Maxi Iglesias, entre letras y memoria: "Yo estaría dispuesto a priorizar la vida familiar"
El actor publica ´Horizonte artificial´, un thriller a bordo de un avión para el que se sacó el carnet de piloto. En esta entrevista con Vanitatis, desvela el proceso y el papel clave de las mujeres en la trama
Cuando era niño, Maxi Iglesias observaba a su madre pasar las páginas de un libro con una concentración casi ritual. Desde el otro lado de la habitación, se preguntaba qué misterio podía encerrar aquel objeto rectangular capaz de absorberla por completo. ¿Qué leía? ¿Qué mundos habitaba ella mientras él jugaba o la miraba en silencio?
La respuesta llegaría años después, pero esa escena –la madre inmersa en la lectura, el hijo a la espera de su atención– dejó una huella profunda. Tras la muerte de su padre cuando apenas tenía siete años, Maxi creció bajo el ala firme y luminosa de una mujer que no solo sostuvo la casa, sino también la imaginación. “He crecido viendo a mi madre compaginar varios trabajos, educando a un niño...”, dice hoy con una mezcla de gratitud y admiración.
Ella no solo amaba la literatura. También le fascinaban las imágenes: la fotografía fue otra de sus formas de mirar el mundo. Y Maxi, en un intento casi instintivo por capturar su mirada, se ponía frente al objetivo. Lo que empezó como un juego para llamar su atención se convirtió, con el tiempo, en la semilla de una vocación. Así comenzó su coqueteo con la cámara, que años más tarde sería uno de sus instrumentos más fieles: primero como modelo, después como actor.
Hoy, Maxi Iglesias es conocido por su presencia en la pantalla, pero el motivo que lo trae a esta conversación con Vanitatis tiene que ver con otro viaje. Uno más íntimo, más silencioso, más exigente: el de la escritura. Se presenta como autor con ´Horizonte artificial´, su primera novela, una obra en la que ha volcado no solo su imaginación, sino también su formación en psicología y una entrega inusitada por el detalle.
“La lectura es el único viaje que un avión no te puede dar”, afirma con convicción. Y sin embargo, su novela transcurre en el aire: dentro de un avión. No es un escenario casual. Para escribirla, Maxi no solo investigó; decidió, literalmente, aprender a volar. Se sacó la licencia de piloto de avión privado. “Formarme como piloto me ha dado muchas alas —nunca mejor dicho”, dice entre risas.
Porque en él conviven la ligereza del que sabe moverse con gracia por la superficie, y la profundidad de quien ha aprendido a mirar hacia adentro. En ´Horizonte artificial´ hay trama, sí, pero también introspección. Y lo que más sorprende es cómo ha tejido los perfiles psicológicos de sus personajes. Ahí, su conocimiento de la mente, de los afectos, de las fisuras humanas, marca una diferencia.
Desde niño fue un observador compulsivo. Recuerda con claridad aquellas vueltas a casa después del colegio en el autobús, donde se sentaba en silencio, sin hacer ruido, como si así las escenas cotidianas no se sintieran observadas. Escuchaba fragmentos de conversaciones, estudiaba los gestos de los adultos, captaba las miradas que cruzaban —o evitaban— otros ojos. Y entonces, sin hacer demasiado alarde, sacaba una servilleta del bolsillo y comenzaba a escribir.
Allí, entre trazos torpes e ideas sueltas, nacían pequeños relatos. “Me di cuenta de la cantidad de historias que confluyen y conviven en un mismo momento”, recuerda hoy. Esa intuición temprana —la de que la realidad está hecha de múltiples relatos que se rozan sin fundirse— se ha convertido en uno de los ejes de ´Horizonte artificial´. En la novela, el motor narrativo no nace de la invención de mundos imposibles, sino de la atención hacia lo que ya ocurre, hacia lo que puede ocurrir.
"Estamos en una época en la que todo el mundo tiene que ser muy productivo, demostrar lo que consigue, lo que hace..."
Lo esencial, dice Maxi, es que la ficción no se construya desde el artificio, sino desde lo verosímil. “Para mí hay una parte clave que es no querer poner temas en primera línea de una forma artificial o fantasiosa. Sino que lo que se cuente desde la ficción sea algo factible de captar y de entender. Y que si lo quieres emular o reproducir, no te resulte lejano ni impostado”, explica.
Pone un ejemplo: que una mujer ejerza un alto cargo en una empresa. Que eso, en el relato, no requiera justificación ni discurso. Que simplemente ocurra, porque ocurre. Porque está ocurriendo.
"A través de la trama quería mostrar diferentes mujeres y sus capacidades"
´Horizonte artificial´ gira en torno a Rodraprex, un imperio textil en el que Mónica, hija del CEO, ejerce como directora ejecutiva. Un relevo generacional que no responde a un vacío, sino a una dinámica compartida. “Estamos en una época en la que todo el mundo tiene que ser muy productivo, demostrar lo que consigue, lo que hace. A través de la trama quería mostrar diferentes mujeres y sus capacidades. No solo Mónica representa eso: he intentado que no fuera la única cabeza visible en cuanto a habilidades, decisiones, fuerza”.
El relato transcurre durante un vuelo hacia Bruselas. Un viaje por trabajo que reúne a varios personajes en tránsito. Entre ellos, Beatriz, la asistente de Mónica. A través de ella, y de otras figuras femeninas, Maxi incorpora lo que llama “píldoras” sobre los distintos roles a los que las mujeres, por serlo, se ven expuestas. No lo subraya, no lo fuerza. Deja que esté. Que se vea.
"Fue duro compaginar rodajes con la escritura"
Y junto a ellas, también aparece Ramiro: mano derecha del CEO, hombre de empresa, figura veterana, acostumbrado a ocupar espacios sin que nadie se los discuta. “Hay gente de la editorial que me ha dicho que Ramiro les cae bien”, cuenta Maxi. “Conozco a muchos hombres como él. Me parecía importante que estuviera. Porque mientras sigan existiendo los Ramiros, las Mónicas merecen aún más la pena”. No lo presenta como antagonista, sino como realidad. Como obstáculo y reflejo del patriarcado corporativo rancio. Como uno de esos escollos que siguen presentes en muchas estructuras, y que la ficción puede visibilizar sin necesidad de denuncia explícita.
“Algunas mujeres incluso se sienten atraídas por hombres así…”, añade. Por eso, más que un retrato cerrado, ha buscado construir un abanico de personajes que el lector pueda llevarse consigo. No hay etiquetas. Hay preguntas. “Que cada uno vea con quién empatiza y con quién no, y por qué”.
Todas las reflexiones conducen, de un modo u otro, a una pregunta que sigue pesando de forma desigual: ¿cómo se concilia el deseo de cuidar con el de crecer profesionalmente? Como dijo Eva González en una entrevista para El Confidencial: “Los periodistas tenéis que preguntarles a los hombres cómo concilian, no solo a las mujeres”. Maxi lo tiene claro: no titubea al hablar del futuro, ni del lugar que estaría dispuesto a ocupar si algún día forma una familia.
“Para mí, la clave está en entender la pareja como un equipo. Si es ella quien trabaja más, o si simplemente es la que trabaja y yo en ese momento no, lo importante es llegar a un entendimiento que no pase por los géneros. Si mi pareja está en un momento brillante a nivel profesional, y decide seguir desarrollándose, yo estoy dispuesto a priorizar la vida familiar. Me lo he imaginado, lo visualizo, y no tengo ningún problema con eso. Porque también sé lo que puede darme: igual que mi trabajo me nutre, llevar las riendas de la vida familiar estoy seguro también te enseña grandes cosas” relata Maxi mientras revive cuando estuvo compaginando rodajes y escritura.
Escribir una novela mientras se rueda una serie no es simplemente una cuestión de tiempo: es una tensión entre dos mundos. Maxi lo vivió así. Durante el día, era actor. Por la noche, escritor. “Fue muy duro”, reconoce. Descubrió que el único momento real para escribir era cuando caía el silencio y nadie exigía nada. Allí, en ese umbral entre la vigilia y el sueño, los personajes cobraban vida. No podía dejarlos esperando.
Esa elección tuvo un coste: “Me perdí lo que quizás es lo más valioso de un rodaje: las cenas con el equipo que es el momento de descomprimir juntos, de compartir lo grabado, de encarar lo que vendrá al día siguiente. Esa convivencia invisible que también hace a una historia”. A ratos, confiesa, sintió que no estaba rindiendo en nada, que la energía que exigía cada tarea —actuar, escribir, sostener la sensibilidad— era más de la que podía dar. Y sin embargo, siguió.
Esa sensación de desborde nos lleva a hablar, sin evasivas, de la importancia de la terapia. Un espacio que no le es ajeno. De niño encontró su primera guía en los libros. “Mi primera terapia fue un libro”, dice. Se acercó a la psicología desde la lectura, buscando comprensión en otros, hasta que entendió que necesitaba un interlocutor real, una mirada que no fuera la suya. Fue entonces cuando empezó a ir a terapia.
Con el tiempo, decidió formarse también en psicología. No por vocación profesional, sino por empatía: quería comprender mejor lo que atraviesa a las personas, a sus personajes, a sí mismo. Esa búsqueda aparece en ´Horizonte artificial´, especialmente en las grietas más íntimas. “Hay un momento en la novela en que la protagonista se pregunta cómo la ven sus amigas, y si acaso ha podido compartir con ellas lo que de verdad le ocurre”. Para Maxi, esa pregunta resume muchas otras. No busca respuestas cerradas, sino abrir el ángulo. “¿Somos conscientes de a quién le entregamos nuestro tiempo? ¿Y de si lo devolvemos con la misma presencia con la que lo recibimos?”, lanza. Una pregunta que no busca una respuesta: busca que uno, al cerrar el libro, siga pensando.
Así, entre noches entregadas a la arquitectura silenciosa de su propia historia y jornadas habitando los mundos escritos por otros, Maxi Iglesias ha trazado una ruta que no sigue los caminos esperados. Hoy sostiene entre las manos ´Horizonte artificial´, su primera novela, al tiempo que da forma —frente a la cámara— a la serie Matices que protagoniza junto a Elsa Pataky. Más de veintiocho años de rodajes conviven con estudios que ha cultivado lejos del foco: la psicología, que le enseñó a mirar desde dentro; la aviación, que lo llevó literalmente a ganar altura. Ahora escribe y pilota. Interpreta y escucha. Y en todos esos gestos hay un mismo impulso: el de desplazarse sin perder el centro.
Con esta novela, Iglesias ha volado por dentro y por fuera. Ha levantado vuelo en ambos sentidos, y el aterrizaje, si es que existe, se da en las manos de quien lo lea. “Ojalá, igual que yo he atravesado este trayecto escribiendo, mis lectores lo recorran también como propio”, desea.
Al fin y al cabo, eso es la literatura: la única forma de viaje donde no hace falta moverse para llegar lejos.
Cuando era niño, Maxi Iglesias observaba a su madre pasar las páginas de un libro con una concentración casi ritual. Desde el otro lado de la habitación, se preguntaba qué misterio podía encerrar aquel objeto rectangular capaz de absorberla por completo. ¿Qué leía? ¿Qué mundos habitaba ella mientras él jugaba o la miraba en silencio?