Un canto a Roma: Beatrice Borromeo cual diosa del Olimpo en el desfile de Dior en Villa Albani Torlonia
Maria Grazia Chiuri firmó —quizá— su carta de amor final a la Maison que ha dirigido durante casi una década
Dior ha elegido Roma para su colección Crucero 2025, en concreto Villa Albani Torlonia, un complejo del siglo XVIII que alberga una de las colecciones de antigüedades griegas y romanas más importantes del mundo. Construida por el arquitecto Carlo Marchionni en una campiña en terrazas que una vez estuvo plantada de vides, la villa fue diseñada para exhibir la colección del cardenal Alessandro Albani, un importante mecenas de arte de su tiempo. Aún de propiedad privada, la ubicación sigue siendo un misterio, incluso para los lugareños.
Y fue allí, entre esculturas griegas, frescos del siglo XVIII y jardines en terrazas donde una vez crecían vides, donde Maria Grazia Chiuri firmó —quizá— su carta de amor final a la Maison que ha dirigido durante casi una década.
A la cita acudieron amigas y embajadoras como Victoria Federica, Beatrice Borromeo, Natalie Portman y Rosamunde Pike. La mujer de Pierre Casiraghi emulando a una diosa griega eligió una túnica para el evento.
Natalie con un vestido de tul compuesto de minivolantes y un abrigo capa en el mismo tejido. Y Rosamunde en un versión más bohemia, con un vestido de reminiscencias camiseras de encaje.
Victoria Federica como el resto de invitadas vestida de Dior, en su caso con un toque amazona.
Una elegía estética
La pasarela no fue una pasarela. Fue un rito. Las modelos emergían entre columnas y laureles, sus siluetas dibujadas con la contención y el dramatismo de una tragedia griega. Vestidos vaporosos en tonos mármol, capas bordadas con motivos mitológicos, sandalias gladiadoras reinterpretadas con sutileza. Chiuri, fiel a su estilo intelectual y femenino, volvió a dialogar con la historia, como si cada pieza fuera el eco de una estatua que cobra vida.
Lo que sucedió en Villa Albani no fue solo moda: fue arqueología emocional. La colección no imitó Roma, la encarnó. Las túnicas se tejieron como una prolongación de las cariátides; los dorados parecían robados a un mosaico antiguo. Incluso los peinados y el maquillaje se mantuvieron en una línea sobria, casi escultórica, reforzando la idea de que lo clásico no pasa nunca de moda, solo cambia de musa.
Un retorno íntimo
Para Chiuri, nacida y criada en Roma, la elección del lugar fue más que simbólica: fue un regreso íntimo, personal. Tras años llevando a Dior por el mundo —de Atenas a Edimburgo, de Sevilla a México—, trajo la Maison de vuelta a su origen emocional. El desfile fue también un guiño a los lazos profundos entre Italia y Dior, tejidos desde los tiempos de Monsieur Dior y sus primeras clientas romanas.
Y como si no bastara con esta celebración de lo eterno, el acto estuvo cargado de rumores sobre un posible relevo en la dirección creativa femenina de la firma. Tras la reciente incorporación de Jonathan Anderson al frente de las colecciones masculinas, se intensifican las especulaciones sobre un nuevo ciclo en Dior. Si este desfile fuera realmente el último de Chiuri, sería difícil imaginar una despedida más poderosa y coherente con su trayectoria.
Moda en clave patrimonial
Más allá de las prendas, el desfile fue una reivindicación del patrimonio como fuerza viva. La misma Chiuri, involucrada en la restauración del Teatro della Cometa —cerrado tras la pandemia—, está convirtiendo su vínculo con Roma en una cruzada cultural. Esta visión quedó impresa en cada paso del desfile, que más que mirar al futuro, pareció cavar en las raíces para encontrar lo eterno.
Dior en Roma fue, en suma, un gesto de belleza radical y contenida, donde la moda no gritó, sino que susurró, como lo hacen las piedras milenarias.
Dior ha elegido Roma para su colección Crucero 2025, en concreto Villa Albani Torlonia, un complejo del siglo XVIII que alberga una de las colecciones de antigüedades griegas y romanas más importantes del mundo. Construida por el arquitecto Carlo Marchionni en una campiña en terrazas que una vez estuvo plantada de vides, la villa fue diseñada para exhibir la colección del cardenal Alessandro Albani, un importante mecenas de arte de su tiempo. Aún de propiedad privada, la ubicación sigue siendo un misterio, incluso para los lugareños.