Ortega Cano y su foto
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OPINIÓN

Ortega Cano y su foto

Fue el repaso de su vida taurina lo que encendió mi indulgencia con el retrato que hoy Ortega Cano representa

placeholder Foto: Ortega Cano. (Ilustración: Jate)
Ortega Cano. (Ilustración: Jate)

Cano es viejo. No lo digo yo. Lo dice la Real Academia de la Lengua. Y de pelo blanco, en su segunda acepción. Parece la química resolver con gran acierto las pruebas del paso del tiempo pudiendo con facilidad volver otra vez lo que era blanco bien negro. Puedes parecer más joven, aunque sea por los pelos.

Puedes estirar la química cosmética del colágeno, de lo hialurónico o del aloe vera. Y puedes estirar también pieles, pliegues, lorzas o músculos. Combinan hoy, estirando también el negocio, química y cirugía en busca de una estandarizada belleza, de una dictatorial y homogénea estética.

El cuerpo humano es elástico. Muy. Algunos malos médicos, y las paralizadas expresiones que les resultan, lo están acreditando. Esa elasticidad resulta fundamental en la guerra contra la arruga. Probablemente absurda, como lo son todas las guerras.

Foto: Jose Ortega Cano, acompañado de Ana María Aldón. (CP)

Estiro yo mi argumento y afilo mi demagogia, que cualquier día de estos yo también me pongo bótox, tras el impacto sufrido al ver una foto actual de Ortega Cano. No parece un hombre de su edad, parece sin duda más cano de lo que ya anuncia su nombre.

placeholder José Ortega Cano acompañado de Ana Maria Aldón saliendo del Hospital Montepríncipe.(Cordon Press)
José Ortega Cano acompañado de Ana Maria Aldón saliendo del Hospital Montepríncipe.(Cordon Press)

José tiene solo sesenta y siete años y, al verle, mi mente evocó todas sus imágenes disponibles de arqueología en el Nilo. El respeto que profeso al recuerdo del torero luchó y venció al google de mi cerebro y su perversa correlación de pensamientos. Desaparecidas momias en blanco y negro, se llenaron mis recuerdos de los muy vivos colores del toreo de los primeros ochenta, de mis primeros toreros. Aquellos de los que se impregnó para siempre mi memoria.

Reviví por un momento la muy alegre estética de un cartagenero fino, casi hasta el extremo delgado, frágil y pinturero. Volví a disfrutar, pensándolo, su toreo de capote en la tele del vecino cantado por Matías Prats -padre del padre del hijo- hasta el máximo e indecoroso de los ensalzamientos.

Se me vino a la memoria la figura del toreo encaramado a la cumbre de una Fiesta que, con aquellos grandes nombres, tenía tan difícil y peligrosa escalada.

Fue el repaso de su vida taurina lo que encendió mi indulgencia con el retrato que hoy Ortega Cano representa. Y después del periplo de mi memoria por bastante más de cinco décadas se reconvirtió mi criterio recuperando, no intacta, la profunda admiración que siempre profeso a quien logra llegar a alguna cima saliendo de tan abajo. La cantidad de su afición. La calidad de la determinación que desplegó aquellos juveniles años no parece concordar con algunos de sus “logros” cuando pasó de los cincuenta.

placeholder Ortega Cano, en Telecinco. (Mediaset)
Ortega Cano, en Telecinco. (Mediaset)

La entrega que demostró cosiendo su cuerpo a cornadas, tiene exactamente treinta y dos, tuvo el premio de sus triunfos pero también el castigo de sus grandes altibajos. La fuerza mental necesaria para vencer a la muerte, hasta tres veces ha recibido la extremaunción, no parece corresponder a un criterio de vez en cuando cuestionable.

La disciplina de trabajo demostrada, toreó más de 2.500 tardes, parece desaparecer viendo algunos derroteros por los que se fue su vida a veces, llegando incluso a arrastrar hasta la vida de otros.

Su ambición le traicionó, creo, en primera instancia. Su ambición de perfección. Es un hecho recurrente en determinados toreros. La mortal insatisfacción, instalada en casi todos los artistas, campando por su decisión completamente a sus anchas. La inacabable persecución de esa obra tan perfecta. La traslación a una plaza de la faena soñada estira, casi siempre demasiado, la vida profesional de esos superhéroes momentáneos.

El deseo de perfección aniquila el pudor pasados algunos años. Y se abre esa lucha descarnada y violenta entre la retirada y la reaparición. Sin solución de continuidad vence a veces la realidad de la escasez de las fuerzas, de la pérdida de facultades y se anuncia el, nunca querido, público corte de coleta.

El tiempo ocioso y vacío hace creer a la mente la recuperación milagrosa de nervios, mentalidad y de músculos suficiente para, ahora sí, componer esa faena con la que regalar al mundo un motivo de existencia y con la que calmar ese dolor profundo de la carrera insatisfecha.

placeholder Ortega Cano en 'Lazos de sangre'. (TVE)
Ortega Cano en 'Lazos de sangre'. (TVE)

Las varias reapariciones flaco favor hicieron al flaco cartagenero. Un torero con esa hombría desplegada por los ruedos parecía maltratar sin más motivo que el ego al hombre frágil y cano sombra de su recuerdo. Ahí empezaron los males. El resto, círculo vicioso. Felicidad y orden imposibles tras la pérdida de Rocío. La mala suerte que atraen algunas malas decisiones. Hijos mal educados. Familias muy mal mezcladas. Finanzas a ratos débiles. Y siempre demasiado foco. Combinación peligrosa para un espíritu insatisfecho y un corazón tan frustrado.

No es por especular, pero siempre vi en Ortega Cano, un interior diferente al que él tenía montado. Sexualidad, modo de vida, forma de relacionarse. Me olían a cierta incoherencia y, por qué no decirlo, a pose, algunas de sus costumbres y algunas de sus raras formas de expresarse. Su voz aguda y risa extemporánea parecían encajonarse en algo que del todo él no era. Incluso, y también por rachas, parecían desconectarse de vez en cuando su toreo y sus verdades dando como resultado cierta superficialidad artística, cierta ligereza en su arte. “Y sin embargo te quiero” cantaría yo convencido como Rocío.

placeholder José Ortega Cano en una corrida de toros en San Sebastián de los Reyes en 2017.(EFE)
José Ortega Cano en una corrida de toros en San Sebastián de los Reyes en 2017.(EFE)

Camino de los setenta años, y a pesar de lo cruel de la foto, dan las crónicas cuenta de un Ortega más estable. De una familia nueva. De una mala salud soportable. Con uno de esos retoños tardíos pero buscados que, a los de más de sesenta, parecen poder devolverles a la casilla de salida. Con un hijo tan desequilibrante como desequilibrado recluido y sin contacto generando dolor, seguro, pero también cierto espacio. Con otra hija cercana y parece que agradecida en la que apoyar el recuerdo de su matrimonio pasado. Con los gatos de la barriga, a los que tanto aluden los toreros, parece que descansando fruto del paso del tiempo.

Espero que esa balanza perfecta en la que se convierte la vida en su camino lento hacia los ochenta, le ponga aún mucho peso en el lado de lo bueno. Equilibre tanto esfuerzo, tanto castigo pagado. Ya abonó con la moneda de la sangre todas las facturas del toro. También pagó con libertad todas las reclamaciones de sus fatídicos errores. Pagó con infelicidad manifiesta también sus malas decisiones.

Ojalá estén saldadas todas las cuentas pendientes y lo anecdótico de su cara en una mala fotografía no reflejen más que la pasajera maldad de algún poco delicado periodista queriendo como sea contar algo.

Ortega Cano
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