Charlie Watts y la Nutella
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IN MEMORIAM

Charlie Watts y la Nutella

Los baterías de los grupos más famosos del mundo son a veces unos grandes desconocidos para el gran público

Foto: Ilustración de Charlie Watts. (Jate)
Ilustración de Charlie Watts. (Jate)

Pienso en una batería y me pongo un poco triste. No es de hoy. Ni tampoco me he puesto así porque haya dejado de rodar ninguna piedra. Es porque la primera acepción que genera en mi nostálgica mente este versátil sustantivo tiene que ver con el esfuerzo y el sacrificio materno. Mi madre vendía baterías de cocina por las casas y el trasiego generado, y el poco margen que daba, ocupaban la totalidad del tiempo que le dejaban libre el resto de sus otros trabajos. Vivir en un cuarto piso sin ascensor ni trastero tampoco colaboraba en la facilidad de almacenaje de las veinte perolas por juego que venían de Alemania. El acero inoxidable nunca me pareció ligero. Su permanente traslado y la ausencia de mi madre, en casi todo momento, aún me pesan en los brazos. Y me pesan aún más por dentro.

Perdido del todo el enfoque, y me temo que la compostura, tuve que someter a mi memoria a la disciplina de centrarse en cualquiera de las otras definiciones asignadas al nombrado término. Descartadas previamente también referencias a acumuladores eléctricos, listado de preguntas y piezas de artillería logré llegar al concepto instrumental que quizá pudiera venir al caso. Y al deceso. Ha muerto Charlie Watts. Encantado de conocerlo. No sé qué me ruboriza más, si lo innecesario de la confesión previa o el reconocimiento de mí, insoslayable a mi edad, incultura musical. Desconocimiento general acreditado, a pesar de mi afición, y específicamente acentuado en torno al mundo percusionista.

Encuentro alivio en el serio ejercicio de mi hispanidad que termina en la clarividente identificación del culpable de mi desconocimiento. Porque más allá de haber podido ser capaz, antes de tanto obituario, de nombrar al batería de una de las bandas más famosas del mundo -y más décadas reconocida- me doy cuenta de que soy incapaz de nombrar uno solo de los asustadizos músicos que se esconden tras los bombos, platillos y cajas a los que, inmisericorde e inevitablemente, golpean marcando el ritmo.

Foto: Charlie y Shirley, en una imagen de archivo. (Getty)

Dudo entre un par de culpables pero al final, descartado Elvis, me decanto por Chuck Berry. La disposición del grupo que acompañaba al considerado inventor del rock condenaba al percusionista a la tercera fila del escenario. Guitarra y cantante por delante, escoltado inmediatamente detrás por otra guitarra y el bajo, y, al fondo y parapetado, el de: un, dos… un, dos, tres… comienzo de casi todo. No sé si por la sonoridad o por la timidez de los avocados a reproducir la rítmica de los sonidos ancestrales en la música moderna, se ha mantenido a lo largo del tiempo tanto la composición como la disposición original en las bandas de rock de todos los tiempos. Causa suficiente para su anonimato, concluyo tranquilizado. Muy pocos se han popularizado y los que lo han conseguido ha sido porque han dado el paso al frente de soltar baquetas y asir micrófono. Phil Collins debe ser una gran excepción. Para que yo lo conozca…

No me conformo con el logro patrio de eximirme de mi culpa por una razón tan solo. La plena satisfacción en el justificar nuestras taras requiere de condescendiente autocrítica. Para que resulte realmente ibérica la autocrítica debe estar fundamentada, si es posible, en una virtud enmascarada. Eso sí que da confort pleno a la asimilación de nuestros fallos -superable solo si va acompañado de la sensación de que a todo el mundo le pasa lo mismo- En el caso que nos ocupa, el desconocimiento total del tercer miembro de los Rolling Stones, la virtud que destacaría la autocrítica sería la coherencia de mis gustos. No es un estudio científico, ni siquiera es estadístico. Es como mucho intuitivo.

placeholder Charlie Watts, en una imagen de 2014. (EFE)
Charlie Watts, en una imagen de 2014. (EFE)

Seamos sinceros. Es simplemente justificativo. Fantaseo con la relación que tiene el patrón de selección en aquellas cuestiones que a lo largo de nuestra vida de consumidor se nos plantean binarias. Ejemplo: Nutella o Nocilla. Cola Cao o Nesquik. Pepsi o Coca Cola. Mc Donald o Burguer King… Podría seguir hasta abordar casi todas nuestras categorías de consumo. Consumo comercial y consumo intelectual. Goya o Velazquez. Rubens o Rembrant. Dalí o Picasso. Lope de Vega o Quevedo. Es la simplificación que nos queda a los que nunca seremos capaces de profundizar en los detalles. Dejamos en una cuestión de gusto la mayoría de nuestras decisiones. A las primeras de cambio. Sin demasiado contraste y sin demasiados rollos. La cúspide de la pirámide decisoria, sin atisbos de investigación ni conocimiento básico, la ocupan, en una reñida puja, el futbol y la política. Así nos va de bien o mal, dependiendo con quien nos comparen.

Beatles o Rolling Stones. Musical dicotomía. Como hay tantas en la historia de la música. Mozart o Beethoven. Dire Straits o Guns and Roses. U2 o Queen. Michael Jackson o Bruce Springsteen. Mucho más acentuada en la parte más bizarra. Peret o El Fari. Camilo Sesto o Raphael. Pantoja o Rocío Jurado. No sé cómo está el reguetón aludiendo a este conflicto. No sé si sufren el tener que optar por una u otra facción sus partidarios. Me resulta mucho suponer la capacidad de distinción entre unos y otros intérpretes, unidas la aparente indolencia de sus seguidores y el profuso y homogéneo uso del tatuaje de quien lo canta. Quizá no ocurriera si decidieran tatuarse números bien visibles o simplemente ponerse nombres normales y reproducibles con su lectura en lugar de lo que más bien parecen onomatopeyas.

Beatles o Rolling Stones

Yo soy de los Beatles. Y tratando de demostrarlo me arriesgo a decir que Ringo Starr se llama su batería. No menosprecio por supuesto el talento de los de Jagger, pero nunca he sido capaz de escuchar un disco entero. De nuevo la ponderación que aglutinan los finados puede ser un buen punto de partida para tratar de reducir mi inabarcable ignorancia. Este Watt, por lo que de él cuentan estos días, me ha caído simpático. Al margen de su talento, su desempeño en la longevidad del grupo y el contraste saludable de su comportamiento han despertado en mí la curiosidad de conocerlo. Y por ende a todos ellos. Se ha parado la primera piedra, la que más se ha cuidado por cierto. Me tengo que poner las pilas. Me tienen que terminar gustando los Rolling Stone. No quiero ser el mismo inculto, sectario y cómodo oyente de las mismas canciones de siempre los próximos veinte años.

Calculo que son los que me quedan para poder prepararme y poder participar con algo más de criterio en el futuro homenaje al insano de Cliff Richard y al inexplicable Mick Jagger. Anuncio también mi compromiso de que haré lo posible para probar la Nutella.

Bruce Springsteen
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