El surrealista secuestro que paralizó España: Quini, 25 días en un zulo y la historia real detrás de 'Por cien millones'
Tres mecánicos sin experiencia criminal, una leyenda del fútbol y un perdón que lo cambió todo, los datos reales de la serie sobre el secuestro de Enrique Castro 'Quini' y qué fue de sus captores
Hay historias que, por más que el tiempo se empeñe en domesticarlas, el debate en torno a ellas sigue latiendo. La del secuestro de Enrique Castro 'Quini' pertenece a esa categoría. Un episodio que paralizó a España en 1981 y que, más de cuatro décadas después, regresa convertido en ficción con 'Por cien millones', la miniserie de Nacho G. Velilla y Oriol Capel que demuestra que, a veces, la realidad no solo supera a la ficción, sino que la escribe con un pulso inesperadamente irónico.
La premisa de la serie —tres mecánicos en paro que deciden secuestrar al máximo goleador de la Liga— podría parecer un delirio de guion si no fuera porque ocurrió exactamente así. Velilla y Capel lo descubrieron al bucear en el caso. Cuanto más investigaban, más afloraban situaciones "berlanguianas" —así lo explican los creadores de la serie a medio camino entre un en una entrevista a El País—, como ese momento en el que los secuestradores, tras encañonar a Quini en una gasolinera, descubren que el coche es automático y es el propio futbolista, encapuchado, quien les explica cómo arrancarlo. Puede parecer una licencia creativa, pero es la realidad pues entre el 80 o 90% de lo que se muestra en pantalla ocurrió.
Pero antes de la anécdota, está el contexto. Marzo de 1981. España todavía digiere el impacto del 23-F cuando, apenas una semana después, el país se despierta con otra sacudida: ha desaparecido el delantero del FC Barcelona. Su secuestro afecta al deporte —es además el pichichi de la temporada— y abre una grieta emocional en pleno proceso de transición democrática por las sospechas de que sea ETA quien lo haya secuestrado.
La tarde en la que desapareció Quini
El 1 de marzo, tras marcar un hat-trick —aunque entonces ni siquiera se utilizaba ese término con la naturalidad de hoy—, Quini siguió su rutina. Pasó por casa, vio la televisión y salió hacia el aeropuerto de El Prat para recoger a su mujer, Mari Nieves. Nunca llegó. Una parada en una gasolinera bastó para cambiarlo todo. Dos hombres armados le obligaron a subir a su propio coche mientras un tercero les seguía en una furgoneta. Horas después, ya estaba en Zaragoza, encerrado en un zulo construido en un taller de motos.
Lo que vino después es un relato a medio camino entre el thriller y el esperpento. La Policía, poco habituada entonces al crimen organizado, se enfrenta a un caso sin manual. Las primeras llamadas de los secuestradores —intervenidas desde la comisaría de Via Laietana— permiten descartar rápidamente la pista terrorista. Al otro lado del teléfono se dan cuenta de que hay nervios, un marcado acento aragonés y una torpeza que desconcierta tanto como preocupa. Lo que está claro es que no son profesionales.
Eran tres los delincuentes: hombres jóvenes vinculados entre sí por el trabajo y una situación económica asfixiante. Dos de ellos regentaban un pequeño taller de motos en la calle Jerónimo Vicens —donde se encontraba el zulo—, donde apenas pagaban un alquiler simbólico y sobrevivían con reparaciones. Uno era mecánico y el otro electricista. El tercero, algo mayor, no formaba parte del día a día del local, pero era quien les suministraba piezas y mantenía con ellos una relación profesional que terminó derivando en complicidad. Fue precisamente ese tercero quien aportó la idea y el impulso definitivo. Ninguno tenía antecedentes ni experiencia criminal, y se movían más por la necesidad que por una lógica delictiva organizada.
Cuando llaman a la familia les piden 70 millones de pesetas. Luego 100. Unos 600.000 euros ahora. Pero no saben muy bien cómo cobrarlos. Las conversaciones con la esposa del futbolista oscilan entre la amenaza y lo absurdo. Llegan a quejarse de que "Quini come mucho" y de que se están quedando sin dinero para bocadillos. Mientras tanto, Telefónica asegura poder localizar las llamadas, lo que da lugar a uno de los episodios más surrealistas del caso: un dispositivo policial que asalta cabinas telefónicas por toda Barcelona cada vez que suena el teléfono. Durante días, cualquier ciudadano que hablase desde una cabina podía ser interceptado.
En paralelo, el país entra en una especie de psicosis colectiva. El Barcelona, segundo en Liga, se ve incapaz de competir con normalidad. Jugadores como Simonsen plantean marcharse; otros, como Zuviría, hablan abiertamente de armarse. El equipo pierde fuelle, y con él, una Liga que parecía al alcance.
Un secuestro en la España del 23-F
Los secuestradores —tres jóvenes de Zaragoza sin antecedentes, asfixiados por las deudas— no encajan en el perfil habitual del delincuente. Precisamente esa normalidad es lo que les hace invisibles durante semanas. Dormían al raso, utilizaban armas oxidadas y habían ideado el plan a partir de revistas del corazón, buscando a alguien con suficiente respaldo mediático como para garantizar el pago del rescate.
La resolución llega, como casi todo en esta historia, con un giro inesperado. La Policía logra convencerles de que el dinero se depositará en una cuenta en Suiza. Cuando uno de ellos acude a retirarlo en una sucursal de Credit Suisse en Berna, es detenido. A partir de ahí, la cadena se desmorona. Horas después, los agentes irrumpen en el taller de Zaragoza. Allí se encuentran a uno de los secuestradores en la cocina, batiendo un huevo. Sin decir nada más les señala una trampilla. Debajo, en un habitáculo mínimo, Quini llevaba 25 días encerrado.
La historia podría terminar ahí, pero es precisamente lo que ocurre después lo que convierte este episodio en algo más que un suceso. Quini sobrevive, pero lo más interesante es que perdona. En el juicio, se niega a reconocer a sus captores y renuncia a la indemnización de 5 millones que podría haber conseguido. Su actitud contribuye a rebajar las penas y, sobre todo, a humanizar un relato que podría haber quedado anclado en el rencor.
Esa dimensión es la que la serie intenta capturar sin perder de vista el dolor. Velilla habló con la familia del futbolista antes de rodar. Ellos dieron su visto bueno, aunque reconocen que hay una parte —inevitable— que sigue doliendo. Porque detrás de las escenas casi cómicas hay 25 días de miedo real.
¿Qué fue de todos ellos?
¿Y qué fue de ellos? La respuesta, lejos del morbo, es casi anticlimática. Enrique Castro 'Quini' falleció en 2018 en Gijón, víctima de un infarto, dejando tras de sí una carrera brillante y una lección de humanidad poco frecuente. Años después del secuestro, incluso llegó a reunirse con uno de sus captores. Quería mirarle a la cara, escucharle y cerrar una herida que él mismo se había empeñado en no enquistar. Y lo hizo.
Sus secuestradores, por su parte, cumplieron condena y regresaron a una vida discreta. Dos de ellos volvieron durante un tiempo al barrio zaragozano donde todo ocurrió, ese entorno de Tenerías o Sementales en el que el taller de la calle Jerónimo Vicens funcionó como tapadera del zulo. Allí intentaron recomponer sus vidas en oficios similares a los que ya tenían antes: mecánica, electricidad o trabajos en fábricas.
Uno estuvo en la cadena de montaje de Alfa Romeo, más tarde vendió coches de segunda mano y pasó también por una empresa como Balay. Otro acabó instalándose en un pueblo cercano a Zaragoza junto a su familia, alejándose progresivamente del lugar donde todo había sucedido. El tercero, el que había tenido un papel más activo en la negociación del rescate y el viaje a Suiza, es el que mejor ha conseguido desaparecer. Apenas hay rastro de él, ni domicilio conocido ni actividad pública reseñable.
Algunos vecinos los recuerdan como "buenos chicos" que tomaron una decisión desesperada. Lo último que se supo de ellos fue en ese mismo año a través de algunos reportajes de medios locales como el 'Heraldo de Aragón'. Para entonces estaban jubilados o a punto de estarlo. De vez en cuando vuelven al barrio, toman un vermú y evitan hablar del pasado. El silencio ha sido, probablemente, su manera de sobrevivir a una historia que los marcó para siempre.
Han intentado borrar su rastro. Con éxito desigual. Pero si algo permanece es la huella de aquel episodio improbable: un secuestro chapucero que pudo acabar en tragedia y que, con el paso del tiempo, ha adquirido un tono casi absurdo. Como una secuela de 'Luces de Bohemia'. Como decía uno de los vecinos que convivió con aquella historia sin saberlo del todo, podría haber sido una película de terror. Y, sin embargo, terminó pareciendo otra cosa. Aquello se convirtió en el equilibrio incómodo entre el miedo y lo grotesco, entre la miseria y la compasión.
Hay historias que, por más que el tiempo se empeñe en domesticarlas, el debate en torno a ellas sigue latiendo. La del secuestro de Enrique Castro 'Quini' pertenece a esa categoría. Un episodio que paralizó a España en 1981 y que, más de cuatro décadas después, regresa convertido en ficción con 'Por cien millones', la miniserie de Nacho G. Velilla y Oriol Capel que demuestra que, a veces, la realidad no solo supera a la ficción, sino que la escribe con un pulso inesperadamente irónico.