Caso Rocío Carrasco: la alienación parental, consecuencias psicológicas y marco legal
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DUDAS Y PREGUNTAS

Caso Rocío Carrasco: la alienación parental, consecuencias psicológicas y marco legal

El rechazo de un niño por uno de sus padres como consecuencia de la manipulación por parte del otro no está considerado síndrome, pero las consecuencias son devastadoras

placeholder Foto: Mario Biancietti para Unsplash.
Mario Biancietti para Unsplash.

Juan no quiere ni oír hablar de su madre porque es mala. Lola odia a su padre, él no la quiere. Estas y otras frases parecidas sentencian de puertas hacia fuera (son la comidilla del barrio) y de puertas adentro (en el seno familiar durante un divorcio) el comportamiento supuestamente reprobable de un progenitor. Sin embargo, no es nuevo el usar y manipular a un niño en contra de uno de sus progenitores y menos en juzgados o con un proceso de separación abierto; es aquí donde aparece un término conocido como SAP o síndrome de alienación parental y toda la controversia alrededor del mismo.

El SAP o síndrome de alienación parental fue descrito por el psiquiatra infantil Richard Gardner en 1985 para referirse al rechazo que siente un hijo hacia su padre o su madre como consecuencia de una manipulación por parte del otro para perjudicar a su ex, normalmente en una separación conflictiva y con la custodia de un menor de por medio. Este tema ha sembrado la polémica y se ha debatido en el I Congreso de la Infancia y la Adolescencia del ICAM (Ilustre Colegio de Abogados de Madrid); de hecho, este síndrome como tal no está reconocido por la comunidad científica ni por organismos internacionales como la OMS (Organización Mundial de la Salud), a pesar de que el objetivo de romper el vínculo de los hijos con el otro progenitor se puede considerar maltrato infantil.

¿Lavado de cerebro?

Desde Avance Psicólogos, Laura Palomares explica que “el SAP es un trastorno en el que el niño o adolescente sufre un lavado de cerebro. En los casos más graves se puede llegar a acusar falsamente al padre o madre de maltrato o de abusos sexuales. Suele darse una campaña de desprestigio de manera continuada, con juicios constantes sobre su actitud y obstaculización en la comunicación y visitas con el hijo. Llegado el momento se rompe el vínculo y el hijo llega a rechazar al progenitor, al creer y hacer suyas las acusaciones”. Pero para hablar de este supuesto síndrome es importante, como explica la psicóloga, haber descartado cualquier tipo de negligencia en la atención al menor.

placeholder Mario Bianchetti para Unsplash.
Mario Bianchetti para Unsplash.

¿Y cómo lo vive el pequeño? Según la psicóloga Susana Ivorra, “al principio puede suponerle un conflicto y mucha inseguridad porque no sabe qué creer, si lo que conoce y ha vivido con esa persona o lo que el otro le dice y que es totalmente opuesto. Es posible que surjan sentimientos de rabia o tristeza hacia quien es víctima de esa campaña de desprestigio y poco a poco sienta más y más rechazo hasta no querer verla”. Recalca Ivorra que más que de síndrome (no recogido científicamente) podemos hablar de una forma de violencia que utiliza a los hijos como vehículo con un doble objetivo: por un lado herir a la otra persona y por otro generar simpatía hacia uno mismo. Luego está lo que siente el alienado, que además es señalado con el dedo. “En la persona víctima de esta violencia puede haber mucha culpa e inseguridad porque socialmente está extendida la creencia de que si tu hijo no quiere estar contigo es que eres mal padre o madre. Se le cuestiona qué ha hecho mal, siente impotencia, y a veces el bloqueo es tan grande que prefiere apartarse, creyendo que cuando su hijo o hija sea mayor entenderá la verdad. En realidad no hay garantía de ello, porque se ha forjado durante años una imagen distorsionada”, aclara la psicóloga, aunque a veces, puntualiza Laura Palomares, será capaz de valorar por quién ha sido utilizado.

El bueno y el malo

El adulto víctima de esta situación sufre un estrés enorme, pérdida de la autoestima, impotencia e indefensión, lo que puede acabar en depresión. Tiende a mantenerse en silencio para proteger a sus hijos, a callar para no hacerlo más grande, para no obligarles a escoger ni crearles un conflicto de lealtad, de manera que solo tienen la información del progenitor que manipula. Pero no se trata, apunta Susana Ivorra, de entrar en un juego de mentiras, sino de afrontar que la voz del 'malo' también tiene que ser escuchada. Y si hay insultos, manipulaciones o mentiras para coaccionar al menor es necesario denunciar o ponerlo en conocimiento para que no vaya a más.

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Mario Bianchetti para Unsplash.

Como defienden desde Avance Psicólogos, “es fundamental buscar ayuda legal y psicológica desde el principio. Con los hijos es muy importante no caer en la trampa de imitar al progenitor alienador y hablar mal al niño o niña sobre el otro. Ante las acusaciones del hijo lo recomendable es reaccionar con calma y de forma asertiva, expresándole su desacuerdo y dándole ejemplos concretos de la desproporción de las acusaciones”.

En terreno de nadie

Pero el SAP no solo no está reconocido como síndrome, tampoco está regulado en España ni en Europa a nivel legislativo. Lo aclara Mariló Lozano Ortiz, presidenta de la AEAFA (Asociación Española de Abogados de Familia): “La discusión de la comunidad internacional es la terminología y, según dice la OMS, las interferencias parentales existen y los juzgados tramitan muchos asuntos donde se evidencia este problema. Nuestros tribunales españoles no utilizan generalmente el término SAP, sino que hablan de dichas interferencias y la obstaculización de la relación de los niños con el otro progenitor; en cambio, el tribunal europeo sí habla de alienación parental en varias sentencias”. Lo llamemos como lo llamemos, queda claro que una vez detectada la situación, y como señala la abogada, “es imprescindible que los juzgados y tribunales adopten medidas de protección que salvaguarden el interés de los hijos a través de terapia psicológica dirigida por profesionales especializados para evitar el maltrato infantil”, termina.

Rocío Carrasco
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