La ciudad castellana por la que Unamuno sentía devoción: "Un diamante de piedra dorada por soles de siglos y siglos de soles"
Miguel de Unamuno quedó fascinado por esta ciudad castellana, a la que dedicó una de las imágenes más bellas de la literatura española
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Pocas ciudades españolas han despertado tanta admiración literaria como Ávila. La capital castellana, rodeada por una de las murallas medievales mejor conservadas del mundo, provocó en Miguel de Unamuno una fascinación difícil de esconder. El escritor bilbaíno encontró allí un paisaje casi espiritual, una ciudad suspendida en el tiempo que inspiró una de sus descripciones más célebres.
Situada a 1.132 metros sobre el nivel del mar, Ávila domina el paisaje castellano desde un promontorio rocoso junto al río Adaja. Sus calles estrechas, las iglesias románicas y la silueta poderosa de la catedral crean una atmósfera que impresiona desde el primer instante. No es casual que Unamuno quedara cautivado al contemplarla iluminada por el atardecer.
En 'Andanzas y visiones españolas' (1922), el escritor dejó una de las imágenes más recordadas sobre la ciudad. “Ávila es un diamante de piedra berroqueña dorada por soles de siglos y por siglos de soles”, escribió al describir la luz que cae sobre las murallas de granito. La frase no solo retrata la belleza monumental de la ciudad, sino también el vínculo espiritual que Unamuno encontró en ella. El autor relacionó aquella visión con Santa Teresa de Jesús y su famosa imagen del “castillo interior”. Según interpretó el escritor, la mística castellana había imaginado aquel universo espiritual inspirándose precisamente en la fuerza visual de Ávila.
El rector de Salamanca describió además cómo la ciudad parecía una única construcción pétrea elevándose sobre la llanura castellana. Desde la distancia, las murallas teñidas de tonos rojizos por el ocaso y la torre de la catedral dominando el horizonte ofrecían una imagen casi irreal. Quien visita Ávila hoy sigue encontrando buena parte de ese paisaje que deslumbró a Unamuno hace más de un siglo. La muralla, de 2,5 kilómetros de longitud y con 87 torres semicirculares, continúa siendo el gran símbolo de la ciudad. Parte de ella puede recorrerse a pie, permitiendo observar tanto el casco histórico como la inmensa llanura castellana que la rodea.
Uno de los lugares imprescindibles es el mirador de los Cuatro Postes, desde donde se obtiene la panorámica más famosa de la ciudad. Desde allí también se entiende mejor la metáfora del “diamante” utilizada por el escritor. Dentro del recinto amurallado destacan la Catedral del Salvador, considerada una de las primeras catedrales góticas de España, además de numerosos palacios y conventos vinculados a Santa Teresa.
El Real Monasterio de Santo Tomás o el Convento de San José forman parte de ese recorrido histórico y espiritual que define la identidad abulense. La gastronomía también ocupa un lugar importante en la experiencia. El chuletón de ternera de Ávila, las judías del Barco y las tradicionales yemas de Santa Teresa completan el retrato de una ciudad donde historia, literatura y cocina parecen avanzar siempre de la mano.
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