Ricardo Bofill: adiós al arquitecto controvertido que supo disfrutar la vida
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Ricardo Bofill: adiós al arquitecto controvertido que supo disfrutar la vida

“Hay que intentar que las personas sean felices con lo que hacen y yo procuro que mi gente sea feliz”, confesó

Foto: Ricardo Bofill, en una imagen de archivo. (EFE/Gustavo Monge)
Ricardo Bofill, en una imagen de archivo. (EFE/Gustavo Monge)

Ricardo Bofill ha fallecido a los 82 años en Barcelona tras vivir una existencia activa hasta los últimos años en los que decidió evitar el mundo social. En cambio, mantenía su cabeza abierta a muchos proyectos profesionales en medio mundo.

Durante años, mantuvo su casa del Ampurdán, donde reunía a su familia, a sus hijos Ricardo y Pablo, a las mujeres de su vida y a los amigos.

Una de las características emocionales del arquitecto era que siempre tuvo una magnífica relación con todas las mujeres de las que se enamoró. Las oficiales como Serena Vergano, Loulou de la Falaise, musa de Yves Saint Laurent, Annabelle d'Huart y Martha de Villalonga, que trabajaba con él como diseñadora de interiores y con la que ha vivido feliz estos últimos años.

Foto: Ricardo Bofill, fotografiado en Roma. (Getty)

Era un hombre controvertido en el mundo de la arquitectura. A pesar de sus muchos premios internacionales y nacionales y menciones en las escuelas de medio mundo, tenía también sus adversarios profesionales, quizá más por saber vivir y por ese aura que tenía de aprovechar la vida en todos los aspectos que por temas exclusivamente técnicos.

placeholder Ricardo Bofill, en una imagen de archivo. (EFE/Andreu Dalmau)
Ricardo Bofill, en una imagen de archivo. (EFE/Andreu Dalmau)

Él mismo decía: “Es una profesión donde los egos son superlativos. Yo también lo tengo porque soy muy bueno pero nunca lo aplicaré a mis colegas. Cada uno tiene su manera de ver la profesión y para mí es relacionar las matemáticas de las estructuras de los ingenieros con el aspecto lúdico y artístico de la arquitectura”.

Le gustaba polemizar y más con temas controvertidos, como la nueva arquitectura que se hacía a base de dinero en ciudades como Singapur, Dubái o Shanghái, donde era un profesional reconocido. “¿Y qué si te pagan por hacer lo que sueñas? Claro que el dinero es importante, pero el ingenio aún más cuando tienes que diseñar torres y edificios únicos en lugares donde el paisaje no favorece, como pueden ser los países árabes. A mí me gusta la vegetación, la luz y a veces es ese nuestro reto”, contaba en una de las charlas que organizaba en su taller de Barcelona, un lugar único con un equipo de más de sesenta personas donde había sitio para filósofos, matemáticos, escritores, sociólogos y jardineros. “Somos un grupo ecléctico que funcionamos como un conjunto para que la maquinaria sea perfecta”.

Recibió premios y distinciones internacionales, unos méritos que él aseguraba tenían que ver con la elección de la gente con la que trabajaba: “Hay que intentar que las personas sean felices con lo que hacen y yo procuro que mi gente sea feliz”.

placeholder El arquitecto Ricardo Bofill. (Getty)
El arquitecto Ricardo Bofill. (Getty)

Uno de sus grandes amigos fue el relaciones públicas Carlos Martorell. Con él viajó a Egipto, Bali, Turquía, París y medio mundo. “Viví con él las experiencias más maravillosas, como fue montar a caballo alrededor de las pirámides en los años 70, cuando no había turismo, bajar en faluca por el Nilo, recorrer el Sahara, montar en globo por la Capadocia y vivir unas aventuras únicas. Bofill era un hombre excepcional, divertido y con un sentido del humor impresionante. Pasamos este último verano navegando por las Baleares”.

Martorell recuerda una historia que tuvo una repercusión profesional importante en Francia. “Ricardo ofreció hacer la Ciudad del Espacio en España. Eran los tiempos de la dictadura y le negaron el proyecto. Lo que hizo fue irse a París. Yo tenía muchos contactos y me pidió que montara una oficina y allí nos fuimos. En aquel momento, los años 70, conoció a Loulou de la Falaise, que era amiga de una de las hijas de Giscard d’Estaing. Le propuso el proyecto que Franco le había denegado y lo hizo en París. Fue un éxito. Bofill se quedó en París durante varios años y con muchos proyectos”, recuerda Carlos Martorell, que asegura que siempre tendrá un bonito recuerdo para su gran amigo.

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