Hablar de la muerte suele incomodar, pero el psicoanalista Gabriel Rolón lo plantea desde un lugar muy cotidiano: lo que nos asusta no sería tanto el final en sí, sino lo que ese final representa. “Yo creo que el miedo a la muerte, que todos en mayor o menor medida tenemos, no es más que la aceptación del miedo que le tenemos a la soledad”, afirma en un vídeo en el que pone palabras a una angustia difícil de explicar.
Rolón construye su idea apoyándose en imágenes literarias que funcionan casi como un golpe de realidad. Recupera una frase atribuida a Becker: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”, para describir esa intuición que aparece cuando pensamos en lo que viene después. Y añade otra cita que, admite, le resulta especialmente contundente: “A los muertos ya nadie los abraza”. Para él, ese es el núcleo emocional del asunto: no tanto el misterio de lo desconocido, sino el temor a quedar fuera del vínculo humano, fuera del contacto, fuera del abrazo.
Esa perspectiva cambia el enfoque: el miedo deja de ser una reflexión abstracta y se convierte en algo corporal y relacional. La pregunta ya no es solo “¿qué hay después?”, sino “¿qué pasa con nosotros cuando ya no estamos para nadie?”. Rolón lo formula de forma sencilla: el miedo se parece a una alarma ante la posibilidad de una soledad absoluta, una en la que no hay mirada ni compañía.
El psicoanalista también se detiene en una paradoja que muchas personas reconocen: la dificultad de imaginar la nada. “¿Quién puede imaginarse la nada misma?”, se pregunta, y enlaza esa idea con algo muy humano: la tendencia a pensar que, de algún modo, seguiremos siendo “yo”. En su discurso aparece la idea de que “voy a estar en algún lado” como una especie de refugio mental frente a lo intolerable: la posibilidad de que no haya un “yo” que sienta, mire o cuide.
No siempre se trata de fe en sentido estricto; a veces es simplemente el intento de que la mente no se estrelle contra un vacío imposible de representar (Pexels)
Rolón cita a Spinoza para explicar por qué esa resistencia tiene sentido: “todo lo que es tiende a perseverar en su ser”. Dicho de otra forma, estamos hechos para sostenernos, para seguir, para proyectarnos. Por eso sugiere tantas creencias, imaginarios y consuelos giran alrededor de la permanencia: reencontrarse, estar mejor, observar desde arriba, seguir cuidando a los propios. No siempre se trata de fe en sentido estricto; a veces es simplemente el intento de que la mente no se estrelle contra un vacío imposible de representar.
En el fondo, su mensaje no busca dar respuestas definitivas, sino señalar una emoción compartida: la angustia no surge solo por la muerte, sino por lo que implica perder el lazo. Si la idea de morir remueve tanto, plantea Rolón, quizá sea porque toca una necesidad básica: no estar solos, no dejar de ser parte de un abrazo que nos confirme que existimos para alguien.
Hablar de la muerte suele incomodar, pero el psicoanalista Gabriel Rolón lo plantea desde un lugar muy cotidiano: lo que nos asusta no sería tanto el final en sí, sino lo que ese final representa. “Yo creo que el miedo a la muerte, que todos en mayor o menor medida tenemos, no es más que la aceptación del miedo que le tenemos a la soledad”, afirma en un vídeo en el que pone palabras a una angustia difícil de explicar.