Todos hemos pasado por esa sensación de sentirnos agotados o cansados sin razón aparente. No estamos enfermos, hemos dormido bien y tampoco hemos tenido un mal día, pero todo esto se traduce en una fatiga inexplicable que no mejora con el descanso. Desde la psicología y la medicina, este fenómeno tiene múltiples capas: no está en nuestra cabeza —o, más bien, no sólo en ella—, sino que conecta cuerpo, emoción y contexto.
Antes de abordar qué la provoca, conviene diferenciar lo habitual de lo persistente. Dormir pocas horas o pasar por una semana estresante puede agotarnos. Pero cuando esa sensación se instala sin motivo aparente, incluso después de dormir, puede hablar de algo más profundo. De hecho, desde los Institutos Nacionales de Salud (NIH) se señala que la fatiga es un síntoma, no una enfermedad en sí misma y puede tener muchas causas, desde infecciones y problemas hormonales hasta efectos secundarios de medicamentos. Una característica distintiva del cansancio persistente es que el descanso no lo alivia completamente. Si nos despertamos igual de pesados, sin energías y con ganas de posponer hasta las tareas más pequeñas, podríamos estar lidiando con algo más que falta de sueño.
El estrés puede ser uno de los motivos. (Pexels)
La psicología y la medicina comparten un abanico de factores que pueden causar este estado de desánimo corporal y mental entre las que nos encontramos alteraciones en el sueño; una mala alimentación que puede provocar desequilibrios nutricionales como puede ser una ingesta insuficiente de calorías o deficiencias en hierro; una sobreexigencia emocional que puede provocarnos estrés, ansiedad o agotamiento emocional e incluso alteraciones en el estado de ánimo como depresión o apatía. No todos los tipos de cansancio exigen que nos alarmemos pero si es importante prestarle atención cuando se prolonga durante semanas o meses sin una causa clara; afecta a nuestra motivación para cosas que antes disfrutábamos o viene acompañado de cambios de apetito, bajo estado de ánimo o insomnio.
Algunas de las soluciones más prácticas ante estos problemas es que revisemos nuestro sueño, manteniendo horarios regulares, cuidando nuestro ambiente; así mismo determinadas actividades deportivas como caminar o el yoga pueden activar nuestra energía; es también muy importante que cuidemos nuestra dieta, intentando que sea lo más completa posible o bajar la carga emocional, aprendiendo a poner límites, delegar o a decir que ‘no’ cuando nuestras fuerzas flaquean. Asimismo, también es muy importante, si fuese necesario, buscar ayuda profesional que nos pueda ayudar a explorar vínculos emocionales o hábitos invisibles que están drenando nuestra vitalidad. Sentirse cansado sin razón aparente no es un castigo ni una debilidad: puede ser un mensaje de nuestro cuerpo y mente para que paremos un momento, miremos con atención lo que estamos viviendo y hagamos ajustes. Revisar nuestro mundo interno con curiosidad puede ser el primer paso para volver a movernos con liviandad.
Todos hemos pasado por esa sensación de sentirnos agotados o cansados sin razón aparente. No estamos enfermos, hemos dormido bien y tampoco hemos tenido un mal día, pero todo esto se traduce en una fatiga inexplicable que no mejora con el descanso. Desde la psicología y la medicina, este fenómeno tiene múltiples capas: no está en nuestra cabeza —o, más bien, no sólo en ella—, sino que conecta cuerpo, emoción y contexto.