Extracto de 'Felipe VI. Un rey en la adversidad', de José Antonio Zarzalejos
  1. Casas Reales
CASA REAL ESPAÑOLA

Extracto de 'Felipe VI. Un rey en la adversidad', de José Antonio Zarzalejos

El autor hace un recorrido por los acontecimientos y los hechos que ha protagonizado la monarquía, y el rey Felipe particularmente, en los últimos años

placeholder Foto: El rey Felipe, en una imagen de archivo. (Getty)
El rey Felipe, en una imagen de archivo. (Getty)

En 2014, Felipe VI accedió al trono, un momento en el que la vida política y social española se aceleró y con la Casa Real en el ojo del huracán. José Antonio Zarzalejos, uno de los periodistas que mejor conocen la institución y que anticipó la abdicación de Juan Carlos I, realiza en 'Felipe VI. Un rey en la adversidad' un recorrido por los acontecimientos y los hechos que ha protagonizado la monarquía, mezclándolo con un análisis político e incluso jurídico de todos ellos. No se adentra en la intimidad del monarca, pero sí que se centra en los dos únicos factores de su vida personal que han tenido repercusión de carácter institucional: el noviazgo con Eva Sannum y el matrimonio con Letizia.

El libro, publicado por la editorial Planeta, ha sido calificado como la primera gran obra sobre el monarca desde que comenzó su reinado. A continuación, ofrecemos un extracto del mismo.

La traición

Los que dejan al rey errar a sabiendas merecen pena como traidores.
Alfonso X el Sabio

Felipe VI es un rey hipotético porque de él hay que suponerlo todo. No ha concedido una entrevista a ningún medio de comunicación y sus conversaciones con periodistas —escasas— se producen siempre bajo el compromiso de la confidencialidad. Tampoco existen biografías autorizadas que puedan considerarse de referencia. Porque, a diferencia de su padre, que se confió en charlas abiertas con un aristócrata, o de su madre, que pretendió hacerse conocer mediante la prosa creativa de una periodista, el hijo de los reyes eméritos ha preferido mantener una sobria discreción, una protectora distancia de los focos mediáticos y una extraordinaria brevedad de palabra para no caer en renuncio alguno. Se trata de un rasgo temperamental que concuerda con una estrategia defensiva para rescatar la institución que encarna, pero también para evitar la reiteración de las agresiones de opinión que ha venido sufriendo desde mucho antes de ser proclamado rey de España ante las Cortes Generales en junio de 2014 tras la abdicación de Juan Carlos I. Es un rey formado en la adversidad y, aun valorando los inconvenientes de callar, los prefiere a los que le causaría hablar.

De Felipe VI se conocen con detalle los aspectos inocultables de su trayectoria vital: en qué colegio estudió, qué máster siguió en el extranjero, su formación en las academias militares, sus aficiones deportivas y cinéfilas, algunos episodios familiares amables, en definitiva, pasajes insuficientes para explicar su encarnadura como persona y sus convicciones como rey. Por supuesto, cabe la exégesis de sus discursos, la interpretación de sus gestos y el examen de sus decisiones, tanto las relativas a su familia como las institucionales. Pero el retrato íntimo del rey de España se resiente por el efecto de su total ausencia de colaboración para ser más y mejor conocido. Considera que ya lo es en lo que precisa para desempeñar la más alta magistratura del Estado y que la única fortaleza de la Corona consiste, además de en la ejemplaridad de su titular y en el buen ejercicio de sus funciones constitucionales, en retirarla de la controversia del circuito mediático. Obviamente, no lo ha conseguido.

No se trata, sin embargo, de una tozudez personal insensible a las demandas de transparencia y de connotación emocional que los tiempos exigen en los personajes públicos. La personalidad de Felipe VI está determinada orteguianamente por una circunstancia contundente y radical, quizás de raíz freudiana: el peor adversario del rey ha sido y sigue siendo su padre, Juan Carlos I. Nadie le ha procurado más daño moral y político que su progenitor, antes y después de su abdicación. La herencia de Juan Carlos I transmitida a su hijo constituye para él el mayor de los problemas tanto en el presente como en el inmediato futuro. Cualquier conversación en abierto con el monarca no podría eludir ni preguntas ni respuestas sobre aspectos abrasivos acerca del comportamiento de su padre, la ruptura familiar en varios frentes y, en definitiva, el planteamiento de cuestiones muy sensibles. La Casa del Rey le blinda y él aprueba esa estrategia de máxima discreción, teniendo en cuenta que los hechos ya son de por sí demasiado elocuentes.

No es seguro que este silencio del rey sea siempre conveniente para la institución que encarna, aunque es comprensible que para él no sea aún superable. Cosa distinta será que pueda callar indefinidamente y en algún momento le sea exigido sobreponerse y explicar el quién, el cómo, el cuándo, y quizás también el porqué, de lo que ha sucedido en la Zarzuela durante años. Pero el relato de los últimos años de su padre y el alcance judicial de sus conductas privadas, si lo tuvieren, exigen que pase un tiempo que ofrezca una perspectiva suficiente para que determinados acontecimientos como la expatriación de Juan Carlos I adquieran una comprensión de la que carecen para la mayoría de los ciudadanos. Por desgracia para la monarquía española y para el propio país, un jefe del Estado tan nórdico como Felipe VI debe enfrentarse a un panorama complejo que emparenta con los episodios más convulsos de las últimas décadas y remite a evocaciones históricas inquietantes. Alguien ha dicho que el nuestro es un «rey para un momento confundido de nuestra historia». Es posible, porque su encarnadura personal conecta mejor con la normalidad de baja temperatura emocional del norte europeo que con el estado de emergencia, tan latino, en el que España se ha sumido desde al menos 2004, cuando Madrid fue el escenario en marzo de ese año del peor atentado terrorista yihadista en Europa y el más grave (192 asesinados) en su suelo desde la Segunda Guerra Mundial y que alteró el esquema de nuestra convivencia más allá de las consecuencias dolorosas de aquella tragedia.

placeholder Portada del libro de Zarzalejos. (Ed. Planeta)
Portada del libro de Zarzalejos. (Ed. Planeta)

El gran reto de Felipe VI consiste en reconstruir todo lo que su padre, después de erigirlo, destruyó. El legado positivo, verdaderamente histórico, del rey emérito no puede usufructuarlo Felipe VI porque es personalísimo de su padre. Fue él quien devolvió la soberanía al pueblo español tras la muerte de Franco; es su nombre y apellido el único que aparece en la Constitución y resulta innegable que durante al menos tres décadas disfrutó de los réditos de su carisma y del agradecimiento que la ciudadanía española le profesó por reintegrarla a uno de los mejores momentos de su historia.

Felipe VI, que en circunstancias normales tendría que haber recibido una institución consolidada, con la mejor reputación y la mayor aceptación política y social, ha sucedido a su padre para paliar todas las irregularidades —ya veremos con qué alcance— de un monarca que en la senectud perdió quizás las referencias de la realidad, se desnortó y, al hacerlo, continuó con ese reiterado destino de sus antepasados en los que, sobre la dignidad de su cargo, se impusieron las pulsiones de los hombres y mujeres vulgares: la avaricia, la promiscuidad y la prepotencia.

A Juan Carlos I le ha ocurrido lo que, salvando las distancias, les sucedió a sus antepasados. Isabel II fue destronada en 1868 por su insoportable inmoralidad, y Alfonso XIII, por su banalidad, que incluyó ese listado de excrecencias, la corrupción y la promiscuidad, que han lastrado la dinastía borbónica, casi idiosincrática desde las felonías de Fernando VII, paradójicamente apodado como el Deseado, teniendo en cuenta que el bisabuelo del rey, destronado en 1931, fue connivente con la suspensión de la Constitución de 1876 y apoyó el directorio de Miguel Primo de Rivera entre 1923 y 1929, desmintiéndose a sí mismo como rey constitucional. En el caso de Juan Carlos I, su abdicación en 2014, que se creyó un cortafuegos para evitar el deterioro de la institución, no ha cumplido enteramente el propósito terapéutico con el que se preparó y ejecutó.

El relato de éxito de Juan Carlos I y de la trayectoria virtuosa de la Corona española desde 1978 alcanzó hasta la primera década de este siglo, pero se desplomó en la segunda cuando, vencido el pacto de protección mediática, empresarial y política al monarca, se destapó con profusión de detalles sórdidos la administración de los privilegios del rey. Durante años, la estela de los desmanes de Juan Carlos I se sobrepondrá a los méritos de su reinado, y esos años de reprobación son y serán, justamente, los actuales e inmediatos de su hijo Felipe VI, cuya obligación instintiva es la de la continuidad, o en otras palabras, la de convertir a su hija primogénita en Leonor I de España.

Pero para que esa hipótesis se convierta en realidad, Felipe VI ha interiorizado que debe hacer exactamente lo contrario de lo que hizo su padre, invirtiendo los términos de su reinado: ser aceptado por su sobriedad, por su discreción, por su sentido de la oportunidad y, sobre todo, por su ejemplaridad privada. Si su padre hizo gala de esa campechanía tan propia de la familia, Felipe VI recibe el sobrenombre de el preparado, que es una expresión equívoca, a veces irónica, a veces elogiosa. Porque lo cierto es que el rey está equipado intelectualmente para desempeñar sus responsabilidades y responde a unos rasgos —deducibles por la antropología, la psicología y la grafología, que de esas tres disciplinas existen estudios que le radiografían— que parecen garantizar un fuerte autocontrol —los hay que piensan que se trata más de una inhibición sentimental y emocional— y una madurada serenidad en la toma de decisiones.

Su entorno asegura con convicción que las capacidades del rey le servirían para «ganarse un sueldo» en el ámbito privado y que su nivel intelectual y cultural «es auténticamente elitista». Además de políglota, Felipe VI absorbe intensivamente información con la lectura delos medios —le interesan más los análisis que las noticias, que suele conocer de primera mano—, escucha algunos pódcast y consume series delas plataformas tanto de ficción como documentales. «Es una persona que está al día y nada de lo que es propio desu tiempo lees ajeno aun en los campos más alejados de sus responsabilidades, sea el tecnológico o el de la investigación, a los que se ha acercado conociendo la obra y trayectoria de las personalidades que son distinguidas con los premios que otorgan las fundaciones de la Corona».

Sin que esas connotaciones positivas del rey dejen de ser ciertas, también lo son otras menos gratificantes para su retrato personal. Felipe VI sería, según algunos testimonios recabados, un hombre muy golpeado por acontecimientos vitales en los que interviene la desestructuración familiar que vivió desde su adolescencia, un sentimiento contradictorio hacia su padre —de admiración como estadista y de decepción en lo personal, pero especialmente por el trato a que ha sometido a su madre, quizás la única persona más allá de su mujer y sus hijas por la que siente una sincera debilidad y cierta admiración— y una proclividad, a veces arriesgada, a adoptar decisiones heterodoxas respecto del paradigma de su magistratura, como fueron su matrimonio en mayo de 2004 con Letizia Ortiz y, antes, en 2001, su noviazgo informal, pero admitido oficiosamente, con la joven noruega Eva Sannum. Con ella acudió a la boda de Haakon Magnus de Noruega con Mette-Marit el 25 de agosto de 2001, un gesto que entonces se consideró de inequívoca interpretación: el príncipe de Asturias tenía novia.

La reina consorte, y antes la novia noruega, han sido las dos escapadas de Felipe VI. Y aunque ganó el segundo envite y matrimonió con una plebeya quebrando las normas internas de la dinastía —siempre con la complicidad de su madre, que no las asumió nunca y en particular cuando sus dos hijas se casaron desigualmente con Jaime de Marichalar e Iñaki Urdangarin—, su padre se interpuso en su primer episodio amoroso. Juan Carlos I lo hizo maquinando contra el noviazgo de su hijo a través de los medios de comunicación, en los que firmas de relieve se refirieron a Eva Sannum en unos términos hirientes para el entonces príncipe de Asturias.

El rey no paró en barras hasta conseguir que en diciembre de 2001 se convocase a una decena de periodistas en la Zarzuela para que el príncipe, vestido con camisa y vaqueros, sin fotógrafos ni grabaciones, diese por concluida su relación con la modelo quedando, dijo, «como amigos». Tenía entonces treinta y tres años. En ese plan, pero en términos constructivos y con argumentos institucionales y políticos, Juan Carlos I pidió la intervención del entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, que consta que mantuvo con el príncipe al menos dos conversaciones «abiertas y francas» sobre el clima social en torno a su relación sentimental, las consecuencias que podían producirse de continuar su noviazgo y, trascendiendo de la coyuntura, las servidumbres que comportaba su expectativa de llegar a ser el titular de la Corona del Reino de España y jefe del Estado con un matrimonio inadecuado.

Felipe VI no se dolió entonces de las maniobras de su padre. Encajó que notorios monárquicos, inducidos y aleccionados por Juan Carlos I, publicasen textos verdaderamente coactivos para el heredero de la Corona. Se destacaba en ellos que la novia del príncipe carecía de estudios universitarios y de una «preparación sistemática»; que su educación era «inapropiada» porque estaba dirigida a ser publicista comercial y madre de familia convencional; se subrayó el hecho de que perteneciese a una «familia desarticulada»; que era «extranjera» y además «modelo», puntualizando algunas firmas que lo era de «ropa interior». El propio biógrafo del rey emérito, José Luis de Vilallonga, escribió el 20 de abril de 2001 que «yo mismo, monárquico genético por no decir endémico, consideraría un error una boda que nos pusiera a la altura de los ingleses y quizás empezaría a calibrar las posibilidades de una república que me ahorraría tener que reverenciar a una reina equivocada. Por lo menos, con la república podría despacharme a gusto».

En esa línea, tampoco se mordió la lengua el historiador y académico Carlos Seco Serrano, que, también en abril de ese año, echó su cuarto a espadas: «Sería inconcebible ver en el trono que en el último siglo ocuparon, con dignidad perfecta, María Cristina de Austria, Victoria Eugenia de Battenberg y hoy, de manera verdaderamente ejemplar, Sofía de Grecia, a una jovencita avalada por sus medidas perfectas de maniquí». No es cierto, sin embargo, que la ruptura entre Felipe y Eva respondiese a una especie de rendición del príncipe. Esa relación naufragó por razones diferentes a las políticas y, seguramente, por una perspectiva de vida que no terminó de seducir a Sannum ni de garantizar al príncipe que ella pudiera seguirle en la andadura dinástica. Es compatible que el padre no quisiera ese enlace para su hijo, pero fueron Felipe y su novia noruega los que libremente decidieron dar carpetazo a su relación.

Por eso, poco tiempo después, el matrimonio de Felipe VI con Letizia Ortiz se fraguó con rapidez para evitar que energías reactivas a la conciliación que el futuro rey pretendía entre su felicidad personal y el cumplimiento de sus deberes venideros se frustrase. Aquel enlace fue un punto de inflexión en el devenir de la monarquía española, en la que nunca hubo una consorte desigual y divorciada. Paradójicamente, el rey ha sustituido en su despacho el retrato de Felipe V por el de Carlos III, el que dictó la Pragmática Sanción sobre los esponsales reales, y con cuya capacidad de iniciativa y de gestión Felipe VI podría identificarse.

La formalización de la relación entre el príncipe y Letizia Ortiz resultó como quería Felipe VI: rápida y largamente hablada con su padre, pero sin inventados ultimátums de renuncia a la sucesión, sin esos supuestos emplazamientos a Juan Carlos I, entre otras razones porque Felipe ha sabido siempre cuál era su destino y nunca ha pretendido eludirlo. Es verdad que el 12 de octubre de 2003, Fiesta Nacional de España, el príncipe no asistió a la parada militar ni participó en los demás actos de celebración, pero el entorno del actual rey niega que aquella ausencia tuviera una significación política. Coincidió con un viaje a Estados Unidos y no quiso representar ni un desplante institucional ni un mensaje a su padre como se ha llegado a escribir. Felipe VI y Letizia hicieron gestiones necesarias en Nueva York y a punto estuvieron de acudir al desfile del Columbus Day, al que no asistieron para evitar malas interpretaciones. Cuando esa versión desafiante del príncipe hacia su padre fue puesta en circulación por una periodista, el entonces heredero cogió el teléfono, la desmintió y le reclamó una rectificación que se produjo por parte de la interesada de una manera vergonzante.

El 1 de noviembre se anunció el compromiso matrimonial. Felipe y Letizia tampoco estaban en España: se refugiaron en una pequeña localidad checa dejando en Madrid el tsunami de la comunicación de su próximo enlace. Algún amigo de la pareja comentó que sus «móviles echaban humo», pero no por ello dejaron de disfrutar del puente festivo. El día 6 de noviembre se celebró en la Zarzuela la petición de mano y Felipe de Borbón consiguió que los prolegómenos de su enlace alcanzasen la mayor difusión con una inédita celebración, ese mismo día, en el Palacio de El Pardo a la que se convocó a los medios de comunicación.

El hoy rey innovaba de forma radical una larga tradición dinástica que proscribía los matrimonios desiguales, alertando al tradicionalismo monárquico que todavía hoy opone reticencias difícilmente salvables a la reina consorte, sobre la que recae un abusivo escrutinio mediático que ella soporta con una entereza que la profesionaliza sin necesidad de pertenecer a ningún linaje aristocrático. Un nutrido grupo de nobles y monárquicos viscerales siguen considerando morganático el matrimonio del rey, celebrado en la catedral de la Almudena de Madrid el 22 de mayo de 2004, que no habría atendido a los usos impuestos por Carlos III en 1776 sobre los enlaces de los titulares de derechos sucesorios, seguidos sin solución de continuidad por todos sus antepasados.

placeholder José Antonio Zarzalejos. (Foto: Ed. Planeta)
José Antonio Zarzalejos. (Foto: Ed. Planeta)

Ciertamente, la ortodoxia dinástica que la Casa Real había tratado de mantener hasta entonces se quebraba ostensiblemente con ese enlace matrimonial, aunque, antes, los de sus hermanas preanunciasen que las normas dinásticas matrimoniales entraban en desuso irreversible. El que fuera príncipe de Asturias, Alfonso de Borbón y Battenberg, primogénito de Alfonso XIII, renunció a instancias de su padre, y por deseo propio, a sus derechos sucesorios en Lausana el 11 de junio de 1933 para contraer matrimonio con la cubana Edelmira Sampedro, de la que se divorció en 1937. Contrajo nuevo y desgraciado matrimonio con Marta Esther Rocafort Altuzarra y falleció en Miami en 1938 en un accidente de coche debido a una hemorragia interna más letal por su hemofilia que por las lesiones que sufrió. Después de casarse y hasta su muerte mantuvo el tratamiento de alteza real y el título de la Corona de conde de Covadonga. También su hermano Jaime, el segundogénito de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, al que su padre reclamó la renuncia a sus derechos dinásticos por su sordera —consecuencia de una operación quirúrgica que le fue practicada a los cuatro años y que le impidió también expresarse verbalmente con suficiencia—, mantuvo hasta su muerte el tratamiento de alteza real y su título de duque de Segovia. Alfonso XIII determinó que los derechos dinásticos recayesen en su tercer hijo, Juan, padre de Juan Carlos I.

También las tías del rey, las infantas Pilar y Margarita, hija mayor y menor, respectivamente, de Juan de Borbón y Battenberg, contrajeron matrimonios desiguales. La primera se casó en 1967 con Luis Gómez-Acebo, y la segunda, con Carlos Zurita en 1972, y aunque ambas mantuvieron el tratamiento real y doña Pilar, ya fallecida, ostentó el título de duquesa de Badajoz y doña Margarita el de duquesa de Soria, renunciaron por sí y por sus herederos a los derechos sucesorios. Una y otra consumaron la renuncia con plena normalidad, conscientes de que regía en la Casa Real la Pragmática Sanción que estableció para los matrimonios morganáticos la pérdida de los derechos dinásticos.

Sin embargo, la vigencia de la disposición de Carlos III decayó ya antes del matrimonio de Felipe VI con Letizia Ortiz porque sus dos hermanas —Elena y Cristina—, pese a sus matrimonios con Jaime de Marichalar e Iñaki Urdangarin, eludieron la renuncia a sus derechos, al parecer, por la intervención decidida de la reina Sofía, que en ningún momento quiso asumir determinadas tradiciones normativas de la Casa de Borbón. Por esa razón, entre otras, sigue siendo considerada como una extraña por un amplio sector de la alta aristocracia española, concretamente, por títulos que pertenecen a la Diputación de la Grandeza. Una corporación cuya asamblea, por sugerencia del rey, eligió en 2018 como su decano al segundo duque de Fernández-Miranda, Enrique, el primogénito de Torcuato, al que Juan Carlos I honró con el título ducal. Felipe VI enviaba así una señal a la alta nobleza: optaba por un título reciente, otorgado por su padre a Torcuato Fernández-Miranda, que fue el gran urdidor del desmontaje jurídico y político del franquismo que hizo posible la posterior Transición.

Juan Carlos I, sin embargo, consideró, en comentarios simultáneos al noviazgo de su hijo e, incluso, posteriores a su matrimonio, que el heredero de la Corona debió evitar un matrimonio desigual tanto para atender los usos de la familia como para que la consorte fuera una mujer que le reportase relaciones familiares con otras casas reales o con la alta aristocracia europea y, en lo posible, aportase un patrimonio del que carecían él y sus ascendientes. Y, quizás, para que estuviese educada en el conformismo de aceptar las infidelidades como una práctica admitida en la familia desde tiempos inmemoriales.

Este planteamiento del rey emérito se lo aplicó él mismo al matrimoniar con una princesa de casa reinante como era el 14 de mayo de 1962 Sofía de Grecia. Ciertamente, sin fortuna, aunque con parientes privilegiados. Un enlace que satisfacía las exigencias dinásticas —aunque el título franquista de príncipe de España que Franco impuso a Juan Carlos I resultaba detestable en la realeza europea— y que al régimen le pareció adecuado. También satisfizo a los padres del rey emérito porque se consideraba que componían una «perfecta pareja real», en expresión de uno de los testigos de la boda que, en el anonimato, aglutinó la queja aristocrática por el enlace del príncipe de Asturias elaborando un documento que fue distribuido en algunos círculos madrileños y andaluces en los que este noble apelaba —y era una referencia históricamente cierta— a las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio como antecedente «insoslayable» para determinar las características de la reina consorte, entre las que se señalaba «el buen linaje». Es sabido que hubo intentos de crear una especie de plataforma anti Letizia. Ese disparate, como era de prever, fracasó ruidosamente.

La biografía de la reina Letizia, que pertenece a una familia de clase media y, por lo tanto, sin antecedentes linajudos, ha sido utilizada como un ariete contra ella y contra el rey de manera quese ha llegado a la indecencia de desvelar ciertos o supuestos pasajes de su vida quebrando su más elemental privacidad. La indagación mediática no ha perdonado inmiscuirse hasta en los pliegues más íntimos de algunos episodios trágicos para la consorte del rey, como la muerte de una de sus hermanas, o el seguimiento a sus padres, divorciados, y otros familiares. El primer marido de la reina ha sido tentado fehacientemente para que relatase las circunstancias de su frustrado matrimonio con ella, sin que Alonso Guerrero haya accedido en ningún caso a lucrarse a costa de la vida privada de su primera mujer y ahora reina consorte de España. Esa tentación no la vencieron ni un miserable primo de la reina ni una de sus tías, que, rentabilizando su parentesco, milita en un grotesco republicanismo.

La reina consorte, ya madre dela futura reina de España, ha adquirido en la Familia Real la consistencia que a lo largo de la historia ha empoderado a sus predecesoras: la maternidad del heredero o heredera y la expectativa constitucional de asumir la regencia, única función que la Carta Magna prevé para la esposa del rey en caso de fallecimiento o inhabilitación de este y durante la minoría de edad del sucesor o sucesora.

Por lo demás, los contrayentes firmaron unas capitulaciones matrimoniales muy prolijas, elaboradas por el despacho Uría Menéndez, y que contemplan, además de la separación de bienes, la hipótesis de un divorcio o separación, las condiciones en las que quedaría Letizia Ortiz en ese caso —económicas y protocolarias—, la custodia de los hijos —ahora de la princesa de Asturias y de la infanta Sofía— durante su minoría de edad y otros detalles que parece prudencial haber previsto. Este documento notarial está inscrito en el registro civil específico de la Familia Real en el Ministerio de Justicia y no ha dejado de excitar morbosas curiosidades, especialmente cuando se han manejado rumores, casi siempre exagerados, sobre la salud del matrimonio de los reyes.

Pese a los intentos por conocer la literalidad de las capitulaciones matrimoniales de los reyes, el registro de la Familia Real está blindado por la normativa que lo regula, el Real Decreto de 27 de noviembre de 1981, que dispone que las certificaciones de sus anotaciones solo podrán expedirse «a petición del Rey o Regente, de los miembros de la Familia Real con interés legítimo, del presidente del Gobierno o de las Cortes».

Es por completo cierto que el período de adaptación de la esposa del rey fue duro, costoso y, en ocasiones, despertó serias incertidumbres. Se llegó a pensar que el acomodo real de Letizia Ortiz «no iba a ser posible». Sin embargo, su motivación y fuerza de voluntad se impusieron, aceptando, además, su preparación religiosa, previa al matrimonio, que corrió a cargo del cardenal-arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, considerado un prelado integrista que ofició también la ceremonia de su enlace matrimonial el 22 de mayo de 2004, una jornada lluviosa, tronante y ventosa. Y sobre la que sobrevolaba la tristeza de la masacre del 11-M, a la que los entonces príncipes de Asturias no fueron insensibles. En su trayecto por Madrid, homenajearon a las víctimas. El eclesiástico gallego, hombre fuerte de la Iglesia española durante muchos años, habló tanto en público como en privado siempre en términos elogiosos hacia Letizia Ortiz, reconociendo en un círculo restringido de comensales que le había tomado «afecto» y que superaría «las pocas expectativas que ahora suscita».

El rey es un hombre tímido al que no le han descompuesto estos avatares vitales. Felipe VI transmite gravitas, una vibración de extrema seriedad y honda preocupación. El físico le acompaña en la dignificación del cargo. Su altura (1,97) y un porte disciplinado y extremadamente elegante parecen signos propios de una realeza en la que milita de manera constante, a veces mostrando un enorme esfuerzo y hasta un sesgo de tensión. Personas allegadas destacan que la contundencia de la presencia de Felipe VI ha aumentado con una poblada barba que, para unos, no deja de ser un recurso meramente estético que oculta la asimetría de su boca y, para otros, una especie de trampantojo que lo embosca más en su introspección. En todo caso, también en este aspecto se distancia de su padre, que a partir de una edad adulta, pero todavía joven, perdió la esbeltez, aunque nunca la majestad. Dejando al margen algunas imágenes suyas que la desmentirían, pero cuya publicación fueron verdaderos asaltos a su intimidad, no desprovista de interés público porque reflejaban el lado oscuro de su comportamiento al margen de su matrimonio, su familia, y orillando la dignidad estética de su magistratura.

Una de las características del estilo de vida del rey consiste en la morigeración y el ejercicio, practicando varios deportes, entre ellos el esquí, al que ha aficionado a sus hijas y a la reina consorte, lo que le reporta buena salud y un estado físico encomiable, muy diferente al que ya a su edad —bien pasada la cincuentena— presentaba su padre. El monarca, por influencia de Letizia, se cuida especialmente en las comidas, limitando mucho la ingesta de azúcares y grasas, aunque cuando sale con sus amigos a restaurantes «come de todo, aunque apenas bebe».

Rey Felipe VI
El redactor recomienda