Marta Yacobi, 'dogfluencer': "Es un sector muy nicho pero en pleno crecimiento"
Sus perros Blue y Moon fueron protagonistas junto a Eugenia Martínez de Irujo de nuestra portada de presentación del nuevo VA. Hoy hablamos con quien los adoptó y dedica a tiempo completo a se 'dogfluencer'
Detrás de cada vídeo aparentemente ligero —un perro dormitando bajo una mesa de oficina, una correa apoyada junto a un portátil, unas patas que asoman entre piernas humanas— hay una idea que no se ve, pero que lo sostiene todo. Un propósito. Marta Yacobi no empezó a grabar a su perro para entretener a nadie. Lo hizo para poder respirar.
"Conseguir que el mundo sea un poco más dogfriendly", dice ahora, con la naturalidad de quien ha convertido una necesidad íntima en un discurso público. Mostrar que la vida no se detiene cuando se comparte con un animal. Que quienes conviven con perros también trabajan en oficinas, hacen la compra, viajan, entran en farmacias y cargan con rutinas que rara vez fueron pensadas para cuatro patas. Que conciliar no siempre tiene que ver con hijos, pero siempre tiene que ver con vínculos.
Antes de que miles de personas la conozcan ahora como ´The Dogmom´, Marta era una trabajadora más dentro del engranaje corporativo. Tenía un contrato indefinido, horarios largos y una vida personal atravesando uno de esos momentos complicados que no suelen aparecer en los currículums. En ese tiempo —dice— su perro era su única compañía diaria. Para poder sostener jornadas interminables, necesitaba llevarlo con ella. No como un capricho, sino como una forma de supervivencia y organización.
Lo habló con su jefe. La empresa era pequeña, apenas treinta personas. La respuesta no fue una negativa, sino una transformación. La oficina se volvió 'dogfriendly'. Y en ese gesto mínimo, casi doméstico, algo empezó a cambiar.
Primero fue la sensación —difusa, casi tímida— de no estar sola. Luego, la certeza. En los comentarios, en los mensajes privados, en las historias que llegaban desde otros lugares y otras oficinas, Marta reconoció un patrón: personas que también habían tenido que elegir entre cumplir con una rutina laboral pensada para humanos solitarios o respetar el vínculo con un animal que no entiende de horarios ni de productividad. Personas que habían normalizado la renuncia.
La comunidad creció sin aspavientos. No era un fenómeno masivo, ni pretendía serlo. Era un espacio de identificación. Un lugar donde los perros no eran decoración ni excusa, sino el centro de una conversación más amplia sobre cómo vivimos y con quiénes lo hacemos.
Marta empezó a entender algo que en el mundo digital todavía cuesta asumir: que el tamaño no siempre determina el impacto. Que en un ecosistema saturado de estilos de vida aspiracionales, la honestidad puede convertirse en un valor diferencial. Los animales —perros, gatos— y quienes trabajan con ellos conforman un nicho pequeño, pero extraordinariamente fiel. "Son pocos los creadores centrados solo en animales", explica. Muy pocos, si se comparan con los perfiles de lifestyle, moda o viajes. Y, sin embargo, suficientes para sostener una economía propia.
"Tenemos miedo a la inestabilidad del autónomo pero un contrato no te asegura nada"
Las marcas lo saben. Para vender comida animal no basta con un rostro conocido: importa quién escucha. En su caso, Marta habla a quienes ella llama, sin ironía, papás perrunos. Personas que no solo consumen, sino que cuidan. Frente al ' macroinfluencer' que muestra un perro como un elemento más de su vida, ella ofrece una certeza: aquí, todos entienden de qué se está hablando.
Ese entendimiento mutuo permitió dar el salto. Aparcar el contrato indefinido. Aceptar la inestabilidad como condición inherente no solo al trabajo autónomo, sino a cualquier forma de empleo contemporáneo. "Pensamos que un contrato fijo es seguridad", reflexiona, "pero dependes de decisiones ajenas que pueden romperlo en cualquier momento". El miedo no desapareció —sigue ahí—, pero dejó de ser una barrera. Apostar por lo propio se volvió una forma de coherencia.
Mientras tanto, el sector crecía. Aún lejos de países como Estados Unidos, donde la industria de los animales ocupa un lugar central, en España comenzaron a aparecer señales. Galas, premios, encuentros donde creadores, veterinarios e influencers acudían acompañados de sus mascotas. Los 'Pet Celebrity Awards' no eran solo un evento: eran un síntoma. La confirmación de que algo que había nacido en los márgenes empezaba a reclamar su espacio.
Los perros y la maternidad
Pero el punto de inflexión más delicado no llegó desde las marcas ni desde el algoritmo, sino desde la vida privada. Hace apenas tres meses, Marta fue madre. Lo compartió con naturalidad, como había compartido todo lo demás. Y ese mismo día perdió cerca de dos mil seguidores.
Los comentarios no tardaron en aparecer. Dudas, reproches, miedos proyectados. Como si la maternidad fuera incompatible con el amor a los perros. Como si un hijo implicara, inevitablemente, relegarlos a un segundo plano. Marta observó esa reacción con la misma calma con la que había aprendido a leer las redes: entendiendo que no todos los rechazos hablan de ella.
"Cuando llega un niño, a los perros les surgen nuevas necesidades"
Con el tiempo, llegaron otros mensajes. De agradecimiento. De personas que, por primera vez, veían representada la convivencia entre un bebé y animales desde el respeto. La conciliación, de nuevo, aparecía como el eje. Esta vez no solo entre trabajo y vida personal, sino entre especies.
"Cuando llega un niño, las mascotas también tienen nuevas necesidades", explica. Escucharlas no es una cuestión sentimental, sino estructural: el equilibrio del hogar depende de ello. Ahora, dice, la responsabilidad es mayor. No solo criar a una hija, sino hacerlo en un entorno donde el contacto con otros seres vivos no sea una excepción, sino una forma de estar en el mundo.
Marta habla de naturaleza, de cuidado, de presencia. De huir de la crianza mediada exclusivamente por pantallas. De enseñar, desde el primer día, que convivir implica respetar. Que el amor no se divide: se expande. "Quiero que mi hija crezca en un entorno de naturaleza, de amor por los animales y que no sea una 'niña I Pad' como llaman a esos hijos cuya fuente de entretenimiento principal son las pantallas".
Quizá por eso su historia no va solo de perros ni de redes sociales. Va de cómo una mujer atravesó un momento vital complejo acompañada por un animal, y de cómo esa compañía terminó convirtiéndose en una forma de trabajo, de activismo cotidiano y de relato colectivo. Una manera de recordarnos que el mundo que habitamos también puede —y debe— pensarse para todos los cuerpos que lo transitan.
Detrás de cada vídeo aparentemente ligero —un perro dormitando bajo una mesa de oficina, una correa apoyada junto a un portátil, unas patas que asoman entre piernas humanas— hay una idea que no se ve, pero que lo sostiene todo. Un propósito. Marta Yacobi no empezó a grabar a su perro para entretener a nadie. Lo hizo para poder respirar.