. En definitiva, de vivir”.

Jandro era el mejor amigo de Arturo Fernández. Un golden sedoso y peludo con el que daba grandes paseos por la playa de Guadalmina en Marbella, su otra casa, tal y como él la llamaba. “Marbella, mi Marbella” era la frase que no se le caía de los labios. Siempre que finalizaba temporada y se bajaba de las tablas, el actor acudía a su refugio marbellí junto a su esposa, Carmen Quesada, hijas y nietas. Arturo era tremendamente familiar a pesar de la imagen que podía dar.

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