Hablamos con el círculo más cercano a la princesa Irene: las personas que han estado a su lado hasta el último momento
La tía de Felipe VI comía cada viernes con amigos y compañeros de su fundación, Mundo en Armonía. Su salud la obligó a cancelarlo todo y encerrarse en la Zarzuela
La reina Sofía, la infanta Cristina y la princesa Irene, llegando a la boda de Nicolás de Grecia. (Cordon Press)
Durante años, la princesa Irene de Grecia mantuvo una rutina que apenas variaba y que decía mucho de su manera de estar en el mundo. Los viernes eran el día reservado para comer con amigas, con su círculo más cercano, con personas que habían compartido con ella proyectos, conversaciones y una misma forma de entender el compromiso.
Eran sus compañeros de la fundación que creó para ayudar a los más necesitado: Mundo en Armonía. Entre estas personas estaba Sonia Catris, viuda de un empresario de origen griego, primero instalada en Barcelona y después en Madrid, directora general de la entidad que presidía la princesa. Ha sido, sin duda, la gran amiga de Irene, al margen, claro, de su relación con la reina Sofía, con la que siempre fueron además de hermanas, íntimas amigas.
La reina Sofía y su hermana, Irene de Grecia, en Grecia en 2005. (Gtres)
Aquellas comidas formaban parte de la rutina de una vida activa, discreta y ordenada, ligada a la fundación que Irene había creado y presidido durante décadas. Mundo en Armonía fue su gran proyecto personal, el espacio desde el que canalizó inquietudes culturales, sociales y humanitarias, y también un lugar de encuentro con personas que formaban parte de su día a día. Durante mucho tiempo, esa rutina se mantuvo sin fisuras.
Con el paso de los años, la salud de la princesa se resentía cada vez más y entonces todo empezó a cambiar. Primero fueron ausencias puntuales. Después, las comidas se espaciaron, y al final, dejaron de celebrarse. La vida de Irene de Grecia entró entonces en una fase de repliegue lento y silencioso que quienes la rodeaban describen siempre de la misma manera, con una imagen sencilla y repetida: se iba apagando como una vela.
Siempre dos paso atrás
Durante años había sido habitual verla acompañando a su hermana, la reina Sofía, en actos públicos, conciertos, entregas de premios y encuentros culturales. Doña Irene era además una habitual en los veranos de Mallorca, y los paseos que hacía la reinda madre desde Marivent siempre eran con su hermana. Ella, consciente del protocolo y orgullosa de su hermana Reina, siempre caminaba unos pasos por detrás. Siempre pendiente. La trataba como a lo que era, una reina, y lo hacía de manera natural, casi instintiva.
Con el tiempo, también eso fue desapareciendo. Primeros fueron sus apariciones en silla de ruedas, después dejó de salir, dejó de acudir a actos públicos y, más tarde, se decidió que ni siquiera saliera de casa. Su mundo se fue reduciendo a los espacios del Palacio de la Zarzuela, a una vida cada vez más íntima y a unos cuidados constantes que marcaron sus últimos años. La fundación que había sido su gran proyecto vital terminó cerrando, como el reflejo de una realidad que ya no permitía sostener aquel ritmo.
En ese tramo final, Irene fue sobre todo una mujer mayor, frágil y dependiente, acompañada siempre por su hermana y por su amiga Sonia. Sofía redujo su agenda y su presencia pública para estar a su lado, alterando una rutina que había mantenido durante décadas. De algún modo, los papeles se invirtieron. La que había caminado siempre un paso detrás pasó a ocupar el centro de la vida cotidiana, mientras la reina ejercía un cuidado constante y silencioso.
Como había vivido, Irene se fue retirando sin hacer ruido, primero de la vida social, después de los actos oficiales y, finalmente, del mundo exterior. Murió en su casa de Madrid, en el Palacio de la Zarzuela, rodeada de los suyos. Este jueves acababa así una vida marcada por la discreción, la lealtad y la espiritualidad.
Durante años, la princesa Irene de Grecia mantuvo una rutina que apenas variaba y que decía mucho de su manera de estar en el mundo. Los viernes eran el día reservado para comer con amigas, con su círculo más cercano, con personas que habían compartido con ella proyectos, conversaciones y una misma forma de entender el compromiso.