Heather Massey, profesora de la Universidad de Portsmouth, sobre los baños helados: "Cuando te sumerges por primera vez, experimentas una respiración entrecortada y acelerada"
Heather Massey, profesora de la Universidad de Portsmouth, sobre los baños helados: "Cuando te sumerges por primera vez, experimentas una respiración entrecortada y acelerada"
Antes de lanzarte al agua fría, conviene entender qué ocurre realmente en el cuerpo y por qué los expertos piden cautela con esta práctica cada vez más popular
El baño de agua fría tiene beneficios si se practica con conciencia (Pexels)
Los baños helados se han convertido en uno de esos rituales de bienestar que saltan de las redes a las playas y pantanos, con grupos que se citan al amanecer para “activarse” a golpe de agua fría. La imagen es potente, pero la fisiología también, y no siempre juega a favor de quien se lanza sin preparación.
Heather Massey, profesora de la Universidad de Portsmouth y experta en la respuesta del cuerpo a entornos extremos, recuerda que el primer contacto con el agua muy fría activa un mecanismo automático conocido como cold shock. “Cuando te sumerges por primera vez, experimentas una respiración entrecortada y acelerada”, explica, y apunta a un detalle clave para entender por qué a veces se vive como un golpe de realidad. Esa reacción inicial alcanza su pico alrededor de los 30 segundos y, después, “disminuye muy rápidamente”.
Esa reacción inicial alcanza su pico alrededor de los 30 segundos y, después, “disminuye muy rápidamente (Pexels)
La popularidad de los contrastes también ha empujado a hablar de beneficios con demasiada seguridad. Massey se muestra prudente con las promesas de salud a largo plazo y avisa de que muchas personas “confían ciegamente” en el calor o el frío cuando todavía faltan ensayos sólidos que permitan afirmarlo de forma categórica. Que algo te haga sentir bien al salir del agua no significa necesariamente que sea la herramienta definitiva para todo, y ahí conviene separar sensación inmediata de efecto sostenido.
Lo que sí se entiende bien es el cóctel de factores que hace atractiva la práctica. Para Massey, estas experiencias suelen mezclar naturaleza, movimiento y conexión social, tres ingredientes que, combinados, pueden favorecer la adherencia y el bienestar subjetivo. “Lo importante es encontrar algo que disfrutes, que puedas hacer con regularidad e idealmente que puedas compartir con otros”, señala, poniendo el foco en la constancia y en el componente comunitario como parte del atractivo.
A partir de ahí, el matiz es importante. Si te interesa probar, lo sensato es hacerlo desde la seguridad y no desde el reto. La reacción respiratoria inicial puede asustar, y en agua fría la improvisación penaliza. Por eso los expertos suelen insistir en empezar de forma progresiva, elegir entornos controlados y evitarlo a solas. El objetivo no es “aguantar”, sino exponerte con cabeza para que el cuerpo pueda adaptarse sin convertir la experiencia en un susto.
La moda del baño helado, al final, no se resume en una cifra de minutos ni en un eslogan bajo lo que denominamos disciplina. Funciona mejor cuando se entiende qué le pasa al cuerpo en esos primeros segundos, se baja el volumen a las expectativas milagro y se mantiene el criterio básico que debería acompañar a cualquier hábito saludable, que sea sostenible, disfrutable y, sobre todo, seguro.
Los baños helados se han convertido en uno de esos rituales de bienestar que saltan de las redes a las playas y pantanos, con grupos que se citan al amanecer para “activarse” a golpe de agua fría. La imagen es potente, pero la fisiología también, y no siempre juega a favor de quien se lanza sin preparación.