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Ana Ibáñez, neurocientífica: “El mejor momento para que nuestro cerebro quiera cambiar es cuando está incómodo”
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Ana Ibáñez, neurocientífica: “El mejor momento para que nuestro cerebro quiera cambiar es cuando está incómodo”

La neurocientífica recuerda que todo el funcionamiento cerebral gira en torno a un objetivo básico: la supervivencia

Foto: La neurocientífica Ana Ibáñez, en una de sus publicaciones en redes sociales. (Instagram/@anaibanez_g)
La neurocientífica Ana Ibáñez, en una de sus publicaciones en redes sociales. (Instagram/@anaibanez_g)

En un contexto social cada vez más acelerado, donde las exigencias personales y profesionales se multiplican, el bienestar mental se ha convertido en una pieza clave para afrontar el día a día. Sin embargo, sigue siendo uno de los grandes olvidados, especialmente cuando se trata de entender cómo nuestras relaciones, experiencias y conflictos influyen directamente en el funcionamiento del cerebro. Lejos de ser un órgano rígido, la mente se adapta, se moldea y cambia constantemente en función de lo que vivimos.

Sobre esta capacidad de transformación ha reflexionado la neurocientífica Ana Ibáñez, especialista en neuroplasticidad y reprogramación cerebral, en una entrevista difundida a través de TikTok. En ella, Ibáñez se detiene en una pregunta fundamental: ¿cuándo está nuestro cerebro más dispuesto a cambiar su comportamiento? La respuesta, según explica, no está en la comodidad ni en la calma absoluta, sino justo en el momento contrario.

“Los estudios que tenemos ahora, especialmente los que se están desarrollando en la Universidad de Stanford, muestran que el momento idóneo para que el cerebro quiera cambiar y utilizar su plasticidad es cuando está incómodo”, señala Ibáñez. Esa incomodidad aparece cuando se ha cometido un error o se atraviesa una situación que el cerebro interpreta como una crisis. Es entonces cuando se activa un mecanismo interno que empuja al cambio.

En esos momentos de alerta, explica la neurocientífica, se produce un auténtico cóctel neuroquímico. Entran en juego sustancias como la epinefrina, relacionada con la alarma; la acetilcolina, vinculada a la atención y el aprendizaje; y la dopamina, clave en la motivación. “El cerebro se pone en modo supervivencia y piensa: ‘esto no está funcionando, tengo que cambiar’”, resume Ibáñez. Desde el punto de vista evolutivo, ese impulso no es casual: cambiar puede ser la diferencia entre adaptarse o quedarse atrás.

Este enfoque también invita a replantear nuestra relación con el error y el estrés. Lejos de ser únicamente experiencias negativas, pueden convertirse en oportunidades privilegiadas de aprendizaje. Cuando algo falla, el cerebro se abre a nuevas conexiones, busca soluciones diferentes y se vuelve más receptivo a modificar hábitos y conductas profundamente arraigadas.

Ibáñez también aborda cómo distintos cerebros gestionan la seguridad de formas muy distintas. Algunos asocian la perfección con estar a salvo: “son cerebros que entienden que hacerlo todo perfecto es sinónimo de seguridad”. Otros, en cambio, especialmente en perfiles creativos, encuentran esa seguridad en la novedad, en la diversidad de ideas y en salirse de lo establecido. Para estos cerebros, no ser perfecto no es una amenaza, sino una fuente de crecimiento.

En un contexto social cada vez más acelerado, donde las exigencias personales y profesionales se multiplican, el bienestar mental se ha convertido en una pieza clave para afrontar el día a día. Sin embargo, sigue siendo uno de los grandes olvidados, especialmente cuando se trata de entender cómo nuestras relaciones, experiencias y conflictos influyen directamente en el funcionamiento del cerebro. Lejos de ser un órgano rígido, la mente se adapta, se moldea y cambia constantemente en función de lo que vivimos.

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