120 años de la muerte de la reina Victoria: la reverenciada gran matriarca de Europa
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FAMILIA REAL BRITÁNICA

120 años de la muerte de la reina Victoria: la reverenciada gran matriarca de Europa

Su estatua flanquea la entrada al palacio de Buckingham y al castillo de Windsor, y ninguno de sus descendientes, hoy en día numerosísimos, olvida que procede de ella

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La reina Victoria. (Getty)

Este viernes, 22 de enero, se cumplen 120 años del fallecimiento de la mítica reina Victoria de Inglaterra, un personaje que, por la mitificación de su figura como encarnación del gran imperio británico que llegó a su mayor esplendor en el siglo XIX, continúa siendo honrado tanto en la Gran Bretaña como en otras monarquías de la Europa continental, pues no en vano fue denominada la 'abuela de Europa' y dio nombre a la era victoriana.

Su estatua flanquea la entrada al palacio de Buckingham y al castillo de Windsor, ninguno de sus descendientes, hoy en día numerosísimos, olvida proceder de ella, y sus genes y su sangre se llevan a gala incluso por personas del común que se saben portadoras de su sangre. Registros genealógicos que todavía en la actualidad se recogen puntualmente tanto en trabajos exclusivamente dedicados a su amplísima prole, como en esas largas y curiosas listas del orden sucesorio a la Corona británica que tanto llaman la atención.

Toda una curiosa mezcla de reyes en ejercicio como los de Gran Bretaña, España, Suecia, Noruega y Dinamarca, de jefes de casas reales destronadas como las de Rusia, Grecia, Rumanía y Serbia, de viejas casas soberanas alemanas como las de Prusia y Hannover, de príncipes de toda suerte extendidos por todo el mundo, y de personas de a pie y de toda condición y nivel de fortuna que representan a todas las capas sociales, y entre las que encontramos incluso algunos transexuales.

Porque Victoria fue la gran matriarca, la mujer emocionalmente carente que se convirtió en la madre histérica y controladora de sus nueve hijos, la admiradora de la belleza masculina y la gran urdidora de múltiples matrimonios en el seno de la gran realeza de la belle-époque que hicieron que, en 1918, nueve de sus nietos y nietas reinasen o fuesen consortes de las monarquías de Gran Bretaña, Rusia, España, Noruega, Rumania, Prusia y las casas soberanas alemanas de Brunswick, Hesse y el Rin y Sajonia-Coburgo-Gotha.

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Sin embargo, y como muchos grandes personajes de la historia de Gran Bretaña que los británicos han sabido engrandecer de forma tan airosa, los suyos fueron comienzos difíciles pues su nacimiento fue el resultado de lo que algunos han denominado 'carrera obstétrica' entre los numerosos hijos varones del rey loco Jorge III. Corría el año 1817, Jorge III se encontraba inhabilitado para reinar de forma plena por sus accesos de locura, y su nieta la princesa Carlota, única hija del príncipe de Gales por entonces regente del reino, acababa de fallecer a causa de un parto malogrado en su residencia de Claremont House.

La futura heredera de la Corona desaparecía, y apenas había reemplazo para la continuidad de la Casa de Hannover en el trono pues ninguno de los otros hijos del rey (los duques de Clarence, de Kent, de Cumberland y de Cambridge), todos ellos de conducta disoluta y cargados de amantes o de esposas morganáticas, había conseguido producir hijos legítimos o hábiles para reinar. De ahí que, de inmediato, aquellos hermanos ya de cierta edad y de vidas irregulares se vieron impelidos a procrear lo antes posible un heredero legítimo con el que asegurar la sucesión.

Y fue por esa razón que el ya un tanto ajado duque de Kent casó apresuradamente con la viuda del príncipe de Leiningen, consiguiendo dos años después dar vida a su única hija, Victoria, a la que apenas si llegó a conocer. Un príncipe de vida poco edificante que, según algunos, sería la causa de una extraña mutación en sus genes que habría dado lugar a la aparición de la tan temida hemofilia, que varias de las hijas de Victoria expandirían años más tarde en la corte de los zares y en la familia real española.

Huérfana de padre con poco más de un año, y sujeta en el palacio de Kensington al férreo control de su madre, a su vez subyugada por su amante John Conroy, cuando Victoria ascendió finalmente al trono en 1837 pugnó por su libertad personal como reina y como mujer restauró la imagen de la familia real, y supo elegir consorte adecuado en su adorado príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, tras cuya muerte se entregó a pesados lutos que hicieron temer seriamente por su salud mental.

Su imagen de matrona de notable carácter, pero de gustos burgueses, supo ser aprovechada por los gobiernos de aquella Inglaterra imperial con intereses y colonias en todos los continentes en un proceso que culminó en 1876 con su proclamación como emperatriz de la India, que fue seguido en 1887 y 1897 por sus jubileos de oro y de diamante con la Corona que se transformaron en grandes apoteosis de la monarquía británica. Entregada a un duelo eterno en recuerdo de su difunto esposo hasta el final de su vida (solo utilizaba diamantes y piedras negras permitidas en los lutos), fue la gran viuda de Europa pero no por eso dejó de posar su mirada en hombres atractivos a su servicio como el escocés John Brown o el hindú Abdul Karim, conocido como 'el munshi'.

placeholder La reina Victoria. (Getty)
La reina Victoria. (Getty)

Victoria fue una mujer de fuertes filias y fobias en sus afectos, poco amiga de los niños, consideraba que conformaba una “raza aparte”, y el suyo fue el reinado más largo de la historia de Inglaterra (64 años) solo superado en la actualidad por el de su tataranieta la reina Isabel II (69 años). Junto a Isabel II de España, por quien siempre sintió un particular afecto, y a María II de Portugal fue una de las tres reinas niñas del siglo XIX, y supo encarnar a la perfección la quinta esencia de la monarquía británica siguiendo la estela de aquella otra gran soberana que fue Isabel I en el siglo XVII.

Una monarquía, la inglesa, en la que las reinas han brillado siempre muy por encima de los reyes varones. Amiga de la idea de introducir sangre nueva en las viejas familias de la realeza europea, mantuvo una estrecha amistad con la exiliada emperatriz de Francia, la española Eugenia de Montijo, y pasó sus últimos años rodeada de su hija menor, la princesa de Beatriz, y de sus nietos Battenberg, entre quienes se encontraba la luego reina Victoria Eugenia de España.

Figura referencial para una Europa de finales de la belle époque todavía regida por monarquías asentadas en el principio de la sangre y vinculadas entre sí por una endogamia familiar muy sólida, Victoria falleció el 22 de enero de 1901 víctima de una hemorragia cerebral en su adorado castillo de Windsor, teniendo a su lado a su perro pomerania, a su hijo el rey Eduardo VII y a su nieto del emperador Guillermo II de Alemania, y fue enterrada en el mausoleo familiar de Frogmore, en el gran parque de Windsor. Su sangre y sus genes han llegado a la familia real española tanto a través de don Juan Carlos (bisnieto de su hija Beatriz, princesa de Battenberg) como de doña Sofía (bisnieta de su hija Victoria, emperatriz de Alemania), y en Inglaterra los Windsor todavía continúan recibiendo los réditos de los hechos y de la vida de esta figura siempre reverenciada.

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