Ana Ibáñez, neurocientífica: "Si tú quieres lograr un impacto muy rápido en alguien, si le asustas, lo vas a lograr mucho más fácil que haciéndolo con cualquier otra emoción"
Ana Ibáñez, neurocientífica: "Si tú quieres lograr un impacto muy rápido en alguien, si le asustas, lo vas a lograr mucho más fácil que haciéndolo con cualquier otra emoción"
El miedo es una de las emociones más rápidas y potentes que experimenta el ser humano, y no es casualidad
La neurocientífica Ana Ibáñez, en sus redes sociales. (Instagram/@anaibanez_g)
Hay emociones que tardan en abrirse paso y otras que irrumpen de inmediato. Entre todas ellas, el miedo ocupa un lugar singular, porque activa una respuesta casi instantánea y condiciona la manera en la que interpretamos lo que ocurre a nuestro alrededor. A partir de esa idea, la neurocientífica Ana Ibáñez llama la atención sobre un mecanismo tan cotidiano como poderoso: la facilidad con la que el miedo puede influir en la conducta, bloquear el pensamiento y volver a las personas más vulnerables frente a ciertos mensajes.
En su intervención, Ibáñez señala que “si tú quieres lograr un impacto muy rápido en alguien”, hacerlo a través del miedo resulta especialmente eficaz. La explicación, según plantea, está en cómo funciona el cerebro humano. Aunque la vida actual sea radicalmente distinta a la de hace miles de años, seguimos operando con una estructura cerebral diseñada para detectar amenazas con rapidez y priorizar la supervivencia por encima de casi todo lo demás. Eso hace que reaccionemos antes ante lo que percibimos como peligro que ante emociones más complejas o matizadas.
La clave está en que el cerebro no espera a hacer un análisis pausado cuando siente que algo puede amenazarlo. Primero activa la alerta y después, si hay margen, llega la reflexión. Ese orden ayuda a entender por qué ciertos discursos, imágenes o situaciones que apelan al temor consiguen una respuesta tan intensa y tan inmediata. No hace falta que la amenaza sea real o inminente en sentido estricto; basta con que el cerebro la interprete como posible para que empiece a cerrarse, se tense y responda desde la defensa.
Ibáñez subraya precisamente ese punto al recordar que muchas veces las personas pueden estar siendo influidas “desde el miedo” sin ser del todo conscientes de ello. Cuando eso ocurre, se reduce la capacidad para pensar con claridad, cuestionar lo que se está recibiendo o valorar otras perspectivas. El miedo estrecha el foco, simplifica la lectura de la realidad y empuja a actuar con rapidez, pero no siempre con criterio. Por eso, desde una perspectiva de bienestar y salud mental, aprender a reconocer ese mecanismo puede ser una herramienta importante de protección.
La neurocientífica insiste en que tomar conciencia de esta dinámica permite empezar a recuperar margen de decisión. Entender que el cerebro está especialmente sensibilizado ante lo amenazante no elimina esa reacción, pero sí ayuda a ponerla en contexto. A partir de ahí, resulta más fácil preguntarse de dónde viene lo que se está sintiendo, si esa alarma está justificada o si alguien está intentando provocar una respuesta emocional intensa para condicionar el pensamiento o la conducta.
Este enfoque también tiene una dimensión muy útil en las relaciones personales y en la vida cotidiana. No solo afecta a grandes discursos o a mensajes externos evidentes, sino también a dinámicas mucho más próximas, donde el miedo puede aparecer como forma de presión, control o manipulación. Generar inseguridad, activar la culpa o instalar una sensación constante de amenaza son estrategias que limitan la libertad emocional de quien las recibe. Detectarlas a tiempo puede marcar una diferencia importante en la manera de responder.
Generar inseguridad, activar la culpa o instalar una sensación constante de amenaza son estrategias que limitan la libertad emocional de quien las recibe (Pexels)
Otro de los aspectos más relevantes de su reflexión es la idea de “recuperar el control” y no quedarse atrapado en la reacción automática. Eso implica hacer una pausa, observar qué emoción se ha activado y decidir si merece la pena responder de inmediato o esperar a tener una visión más amplia. En un contexto en el que muchas interacciones empujan a reaccionar rápido, esa pausa puede convertirse en una forma concreta de autocuidado.
Hay emociones que tardan en abrirse paso y otras que irrumpen de inmediato. Entre todas ellas, el miedo ocupa un lugar singular, porque activa una respuesta casi instantánea y condiciona la manera en la que interpretamos lo que ocurre a nuestro alrededor. A partir de esa idea, la neurocientífica Ana Ibáñez llama la atención sobre un mecanismo tan cotidiano como poderoso: la facilidad con la que el miedo puede influir en la conducta, bloquear el pensamiento y volver a las personas más vulnerables frente a ciertos mensajes.