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El truco de nuestras abuelas para que el pollo al horno quede crujiente por fuera y jugoso por dentro
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TRUCOS DE COCINA

El truco de nuestras abuelas para que el pollo al horno quede crujiente por fuera y jugoso por dentro

Esta forma de cocinar, tan propia de la cocina tradicional, demuestra que muchas veces el secreto no está en complicarse

Foto: El secreto para un pollo al horno perfecto. (iStock)
El secreto para un pollo al horno perfecto. (iStock)

Lograr un pollo al horno con la piel crujiente y la carne jugosa no depende de una receta complicada ni de técnicas de chef imposibles de replicar en casa. El gran truco de nuestras abuelas, ese que sigue funcionando generación tras generación, está en una idea muy simple: secar muy bien la piel antes de hornear y no tapar el pollo durante la cocción.

Y es que si la superficie del pollo llega húmeda al horno, la piel no se asa: se cuece. Y cuando eso ocurre, cuesta muchísimo conseguir ese acabado dorado, fino y ligeramente quebradizo que hace que el plato gane enteros nada más llegar a la mesa. La humedad es, en realidad, el gran enemigo del crujiente.

placeholder El secreto para lograr una piel crujiente es muy sencillo. (iStock)
El secreto para lograr una piel crujiente es muy sencillo. (iStock)

Por eso, muchas cocineras de toda la vida insistían en un gesto previo muy concreto: limpiar el pollo, secarlo con paciencia con papel de cocina y dejarlo incluso unos minutos al aire antes de aderezarlo. Ese paso permite que la piel entre en el horno en mejores condiciones y se dore de forma mucho más uniforme.

Además de secar la pieza, conviene frotar la piel con un poco de aceite o manteca y sazonarla bien con sal. La grasa ayuda a conducir el calor en la superficie, mientras que la sal favorece ese acabado sabroso y bien tostado que se busca en un buen asado.

Otro de los secretos clásicos del pollo al horno está en no bañarlo continuamente con su propio jugo durante toda la cocción, como a veces se recomienda. Ese líquido puede ser útil al final para dar brillo, pero si lo empapas desde el principio una y otra vez, la piel pierde firmeza y se reblandece.

Tampoco conviene taparlo con papel de aluminio si lo que se busca es un exterior bien crujiente. Al cubrirlo, el vapor queda atrapado y la carne se cocina en un ambiente húmedo que protege la jugosidad, sí, pero arruina el dorado. Las abuelas lo sabían bien: el horno tiene que asar, no cocer. Y para eso, el aire caliente debe circular libremente alrededor de la pieza.

placeholder Es fundamental que el aire caliente circule libremente por el horno mientras el pollo se cocina. iStock
Es fundamental que el aire caliente circule libremente por el horno mientras el pollo se cocina. iStock

Lo mejor de este truco es que no exige ingredientes caros ni utensilios especiales. Solo pide atención a lo básico: secar bien, no tapar, no humedecer en exceso y respetar el tiempo del horno. Esa forma de cocinar, tan propia de la cocina tradicional, demuestra una vez más que muchas veces el secreto no está en complicarse, sino en entender bien el producto. Al final, el mejor pollo al horno no necesita disfraces. Basta una piel bien preparada, un buen sazonado y una cocción cuidada para que salga dorado, apetecible y lleno de sabor.

Lograr un pollo al horno con la piel crujiente y la carne jugosa no depende de una receta complicada ni de técnicas de chef imposibles de replicar en casa. El gran truco de nuestras abuelas, ese que sigue funcionando generación tras generación, está en una idea muy simple: secar muy bien la piel antes de hornear y no tapar el pollo durante la cocción.

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