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FAMILIAS

Historia de una ambición: los días en que se sembró la 'semilla del mal' en La Finca

Luis García-Cereceda era un humilde tendero de una tienda de ultramarinos cuando vio que había negocio en el inmobiliario. Cuando murió, en 2010, era multimillonario. Y sus hijas se odiaban

Foto: Susana García-Cereceda, a lomos de un caballo. (Getty)
Susana García-Cereceda, a lomos de un caballo. (Getty)

Si algo no le gustaba a Luis García-Cereceda era la fama. Solo existe una foto de él, en la que aparece con los ojos cerrados, tomada por María Eugenia Yagüe en una fiesta. Nunca dio una entrevista. Su 'fama' comenzó en el mismo momento de su muerte, o quizá semanas antes, cuando se hicieron públicas las desavenencias entre sus dos hijas, Susana y Yolanda, con la viuda, Silvia Gómez-Cuétara. Lo que era un rumor más o menos susurrado se convirtió en un espectáculo cuando cada facción familiar mandó varias esquelas a la prensa por separado. El primer capítulo de una serie que ni el guionista más iluminado hubiera podido escribir.

García-Cereceda era un desconocido para el público, a pesar de que cuando murió acumulaba una fortuna que algunos cifran en 3.000 millones de euros, y contaba en su agenda con los números privados de buena parte de la clase política y empresarial del momento. Nacido en 1934, su historia es la de un niño de origen modesto, el hijo de un ebanista y una tendera, que trabajó duro en la España de posguerra hasta convertirse en un magnate. Según las crónicas de entonces, Cereceda decidió dedicarse a la inmobiliaria tras observar cómo unos albañiles hacían una reforma en la tienda de ultramarinos que regentaba. Primero montó una empresa dedicada a las reformas, luego pasó a la construcción y finalmente derivó a la promoción inmobiliaria.

"Ponte en situación, década de los 60, 70, 80, los años de crecimiento exponencial de Pozuelo, hoy el municipio más rico de España. En ese momento Luis comienza a comprar edificios con su hermano, se convierte en uno de los promotores más relevantes del momento por el tipo de edificios 'premium' que hace. Se rodea de un grupo de fieles, una camarilla, la gente en la que confía. Sacan adelante cosas maravillosas, pero tienen una forma determinada de hacer empresa, es un ambiente duro", explican a Vanitatis fuentes conocedoras de los inicios como empresario de Luis.

Susana García-Cereceda, en el discurso de Navidad de 2018 a sus empleados.
Susana García-Cereceda, en el discurso de Navidad de 2018 a sus empleados.

"Le gustaba la excelencia, siempre buscaba la perfección", describe el arquitecto Joaquín Torres, "era uno de los promotores más excepcionales con los que he trabajado". García-Cereceda tenía una forma propia de construir cuyo mejor ejemplo fue la urbanización que le hizo inmortal, La Finca. Tardó más de una década en poder traer a España ese desarrollo urbanístico que había visto en Estados Unidos, una comunidad bunkerizada de puertas para afuera, pero relajada, elegante y exclusiva de puertas para adentro. "Tomó decisiones que parecían una burrada y que ahora resultan ser una maravilla estética como esos 17 lagos, todos artificiales, o esos patos salvajes anillados que conviven con el paisaje. Asumió costes que no se podían repercutir. Eso es lo que no hacían otros", confesaba uno de sus colaboradores en un reportaje publicado por 'El País' cuando murió, en 2010.

El 51% frente al 49%

En realidad, García-Cereceda le ganó casi diez años a la muerte. La primera vez que se le detectó el tumor cerebral fue durante los Juegos Olímpicos de Sídney, donde fue operado de urgencia. Aunque en un principio le pronosticaron solo dos años de vida, el empresario consiguió sobrevivir diez más hasta que en 2009 se le reprodujo la enfermedad y murió en pocos meses. En esa década de 'regalo' tuvo tiempo de dejarlo todo atado, e incluso de casarse por segunda vez con la bellísima Silvia Gómez-Cuétara. El empresario tuvo un primer matrimonio de juventud con Mercedes, madre de sus hijas Susana y Yolanda.

En el escrito de acusación preparado por los abogados de Yolanda García-Cereceda en 'Land', se lee: "La herencia, en atención al testamento del causante, se dividió en un 50% para doña Yolanda y otro 50% para su hermana, la investigada Susana García-Cereceda; variando, puede decirse que imperceptiblemente, el porcentaje relativo a las acciones y participaciones representativas del capital social de las compañías en las que don Luis mantenía todo su patrimonio inmobiliario de la siguiente manera: un 51% de dichas acciones y participaciones a Susana García-Cereceda y el 49% a mi poderante, si bien el grueso de su emporio empresarial ya estaba en manos de ambas herederas por transmisión en vida de gran parte de las acciones del grupo". 'Land', por cierto, es la pieza separada del caso Villarejo que se ocupa del presunto espionaje por parte de Susana García-Cereceda a su hermana, a la viuda de su padre y al arquitecto Joaquín Torres.

Una de las exclusivas casas de La Finca. (A-Cero)
Una de las exclusivas casas de La Finca. (A-Cero)

Pero volvamos a 2010. Fue en esos últimos meses de vida de Luis cuando se plantó la semilla del duro enfrentamiento familiar que ha llegado hasta hoy. Decidió que fuera su hija mayor, Susana, quien tomara las riendas de la empresa y se convirtiera ya desde ese año en la primera ejecutiva de su promotora. Susana, doctora en Ciencias Políticas, dedicada a la docencia en la Complutense y a sus caballos, se vio de repente envuelta en el universo de su padre. Cuando falleció, Luis era titular de múltiples negocios no solo urbanísticos, también tenía intereses en restauración —era dueño de Zalacaín—, la cría de caballos... Todo bajo el paraguas del Grupo Procisa.

La decisión de Luis García-Cereceda escribió el destino de las hijas, que mantenían ya desde antes profundas discrepancias. Los desencuentros de las hermanas derivaron en múltiples enfrentamientos judiciales. Yolanda estuvo inhabilitada durante cinco años, perdió temporalmente la custodia de sus hijos. Era un enfrentamiento sangriento y a campo abierto.

Yolanda García-Cereceda, con Jaime Ostos. (Getty)
Yolanda García-Cereceda, con Jaime Ostos. (Getty)

"Cuando murió Luis, se me pidió que me posicionara de un lado u otro. Me negué. Luis me dijo mil veces que quería dejarles a sus hijas su fortuna por igual. Y si le dejó algo más del accionariado a Susana fue para proteger a Yolanda, porque creía que era más débil, pero no para desvalijarla, no para usarlo en su contra, Luis nunca quiso esto, la destrucción de una hermana por la otra", lamenta Joaquín Torres. El arquitecto era "como un hijo" para el promotor. "Yo caía fatal entre su camarilla. Imagínate, él contaba con un gabinete técnico con el que llevaba trabajando 30 años y de repente aparecí yo, un arquitecto de poco más de 35 años en el que Luis empezó a confiar muchísimo, él se reía de esas envidias que yo generaba". A día de hoy, Torres sigue teniendo buena relación tanto con Yolanda García-Cereceda como con Silvia Gómez-Cuétara.

Cuando entró en la empresa, Susana inició un proceso de profesionalización, refinanció la deuda, llevó a las empresas inmobiliarias al siglo XXI. Enfrascada en esto, cuando surgía algún asunto de épocas pasadas, como una disputa con otra empresa por unos terrenos, le pedía consejo a esa antigua nómina de colaboradores de su padre: "Solucionadme esto". En un momento dado, alguien alzó la mano: "Yo tengo un amigo". Sin saberlo, le estaban abriendo la puerta de las empresas y de su intimidad al hoy célebre comisario Villarejo, adentrándose voluntariamente en las fauces del lobo.

La viuda

En aquel momento, Susana lidiaba con la empresa pero también con el reparto de la herencia de su padre. Silvia Gómez-Cuétara y Luis García-Cereceda se casaron el 4 de diciembre de 2002. La viuda asegura que en vida del promotor, la convivencia y las relaciones familiares se mantuvieron en un ámbito de respeto y mutuo afecto entre las hermanas García-Cereceda y ella. Pero cuando falleció iniciaron un enfrentamiento —otro más— duro y correoso que duró años. Había discrepancias en torno a la interpretación y ejecución del testamento entre las hermanas que afectaron a su viuda, a pesar de que en el testamento de García-Cereceda, redactado en octubre de 2009, se especificaba que Gómez-Cuétara —como marca el Código Civil, por otro lado— debía recibir "el usufructo vitalicio del tercio de mejora" del patrimonio de su marido.

El arquitecto Joaquín Torres. (EFE)
El arquitecto Joaquín Torres. (EFE)


Las cosas llegaron a tal punto que para lograr que abandonara el domicilio conyugal, se le cortaron incluso los suministros. La guerra incluyó el encargo a KPMG de un estudio pormenorizado sobre la fortuna de Luis García-Cereceda con cuyas conclusiones, sin embargo, Silvia nunca estuvo de acuerdo —sospechaba que se le estaba ocultando parte del patrimonio—. De hecho, pidió a sus abogados que encargaran otro informe y estos contrataron a la agencia Método 3, también muy conocida en los medios de comunicación, para trazar el mapa de la fortuna de Cereceda. Durante años, la viuda y las hijas jugaron una agria partida de ajedrez. El entorno de Susana le aconsejó entones que contara otra vez con la ayuda de Villarejo para obtener quizá un as en la manga que le diera ventaja de cara a esa negociación. También tenía varios frentes legales abiertos con su hermana Yolanda y a un Joaquín Torres que no había querido tomar partido por ella.

Prisión

"Yo tengo un amigo". Susana García-Cereceda y sus colaboradores le encargaron al comisario Villarejo buscar información de Yolanda, Torres y Gómez-Cuétara. Se reunieron varias veces en el año 2013, hay constancia de ello en la amplia documentación incautada en el marco de la investigación a Villarejo. Esta semana se ha conocido que la Fiscalía Anticorrupción pide ahora para Susana más de 16 años de cárcel por los presuntos delitos de cohecho y revelación de secretos. Los abogados de la empresaria están preparando su escrito de defensa, pero ya han adelantado 10.000 euros en concepto de responsabilidad civil, como gesto de buena voluntad de cara a un posible pacto.

Si se llega a un trato, quizá sea una forma de absolver los errores del pasado o, como decía Joaquín Torres, de "pasar página". Se acaban de cumplir diez años de la muerte de Luis García-Cereceda. Es hora de mirar hacia el futuro.

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