De los palacios al negocio: cómo el duque de Alba y sus hijos están transformando su patrimonio millonario
En línea con otros aristócratas europeos, Carlos Fitz-James Stuart impulsa la apertura de palacios, nuevos negocios y la modernización del patrimonio familiar junto a la nueva generación
Coincidiendo con el centenario del nacimiento de Cayetana Fitz-James Stuart, figura irrepetible de la aristocracia española, la Casa de Alba ha vuelto a los titulares. Exposiciones, libros y homenajes han reactivado el interés por una de las personalidades más singulares de la nobleza. Carlos Fitz-James Stuart, su hijo y actual duque de Alba, es, indudablemente, menos popular que su madre. Sin embargo, bajo su mandato la institución ha emprendido un giro hacia una gestión más contemporánea, en la que tradición y visión de futuro están en continuo equilibrismo. Con el respaldo de las nuevas generaciones, la Casa trata de adaptar su vasto patrimonio (histórico, artístico y empresarial) a las exigencias del siglo XXI sin perder de vista el peso de su legado, en línea con otras grandes casas europeas. Y lo está consiguiendo.
La magnitud de ese legado es difícil de calcular. En vida de Cayetana, distintas estimaciones situaron su patrimonio en varios miles de millones de euros, aunque la familia siempre discutió esas cifras. Buena parte de ese valor está protegido como patrimonio histórico y articulado a través de la Fundación Casa de Alba. A ello se suman unas 45.000 hectáreas repartidas entre Salamanca, Sevilla, Córdoba y Ávila, dedicadas en gran parte a actividades agrícolas y ganaderas o a las energías renovables, una dimensión empresarial menos visible, pero clave para la sostenibilidad de la Casa.
El actual duque ha imprimido a esta estructura una visión más moderna, basada en una idea clara: abrir, mostrar, proteger y rentabilizar. Ese giro comenzó con la apertura al público del palacio de las Dueñas (Sevilla) en 2016, continuó con Monterrey (Salamanca) en 2018 y Liria (Madrid) en 2019. Tres enclaves históricos que han pasado de ser espacios casi inaccesibles a convertirse en focos de atracción cultural y turística, con buenos resultados de público y una mayor proyección para la institución.
En el entorno de Liria, la Casa impulsa nuevos proyectos inmobiliarios que pasan por rehabilitar edificios antes destinados al alquiler tradicional y abrirlos a usos más rentables, como los apartamentos turísticos. Al mismo tiempo, el palacio se ha consolidado como espacio cultural con exposiciones temporales de arte contemporáneo, como las de Joana Vasconcelos o la actual de José María Sicilia, que dialogan con la colección histórica y se han integrado en tiempo récord en la oferta artística de Madrid.
Los duques de Huéscar, Fernando Fitz-James Stuart y Sofía Palazuelo, están aportando su propia personalidad en la reinterpretación del legado familiar con una línea de alta perfumería
A esa política de apertura se ha sumado ya la nueva generación, especialmente los duques de Huéscar, Fernando Fitz-James Stuart y Sofía Palazuelo, que están aportando su propia personalidad en la reinterpretación del legado familiar. Ellos han creado una línea de alta perfumería bajo la marca Fitz-James Stuart, que recupera el apellido histórico de la saga iniciada en el siglo XVII por el duque de Berwick. El proyecto, impulsado junto al maestro perfumista Alberto Morillas, se traduce en una colección de fragancias concebidas como una traducción sensorial del universo de Liria y de la propia historia familiar. También se nota su mano en la irrupción del Palacio de Liria en la escena cultural madrileña.
No obstante, esa estrategia de modernización y rentabilización no ha estado exenta de costes reputacionales. La investigación por la presunta extracción ilegal de agua en la finca de Aljóbar, en el entorno de Doñana; la no renovación de contratos de decenas de inquilinos en los alrededores del palacio de Liria, en pleno debate sobre el auge de los pisos turísticos; o incluso la recuperación por parte del Estado de varias obras olvidadas durante décadas en Liria han introducido matices incómodos en ese proceso de transformación. A ello se suma la voz crítica de Cayetano Martínez de Irujo, que ha asegurado que su madre no habría avalado algunas de las decisiones adoptadas en los últimos años. Más que invalidar el nuevo rumbo, estos episodios subrayan hasta qué punto la actualización de una gran casa histórica exige no solo visión empresarial, sino también una gestión delicada de su dimensión simbólica y moral.
En toda Europa, la aristocracia contemporánea lleva años enfrentándose a la misma paradoja que los Fitz-James Stuart: cómo sostener el gran patrimonio histórico heredado
En toda Europa, la aristocracia contemporánea lleva años enfrentándose a la misma paradoja que los Fitz-James Stuart: cómo sostener el gran patrimonio histórico heredado. Lejos de la imagen romántica de rentas perpetuas, la realidad es que estos bienes generan más gastos que ingresos. Calefacción, restauración, impuestos, personal… mantener en pie siglos de historia exige hoy una mentalidad empresarial que poco tiene que ver con la tradición. Y ahí es donde muchas casas nobles han optado por una solución que hace apenas unas décadas habría resultado impensable: abrir sus puertas.
El Reino Unido ha sido el laboratorio más avanzado de esta transformación. Familias como la de los duques de Devonshire, en Chatsworth, o los duques de Rutland, en Belvoir Castle, han convertido sus residencias en auténticas empresas culturales. No se trata solo de visitas turísticas: hay tiendas, restaurantes, exposiciones temporales, festivales y, sobre todo, un lucrativo negocio de bodas y eventos corporativos. La aristocracia británica ha entendido que el valor ya no reside únicamente en la propiedad, sino en la experiencia que se puede construir en torno a ella.
Ese cambio de mentalidad se refleja también en figuras como el conde de Devon, propietario de Powderham Castle, que ha reconocido públicamente que mantener una casa histórica sin abrirla al público es, sencillamente, inviable. Su estrategia pasa por diversificar al máximo: desde ferias gastronómicas hasta conciertos, pasando por actividades familiares que convierten el castillo en un espacio vivo. Incluso las grandes fortunas, como la del duque de Buccleuch, han asumido que la sostenibilidad del patrimonio pasa por su explotación ordenada.
Francia ofrece otro modelo, quizás más híbrido entre lo privado y lo institucional. Castillos como Vaux-le-Vicomte, todavía en manos de la familia de Vogüé, han desarrollado una programación cultural muy cuidada, con visitas nocturnas, recreaciones históricas y rodajes cinematográficos que generan ingresos sin diluir el aura del lugar. En otros casos, como el de Brissac, la apertura va un paso más allá: parte del castillo funciona como alojamiento, difuminando la frontera entre residencia familiar y hotel de lujo.
Italia, por su parte, ha sabido capitalizar el atractivo social de sus palacios. El castillo de Bracciano, propiedad de la familia Odescalchi, es hoy uno de los escenarios más codiciados para bodas internacionales (como la de Tom Cruise y Katie Holmes), una línea de negocio que combina prestigio histórico y rentabilidad inmediata. Otras sagas, como los Borghese, han optado por integrar sus propiedades en circuitos culturales y eventos exclusivos, convirtiéndose en gestores de espacios más que en meros propietarios.
Los Hohenzollern o los Thurn und Taxis han apostado por la apertura masiva y la programación de grandes eventos. Sus palacios acogen desde mercados navideños hasta festivales de música
En el centro de Europa, dinastías como los Hohenzollern o los Thurn und Taxis han apostado por la apertura masiva y la programación de grandes eventos populares. Sus palacios acogen desde mercados navideños hasta festivales de música, en un intento por atraer a un público amplio que garantice ingresos constantes. Es una fórmula que, aunque más alejada del ideal aristocrático clásico, responde a una lógica clara: cuantos más visitantes, mayor capacidad de conservación.
Este contexto europeo permite entender mejor el momento que atraviesan las grandes casas nobiliarias españolas. La gestión del patrimonio ya no puede basarse únicamente en la herencia ni en el prestigio del apellido. Como han demostrado sus homólogos europeos, la supervivencia pasa por profesionalizar la explotación de los activos, abrir espacios tradicionalmente privados y, en definitiva, asumir que la historia, para mantenerse, debe también convertirse en actividad económica. En ese equilibrio entre memoria y negocio se juega hoy el futuro de sagas como la Casa de Alba.
Coincidiendo con el centenario del nacimiento de Cayetana Fitz-James Stuart, figura irrepetible de la aristocracia española, la Casa de Alba ha vuelto a los titulares. Exposiciones, libros y homenajes han reactivado el interés por una de las personalidades más singulares de la nobleza. Carlos Fitz-James Stuart, su hijo y actual duque de Alba, es, indudablemente, menos popular que su madre. Sin embargo, bajo su mandato la institución ha emprendido un giro hacia una gestión más contemporánea, en la que tradición y visión de futuro están en continuo equilibrismo. Con el respaldo de las nuevas generaciones, la Casa trata de adaptar su vasto patrimonio (histórico, artístico y empresarial) a las exigencias del siglo XXI sin perder de vista el peso de su legado, en línea con otras grandes casas europeas. Y lo está consiguiendo.