Los expertos coinciden en por qué no debemos abusar de las pastillas de caldo: "Los potenciadores del sabor, la sal y los azúcares nos modifican el gusto"
Los expertos coinciden en por qué no debemos abusar de las pastillas de caldo: "Los potenciadores del sabor, la sal y los azúcares nos modifican el gusto"
Cada vez más expertos en alimentación ponen el foco en cómo ciertos productos cotidianos pueden influir en nuestros hábitos y en la forma en la que percibimos el sabor de los alimentos
Cocinar un caldo de verduras es mejor que abusar de las pastillas saborizantes (Pexels)
Tener una pastilla de caldo a mano puede resolver muchas comidas en cuestión de minutos. Son baratas, cómodas y aportan un sabor intenso con muy poco esfuerzo. Sin embargo, los especialistas en nutrición y salud alimentaria llevan tiempo advirtiendo de que su consumo frecuente no es la mejor idea, no tanto por un uso puntual, sino por el efecto que pueden tener cuando se convierten en un recurso habitual en la cocina.
Una de las claves está en su composición. Aunque se comercializan como caldo concentrado, estos productos suelen elaborarse a partir de sal, grasas, extractos, aromas y potenciadores del sabor, más que de un caldo tradicional cocinado y reducido. Por eso, varios expertos recuerdan que se parecen poco a un caldo casero, tanto desde el punto de vista culinario como nutricional.
Los especialistas en nutrición y salud alimentaria llevan tiempo advirtiendo de que su consumo frecuente no es la mejor idea (Pexels)
El principal motivo para no abusar de ellas es su alto contenido en sodio. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda consumir menos de 2.000 miligramos de sodio al día, el equivalente aproximado a menos de 5 gramos de sal, y advierte de que una ingesta elevada se asocia con hipertensión y mayor riesgo cardiovascular. En productos tan concentrados como estas pastillas, una pequeña cantidad puede disparar fácilmente el sabor salado del plato y contribuir a sobrepasar esa recomendación diaria si se usan con frecuencia.
A esto se suma la presencia de potenciadores del sabor, como el glutamato monosódico en algunos productos. Las autoridades sanitarias consideran que este aditivo es seguro en las cantidades habituales de consumo, pero los expertos señalan que el problema no está solo en su seguridad, sino en el efecto de acostumbrar al paladar a sabores muy intensos. Cuando una persona recurre constantemente a alimentos con grandes dosis de sal y saborizantes, puede acabar percibiendo como más sosos los alimentos frescos o menos procesados.
Ahí es donde entra la advertencia que repiten muchos nutricionistas: no se trata de demonizar el producto, sino de entender que el abuso puede modificar el gusto. El paladar se adapta. Cuanto más acostumbrado está a sabores muy marcados, más difícil resulta disfrutar del sabor natural de unas verduras, unas legumbres o un caldo casero suave. Y eso, a medio plazo, puede empujar a usar cada vez más sal o más productos ultraprocesados para conseguir la misma sensación de intensidad.
¿Son saludables las pastillas de caldo? La verdad sobre sus ingredientes (iStock)
Los especialistas insisten en que un uso ocasional no supone un problema dentro de una alimentación equilibrada. La cuestión cambia cuando estas pastillas sustituyen de forma sistemática a un caldo hecho en casa o se convierten en un atajo diario para cocinar. En ese escenario, recomiendan revisar bien la etiqueta y priorizar opciones con menos sal, sin azúcares añadidos y con un porcentaje más alto de ingredientes reconocibles, como verduras, pollo o pescado.
Como alternativa, los expertos suelen situar por delante los caldos en brick con mejor perfil nutricional o, mejor aún, el caldo casero preparado en cantidad y congelado en porciones. De esa manera, se mantiene la practicidad sin depender siempre de un producto ultraconcentrado.
Tener una pastilla de caldo a mano puede resolver muchas comidas en cuestión de minutos. Son baratas, cómodas y aportan un sabor intenso con muy poco esfuerzo. Sin embargo, los especialistas en nutrición y salud alimentaria llevan tiempo advirtiendo de que su consumo frecuente no es la mejor idea, no tanto por un uso puntual, sino por el efecto que pueden tener cuando se convierten en un recurso habitual en la cocina.