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POLÍTICA

Ted Kennedy: 10 años después de su muerte se abre el cajón del #MeToo en el clan

Varios reportajes han sacado a la luz la verdadera cara del senador y hermano de JFK, desde su fervor por las jovencitas a su gusto por el alcohol y por forzar a las mujeres

Foto: La familia Kennedy, fotografiada en Londres. (Getty)
La familia Kennedy, fotografiada en Londres. (Getty)

Cuando el 25 de agosto de 2009 murió Ted Kennedy, el mundo le despidió con grandilocuentes panegíricos y como miembro destacado de una familia crucial para la identidad política y social de Estados Unidos. Había sido senador durante 47 años y había empujado el código legal del país a un lugar más inclusivo, progresista y compasivo. Su trabajo, de alguna manera, era el tercio superviviente de una tendencia política que se había visto truncada por la tragedia: por el magnicidio de su hermano John Fitzgerald Kennedy en 1963 y el asesinato de su otro hermano, Robert “Bobby” Kennedy, en 1968. Teddy, hermano pequeño, consiguió burlar a la maldición de los Kennedy, pero había tenido que convivir y sobrevivir a ella.

Sin embargo, tras esa concepción shakespeariana del clan, la vida social de los Kennedy, conocidos por su agitada vida nocturna, plagada de excesos, mujeres y alcohol, pasa a Ted ahora más factura que a ningún otro miembro, por haber llegado vivo al siglo XXI y, de alguna manera, haber demostrado que el espíritu Kennedy era una flor de juventud.

El senador Ted Kennedy, en una imagen de archivo. (Getty)
El senador Ted Kennedy, en una imagen de archivo. (Getty)

En 1990, un larguísimo reportaje de 'GQ' Estados Unidos titulado 'Ted Kennedy On The Rocks' radiografió, con el senador todavía en activo, el mal envejecer de un Kennedy. “Los Dorian Gray de Hyannis Port, John y Robert, tienen perpetua juventud, belleza y estilo, y sus rostros son espejos de todo lo que es mejor, más rico y con más clase que nosotros. Ted es la realidad el retrato de un hombre de (entonces) 57 años que ha salido demasiado y durante demasiado tiempo de fiesta con poca moderación, la prueba visible de que nada sobrepasa más que el exceso”, resumía el artículo.

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En él, el periodista Michael Kelly se centraba más en el alcohol que en el sexo, pero leído hoy, las alertas rojas estallan por el lado de los sistemáticos abusos de Edward Moore Kennedy (su nombre completo) con las mujeres. Si el #MeToo decide reevaluar el legado de los Kennedy, él está en la primera línea de fuego. Y las balas ya están empezando a ser disparadas.

Tras el despliegue mediático para y a favor de John John Kennedy tras los 20 años de su fallecimiento, el New York Post publicó en julio un artículo que allanaba el camino para no caer en el mismo discurso con la llegada de los 10 años de la desaparición de Ted. Su título era inequívoco: “En la era del #MeToo, ha llegado el momento de revisitar el legado de Ted Kennedy”. En él se centraba sobre todo en el accidente de Chappaquidick, también de aniversario este verano (50 años desde aquél 18 de julio de 1969), en el que Ted conducía un coche en las inmediaciones de Martha’s Vineyard y, al salirse de la carretera, acabó con la vida de su acompañante, su ayudante de campaña Mary Jo Kopechne.

Barack Obama, con Patrick (detrás), Caroline y Ted Kennedy. (Getty)
Barack Obama, con Patrick (detrás), Caroline y Ted Kennedy. (Getty)

Kennedy decidió no avisar a la policía hasta diez horas después, calibrando cómo presentar los hechos para no arruinar su carrera política con vistas a la Casa Blanca. Aunque las circunstancias fueron tradicionalmente descritas como ambiguas, la periodista Maureen Callahan las describe sin concesiones: “Dejó a su joven y adorable ayudante morir en un metro de agua. Una muerte horrible, una lenta agonía mientras ella, sin duda, esperaba a que su su héroe, el joven y viril Ted, acudiera en busca de ayuda”.

Chicas de 16 años

Ese suceso, si bien habla de un narcisismo letal y miserable, no es tan revelador del tema que nos ocupa como el mencionado artículo de 'GQ', donde todo quedó escrito pero no asimilado con el prisma contemporáneo. Se retrataba a Ted Kennedy como un habitual del club privado Desirée, en Georgetown, donde hombres mayores se encontraban con jovencitas. También recogía la anécdota, que no llegó a mayores, en la que Kennedy paró su limusina al ver caminar a dos chicas de 16 años e invitó a cualquiera de las dos a entrar. Ambas rechazaron la oferta. Y recogía el testimonio de una trabajadora de Ted Kennedy que describió su trabajo como el de una “proxeneta cuyo verdadero cometido era proveer mujeres a Kennedy”.

El reportaje cerraba el que solo era uno de los lados del complejo perfil del político, mencionando dos episodios que hoy en día cavarían la tumba de Ted. Ambos sucedieron en uno de sus restaurantes favoritos de Washington, La Brasserie. El primero, en diciembre de 1985, cuando forzó a una camarera del local, llamada Carla Gaviglio, a tumbarse sobre la mesa puesta para después encaramarse sobre ella y frotarle los genitales. El segundo, en septiembre de 1987, cuando acabó teniendo una relación sexual con una joven en el suelo de uno de los salones del restaurante.

Joseph Patrick Kennedy, patriarca del clan, con su mujer Rose y ocho de sus nueve hijos: Edward, Jeanne, Robert, Patricia, Eunice, Kathleen, Rosemary y John F Kennedy. (Getty)
Joseph Patrick Kennedy, patriarca del clan, con su mujer Rose y ocho de sus nueve hijos: Edward, Jeanne, Robert, Patricia, Eunice, Kathleen, Rosemary y John F Kennedy. (Getty)

Mientras la carrera política de Ted definió siempre su legado, su debacle moral en el ámbito privado quiso ser interpretada por los más benevolentes como una manera de sobreponerse a todas las tragedias de su vida (además de la muerte de sus hermanos, un hijo suyo padeció un virulento cáncer por el que le amputaron la pierna) o incluso como una reacción a sus truncadas ambiciones presidenciales (lo volvió a intentar en los 80 como alternativa a la reelección de Jimmy Carter).

Sin embargo, más esclarecedora era la conclusión del periodista de 'GQ', que aplica a todo el clan, pues asegura que el pequeño Teddy no dejaba de practicar, como su admirado hermano JFK, un concepto de la vida como sucesión de fiestas y sexo deportivo a su mayor gloria. “John no fue castigado ni por la iglesia ni por el Estado ni por su mujer por ello. Nacido más tarde, Teddy llegó a una familia cuando este patrón de comportamiento adulto había sido ya mitificado, asumiendo, presumiblemente, que ni las leyes de la decencia ni del castigo se aplicaban para un Kennedy”.

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