centenario del nacimiento de federica de grecia

La madre de Doña Sofía: ¿una mandona audaz o una mandada tímida?

A los 20 años fue reina consorte (1947-1964) y, después, reina madre (1964-1973). Repasamos en detalle la vida de la progenitora de la Reina emérita

Foto: La Reina emérita Doña Sofía. (Gtres)
La Reina emérita Doña Sofía. (Gtres)

Tenía poco más de diez años cuando conoció a un apuesto joven, primo segundo suyo, que visitaba de vez en cuando el domicilio de sus padres. Un joven alto, extremadamente educado y reservado, por el que pronto “perdería el corazón y la cabeza”. Aquel joven, 16 años mayor que ella, era el príncipe Pablo de Grecia (1901-1964), hijo y hermano de reyes, con quien se casó antes de cumplir los 21 años, para unirse definitivamente a los destinos de su admirado esposo y de Grecia.

Federica de Hannover (1917-1981), hija de Ernesto Augusto III, duque de Brunswick, y de la princesa Victoria Luisa de Prusia, nieta del emperador Guillermo II de Alemania, bisnieta de Federico III y en la línea de sucesión del rey Jorge III de Inglaterra, se educó en un ambiente dominado por una novedosa corriente hitleriana, de la que abominaría años más tarde, víctima de su euforia belicista y expansionista.

La Reina emérita Doña Sofía con su madre y sus hermanos
La Reina emérita Doña Sofía con su madre y sus hermanos

Morena, con el pelo ensortijado, de pequeña estatura, apasionada, muy activa y extraordinariamente resolutiva, la princesa Federica entró como un tornado en la convulsa monarquía griega, tantas veces amada como desterrada, con afán de servir y, sobre todo, con el ánimo de que su querer coincidiera con su deber. Un principio que asumiría posteriormente como propio su hija, Sofía de Grecia, Reina de España.

Confusiones de novata

Siendo la esposa del príncipe heredero desempeñó funciones de primera dama, dado que el rey Jorge estaba ya separado de Isabel de Rumanía y no quiso oficializar su relación con Joyce Wallach. Aunque con un gran temor a cometer errores, ella fue consciente de muchos de ellos.

Debido a que no dominaba suficientemente el inglés, a pesar de que su marido le leía casi a diario las novelas históricas de Margaret Irwin para que se familiarizara con el idioma, en una ocasión llegaron tarde a una boda y, sin ser consciente de lo que realmente decía, preguntó a los familiares si ya se había consumado convenientemente el matrimonio.

Ella misma cuenta en sus memorias que, en otra ocasión, acompañó a su esposo a una recepción en una embajada y, aunque se preocupó de informarse previamente sobre todos los detalles del protocolo, cuando llegó saludó efusivamente a una persona “de aspecto distinguidísimo” —comenta en sus memorias—, pero que no era el embajador, sino el mayordomo. “Desde entonces, cada vez que volví a la embajada tuve que dar la mano al mayordomo para que no se ofendiera”.

'La gente no tiene que saberlo todo'

Sin embargo, al margen de las equivocaciones de una joven impulsiva e inexperta, lo que ha caracterizado a Federica de Grecia ha sido su carácter dominante y su —aparentemente, al menos— afán de protagonismo, durante los 17 años de reina consorte (1947-1964) y, después, en el desempeño de su papel como reina madre (1964-1973).

La reina Federica fue muy consciente de la imagen que trascendía de su quehacer en la corte griega. Y ella misma lo explicó en sus memorias: “Pablo era inteligentísimo y yo aprendía continuamente oyéndole. Pero era tan modesto que, con frecuencia, la gente pensaba que yo era quien mandaba en la familia. Esto me molestaba, pero a él no le importaba lo más mínimo. ‘La gente no tiene que saberlo todo. A mí me divierte', solía decir”.

Una explicación que ha reiterado años después en distintas entrevistas la propia Reina Sofía, quien —por cierto— también ha comparado la complementariedad de caracteres de sus padres con el de su hijo Felipe y su esposa Letizia. Mi padre, ha comentado la Reina Sofía, tenía las ideas y mi madre era quien las ejecutaba…

Ejemplo de ello, entre otros muchos, fue su histórica visita a Konitsa (en la frontera con Albania), durante la larga guerra civil griega. Fue un viaje peligroso y una visita muy arriesgada, contraria a las recomendaciones del mando militar griego, que Federica de Grecia realizó a petición de su marido, enfermo de fiebres tifoideas, con el fin de frenar la estrategia de las tropas comunistas, que planeaban convertir Konitsa en la capital de su futura Grecia libre.

O también la intensa actividad social y asistencial que desplegó durante los conflictos bélicos y, después, siguiendo las pautas del rey Pablo para la reconstrucción del país.

¿Estratega de su marido?

La complicidad de Federica y Pablo de Grecia se traslada igualmente, de alguna manera, al protagonismo que adquirió la reina en política exterior, especialmente en las relaciones entre Grecia, el Reino Unido y Estados Unidos, con la complejidad del inicio de la Guerra Fría y la larga crisis de Chipre como telón de fondo permanente.

Conocida es, en este sentido, la abundante correspondencia que mantuvo durante años con el general Marshall, su apuesta por el éxito de los responsables de la CIA en Grecia, sus intervenciones en las complejas relaciones de Estado con Inglaterra o, en otro orden de cosas, su actividad con los magnates griegos, tanto dentro como fuera del país.

Aunque surgen ciertas dudas a la hora de determinar hasta dónde ejecutaba la estrategia de su marido y en qué medida la interpretaba con iniciativas propias. La famosa operación del Agamenón, bautizado como el crucero de las testas coronadas, ¿fue estrategia de Estado o fruto de su afán de protagonismo?

Sus grandes errores y aciertos

Unas dudas que se acentúan, si cabe, tras el papel que desempeñó después de la muerte de Pablo I (1964), durante el breve reinado de su hijo Constantino II, obligado a exiliarse en 1967, hace ahora justamente 50 años, por su errática gestión ante el golpe de los coroneles y el fracaso del 'contragolpe' que él mismo respaldó en diciembre de ese mismo año.

Se podría afirmar, quizás, que Federica de Grecia no supo leer los 'signos de los tiempos'. Y su hijo Constantino, tampoco.

Los 17 años de reinado de Pablo I habían puesto el punto final a una manera de entender la monarquía como centro de todas las decisiones. El rey ponía y quitaba primeros ministros. El rey orientaba el signo político del Gobierno. De alguna manera, el rey era el garante de la arquitectura política del Estado, aunque la Constitución redujera en mayor o menor medida sus poderes.

La propia reina Federica había sufrido en primera persona, junto con el rey Pablo, las críticas de una parte de la ciudadanía —y de sus representantes políticos— por esa forma tan personal de intervenir en el acontecer del país, que se concretaba en una censura muy directa al excesivo gasto que generaba la monarquía. Ella fue testigo de excepción de las medidas reparadoras que aplicó el rey Pablo, reduciendo viajes y gastos, apartándose de la ostentación y ofreciendo muestras visibles de austeridad.

Pero el rey Constantino II, al margen de la cuestión del gasto, debido a la compleja situación de las fuerzas políticas, cometió el error de vincular su corona a una determinada opción, rebajando el sentido más profundo del lema de la dinastía: “Mi fuerza es el amor del pueblo”. Una experiencia que estuvo muy presente en la Zarzuela aquella larga noche del 23 de febrero de 1981. Y que fue muy útil, como es bien sabido.

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Fermín J. Urbiola
Fermín J. Urbiola

Fermín J. Urbiola

Periodista y escritor

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