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El día en el que Felipe VI aplaudió el alegato a favor de la democracia y el juancarlismo del poeta José Hierro
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Se cumplen 40 años

El día en el que Felipe VI aplaudió el alegato a favor de la democracia y el juancarlismo del poeta José Hierro

El entonces heredero del trono acababa de iniciar el BUP y presidía el acto de entrega de los primeros premios de la Fundación Príncipe de Asturias

Foto: El príncipe Felipe, en 1981. (Gtres)
El príncipe Felipe, en 1981. (Gtres)

Lo había memorizado, sí. Pero el príncipe Felipe quiso leerlo. Era su primer discurso oficial. Contuvo los nervios y lo pronunció con pausa ante el abarrotado auditorio del teatro Campoamor de Oviedo, el sábado 3 de octubre de 1981. Hace justamente 40 años. Fue en el marco del solemne acto de entrega de los Premios Príncipe de Asturias (ahora Princesa de Asturias), la fundación que lleva el nombre del heredero del trono de España, constituida un año antes, también bajo su presidencia.

El príncipe Felipe, que con 13 años acababa de iniciar primero de BUP, permaneció todo el acto sentado. A su derecha, el presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo. Y a su izquierda, su padre; e inmediatamente después, la reina Sofía.

Los mismos gestos y ‘mecánica’ de su padre

Al igual que solía hacer el rey Juan Carlos en los actos que presidía, el joven príncipe había ido tachando punto por punto cada uno de los asuntos previstos en el orden del día. Y al llegar al final, siguiendo igualmente la costumbre del Rey, se puso en pie, levantó el micrófono y comenzó a leer su discurso de clausura.

Fue breve, muy breve: casi un minuto y medio. Inmediatamente después, el teatro estalló en un cerrado aplauso (54 segundos) y todos los asistentes se pusieron de pie, hasta que el príncipe tomó asiento de nuevo por indicación de su padre. Al decir de las crónicas, el futuro Rey de España había superado con nota alta, muy alta, la prueba de su primer discurso oficial.

La Reina, sentada a la izquierda de su marido, hizo honor a su habitual 'saber estar. Aunque la procesión iba por dentro, seguro, ella mantuvo su porte sereno. Pero el Rey no pudo disimular su inquietud. Se llevó la mano derecha a la barbilla en varias ocasiones, ojeando disimuladamente el auditorio. Quería captar la impresión que estaban produciendo las primeras palabras en público del príncipe Felipe.

“… esta Asturias querida...”

El adolescente príncipe, ‘sobrerresponsabilizado’ en esos momentos, miró con rostro muy serio al público inmediatamente después de su frase final: “…en beneficio de esta Asturias querida, que llevo y llevaré siempre en lo más profundo de mi corazón”. Y dejó fluir posteriormente una sonrisa de satisfacción, tras comprobar que el selecto público premiaba su estreno como orador con un intenso y prolongado aplauso.

Pero antes de su intervención de clausura, el príncipe Felipe —que jamás hubiera imaginado sus futuros vínculos familiares con Asturias— fue testigo de sucesivos cantos a la libertad y a la democracia en España. Porque a lo largo de ese año 1981 se habían producido acontecimientos que invitaban a valorar más la libertad y la democracia.

placeholder El príncipe de Asturias, durante su primer discurso. (EFE)
El príncipe de Asturias, durante su primer discurso. (EFE)

La democracia era una experiencia joven

La entrega de los primeros Premios Príncipe de Asturias suponía un paso más, una pieza más, en la construcción de la estructura que debía contribuir a consolidar la monarquía en España. Se iban a cumplir ocho años de la muerte de Franco. Y la realidad del día a día reflejaba precisamente que la democracia era una experiencia muy joven. Un valor que había que cuidar.

Sin entrar ahora en otros argumentos, cabe destacar que el año 1981 inició su andadura en un contexto de insistentes rumores sobre un posible golpe de Estado. En algunas instancias preferían hablar de ‘golpe de timón’. En el transcurso del lunes 19 de enero hizo efectiva su dimisión el primer presidente de la democracia española, Adolfo Suárez González. Él mismo compareció ante las cámaras de Televisión Española (la única que operaba en aquellos momentos) para comunicar su decisión a los españoles.

ETA siempre se hacía presente

El día 29, ETA secuestró al ingeniero José María Ryan, que dirigía las obras de construcción de la central nuclear de Lemóniz (Vizcaya). La banda terrorista, que había actuado en contra de este proyecto asesinando a dos empleados en 1978, dio una semana de plazo para demoler la central.

Tan solo unos días más tarde, el miércoles 4 de febrero, los diputados de HB interrumpieron el acto en el que participaba el Rey, en la Casa de Juntas de Gernika. Justo antes de iniciar su intervención, los diputados de HB entonaron el ‘Eusko gudariak’ puño en alto. Dada su insistencia, a pesar del cerrado aplauso a los Reyes por parte del resto de la Cámara, los ‘abertzales’ fueron desalojados por orden del presidente.

El día 6 de febrero, viernes, apareció el cuerpo sin vida del ingeniero José María Ryan en un camino forestal. Estaba amordazado y con un disparo en la cabeza. El día 20 de febrero, ETA-pm secuestró a tres cónsules. Dos de ellos, los de Austria y El Salvador en Bilbao; y el tercero, el cónsul de Uruguay en Pamplona. La banda exigió que los medios nacionales informaran sobre las torturas en España. Los tres fueron liberados diez días después en San Sebastián.

Tras el 23-F el 'juancarlismo' comenzó a cotizar al alza

Aquel año 1981 se respiraba una cierta tensión social. Alimentada, quizás, por un debate político muy bronco. A la debilidad del partido en el Gobierno (UCD) se sumaba la dura oposición del PSOE, que comenzaba a presentarse como única alternativa. Fue el lunes 23 de febrero, precisamente mientras la Cámara baja trataba de elegir un nuevo presidente del Gobierno, ya en segunda votación, cuando se produjo el intento de golpe de Estado.

El teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero encabezó la intentona. Ocupó el Congreso de los Diputados al frente de unos 180 de los más de 300 guardias civiles que mandaba, en nombre del Rey —decía— y del general Milans del Boch, jefe de la región militar de Valencia. La operación fracasó, como es bien sabido. El 23-F se convirtió en la ‘vacuna antiinvolucionista’ que necesitaba España. Los partidos se dieron una pequeña tregua. Y la monarquía… el ‘juancarlismo’ más bien, comenzó a cotizar al alza.

Aquel 23 de febrero, el propio Príncipe de Asturias pudo seguir en directo cómo gestionaba su padre el golpe de Estado. Aunque el sueño venció su capacidad de resistencia y se quedó dormido en una butaca de la sala de máquinas de la Zarzuela.

Del secuestro de Quini al escándalo de la colza

Sin embargo, la experiencia del 23-F —que sacó a cientos de miles de personas a la calle en defensa de la democracia— no puso fin a un ejercicio verdaderamente convulso. El 1 de marzo fue secuestrado Enrique Castro Quini, el futbolista asturiano estrella del Barcelona. Los secuestradores exigían 70 millones de pesetas, una cantidad enorme en esos años, doce millones por debajo del impresionante contrato que había firmado meses antes con el club catalán. El 25 de marzo fue liberado en Zaragoza.

En mayo saltó el caso del aceite de colza. Se registró la primera muerte: un niño de ocho años. Luego fue un auténtico escándalo, con más de 20.000 afectados y casi 5.000 muertos. Y ese mismo mes, el día 23, se produjo el asalto al Banco Central en Barcelona… Desde el punto de vista político, la atención se centraba en las discusiones internas de la UCD, que derivaron pronto en un proceso de descomposición sin precedentes.

El ministro de Justicia, Francisco Fernández Ordóñez, líder del ala socialdemócrata de la UCD, abandonó el 31 de agosto el Gobierno para reconstruir su partido, como paso previo a su integración en el PSOE. Y más tarde abandonarían la UCD otros destacados dirigentes, como Óscar Alzaga y Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, que se integrarían en las filas de lo que luego ha sido el Partido Popular.

“No estaríamos aquí”

En ese contexto se puede entender, por ejemplo, el alegato por la libertad, la cultura, la Corona y la democracia que hizo el poeta madrileño José Hierro (1922-2002) en el teatro Campoamor de Oviedo, durante su intervención como representante de los galardonados. Y se puede entender, incluso, que los Reyes de España y el propio Príncipe de Asturias aplaudieran sin rubor las palabras del poeta, que se permitió la licencia de citar —como ejemplo de lo que es en la práctica la democracia— a Santiago Carrillo y a Blas Piñar:

“Este aire de libertad que respiramos, el que nos permitirá continuar adelante en la tarea de lograr esa España que anhelamos, tiene una fecha: 24 de febrero (…), si el presente no hubiese empezado el 24 de febrero, sino que se llamase tarde del 23 de febrero, no estaríamos aquí (…). Vuestra Majestad no pregunta cuántas divisiones puede movilizar un hombre de la cultura (…)".

"Por eso decía, Alteza, que no son mis palabras sino los ejemplos lo que importan. Tal vez un día comprenderéis la importancia que para España ha tenido esta actitud de Vuestro Augusto padre que no ha permitido avanzar un paso más hacia la tiranía. Ha ido hacia la tolerancia, es decir, ha ido hacia la democracia, que consiste, entre otras muchas cosas, en el respeto mutuo, consiste en que don Santiago Carrillo pueda decir lo que antes no podía y que don Blas Piñar pueda seguir diciendo lo mismo que decía”.

Fermín J. Urbiola

Periodista y escritor

Lo había memorizado, sí. Pero el príncipe Felipe quiso leerlo. Era su primer discurso oficial. Contuvo los nervios y lo pronunció con pausa ante el abarrotado auditorio del teatro Campoamor de Oviedo, el sábado 3 de octubre de 1981. Hace justamente 40 años. Fue en el marco del solemne acto de entrega de los Premios Príncipe de Asturias (ahora Princesa de Asturias), la fundación que lleva el nombre del heredero del trono de España, constituida un año antes, también bajo su presidencia.

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