Cada verano resurge el mismo debate: ¿qué es peor, el calor seco o el calor húmedo? Aunque las preferencias personales y la capacidad de adaptación pueden variar entre individuos, la ciencia ofrece respuestas claras. Ambos tipos de calor suponen riesgos para la salud, pero uno de ellos es especialmente problemático por su impacto en la sensación térmica y en la capacidad del cuerpo para autorregularse.
La diferencia principal entre ambos tipos de calor radica en la humedad relativa del aire, es decir, la cantidad de vapor de agua presente en comparación con la máxima que puede contener a una temperatura determinada. El calor húmedo, habitual en zonas costeras o tropicales, se caracteriza por la combinación de altas temperaturas con un alto nivel de humedad ambiental. Este tipo de calor incrementa considerablemente la sensación térmica y dificulta que el cuerpo se enfríe, ya que el sudor no se evapora con facilidad. Al no poder disipar el calor de forma eficiente, la temperatura corporal se eleva, lo que puede provocar fatiga, debilidad, mareos y, en casos graves, golpes de calor.
Las temperaturas altas afectan en todos lados. (EFE)
La humedad en el ambiente actúa como una barrera que impide que el sudor se evapore, lo cual genera una sensación pegajosa e incómoda y puede convertirse en un serio riesgo para la salud. Las personas sienten que no pueden “refrescarse” aunque estén sudando abundantemente. Esta situación resulta especialmente peligrosa para niños, personas mayores y quienes realizan actividad física o trabajan al aire libre.
El calor seco, por su parte, se da en climas áridos, donde la humedad es mínima. En estos casos, aunque la temperatura real puede ser muy alta, la sensación térmica suele ser más llevadera, ya que el sudor se evapora con rapidez y el cuerpo logra mantenerse fresco con mayor eficacia. Sin embargo, esta ventaja también encierra un riesgo importante: la evaporación acelerada del sudor puede provocar una deshidratación más rápida sin que el afectado sea plenamente consciente. Además, este tipo de calor sobrecarga el sistema cardiovascular, ya que el cuerpo necesita bombear más sangre para mantenerse fresco. Esto puede derivar en síntomas como fatiga extrema, dolor de cabeza, náuseas o incluso desmayos. El aire seco también reseca las mucosas, lo que puede agravar enfermedades respiratorias como el asma o la EPOC.
El calor seco puede ser más peligroso. (EFE)
Entonces, ¿cuál de los dos es más peligroso? Si bien ambos tipos de calor requieren precauciones, el calor húmedo supone un mayor desafío para el organismo porque bloquea el mecanismo natural de regulación térmica del cuerpo. La sensación térmica en estos casos puede superar los 40 °C incluso cuando el termómetro marca temperaturas más bajas, lo que eleva notablemente el riesgo de sufrir un golpe de calor. En cambio, el calor seco puede parecer más tolerable, pero su efecto sobre la hidratación y el sistema cardiovascular no debe subestimarse.
Ante temperaturas extremas, el Servicio Meteorológico Nacional recomienda hidratarse de forma constante —incluso sin sentir sed—, evitar el consumo de bebidas alcohólicas o con cafeína, y limitar la exposición al sol, sobre todo durante las horas centrales del día. También se aconseja permanecer en espacios frescos y bien ventilados, consumir frutas y verduras, y prestar especial atención a los grupos de riesgo como bebés, personas mayores y pacientes crónicos.
Cada verano resurge el mismo debate: ¿qué es peor, el calor seco o el calor húmedo? Aunque las preferencias personales y la capacidad de adaptación pueden variar entre individuos, la ciencia ofrece respuestas claras. Ambos tipos de calor suponen riesgos para la salud, pero uno de ellos es especialmente problemático por su impacto en la sensación térmica y en la capacidad del cuerpo para autorregularse.