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Picos de Europa: siete razones para viajar a este paraíso cercano (si te deja la nieve)

Adentrarse en una garganta mágica, casi de Narnia, subir a los cielos a bordo de un teleférico, probar quesos madurados en cuevas naturales o ver unos lagos soñados. Y hay más

Foto: Cumbres y lagos (como el Ercina), belleza en las alturas de los Picos de Europa. (Foto: Turismo de Asturias)
Cumbres y lagos (como el Ercina), belleza en las alturas de los Picos de Europa. (Foto: Turismo de Asturias)

No es el Teide con todo su exotismo ni los Pirineos con su soberbio porte de entrada (y salida) principal. Pero son igualmente únicos. Los Picos de Europa pueden presumir de esa cosa tan particular que tiene la Cordillera Cantábrica cuando precisamente Cantabria se empieza a hacer Asturias y se roza con León. Amor total por la tierruca y la tierrina, esos valles tan acicalados que siempre, venga o vaya la primavera o traiga el invierno su blanquísima nieve -sí, así de poético-, resultan de postal (vale, de Instagram). Aquí se rinde culto a las cumbres, a los ríos, a los quesos y al salmón, Santina aparte. Te contamos por qué tienes que ir a este Parque Nacional (con mayúsculas) ahora que se cumple el centenario, el primero, de su creación como tal. Nos vamos. Y, en efecto, hay urogallos.

A la nieve también le gustan (y mucho) estos paisajes. En la imagen, Sotres. (Foto: Turismo de Asturias)
A la nieve también le gustan (y mucho) estos paisajes. En la imagen, Sotres. (Foto: Turismo de Asturias)

1. Un paisaje como no hay otro igual

Parece el título de un bolero, pero es que este macizo montañoso del norte de España es especial, así, sin más. Por sus vacas, su parador, su teleférico, sus pueblecitos, sus quesos y sus vertiginosas alturas, que llegan y pasan los 2.500 metros -ahí está el Torrecerredo, de 2.648 metros-, aunque el protagonismo lo tiene el Naranjo de Bulnes (Picu Urriellu), un hito del alpinismo de nuestras fronteras y todo un símbolo (2.519 m), con pueblo imposible incluido, Bulnes, al que se llega a pie o en funicular. Ah, no se puede olvidar, y por su cercanía al mar (apenas 15 km).

2. Tres en uno

Los Picos de Europa son de Asturias, de Cantabria y de León, así que se divisa en el horizonte una buena excusa para hacerse un tour interterritorial. O sea, dejarse caer por Cangas de Onís, que es la puerta de entrada al parque por el lado asturiano, un pueblo de esos tan encantador que hay que conocer sí o sí, el del puente romano con la cruz de la victoria colgante y cuna de la Reconquista; plantarse en Potes, como quien quiere la cosa, recorrer su barrio viejo, llegar a Fuente Dé y subirse al teleférico sin dudar, para terminar en una aldea de cuento como la lebaniega Mogrovejo, o ir a merodear por el bello Caín (ni rastro de Abel), bañado por el Cares, en el valle de Valdeón.

Cangas de Onís, su puente y su cruz. (Foto: Turismo de Asturias)
Cangas de Onís, su puente y su cruz. (Foto: Turismo de Asturias)

3. Los otros reyes de Asturias

Hemos hablado del Naranjo de Bulnes, pero es que en el marco de los Picos de Europa se encuentran nada más y nada menos que el histórico santuario con su santa cueva, el Real Sitio (de peregrinación), que también está de centenario, y los magníficos lagos de Covadonga, que hay que ganárselos carretera arriba, con el Enol (a 1.070 m de altura) y el Ercina tomando las medidas a las montañas, de un lado, y la imprescindible ruta del Cares (uno de lo grandes ríos de aquí, junto al Dobra y el Deva), de otro. Sobran las leyendas y la mitología por estos lares. Por cierto, hay que parar en el Mirador de la Reina de camino a los lagos. Las vistas son impagables.

El Lago Enol, como un sueño. (Foto: Turismo de Asturias)
El Lago Enol, como un sueño. (Foto: Turismo de Asturias)

4. Crónicas de ¿Narnia?

Hay que echarse a andar. No como si no hubiera mañana, sino como si siempre fuera hoy. El senderismo es obligado. Más o menos duro, alrededor de los lagos, en ascenso a los dosmiles o al resguardo de montañas. Qué decir de la experiencia de patear el grandioso desfiladero del Cares, entre riscos, ante árboles que crecen en lugares insólitos, junto a las aguas cristalinas del río y bajo el Naranjo de Bulnes. Por algo se le llama la Garganta Divina. De Poncebos (Asturias) a Caín (León) y vuelta, y todo el tiempo, 11 km, al borde del precipicio. Y ahora no hay metáforas. Estremece.

Entrar en las gargantas del Cares es adentrarse en un territorio mágico. (Foto: Turismo de Asturias)
Entrar en las gargantas del Cares es adentrarse en un territorio mágico. (Foto: Turismo de Asturias)

5. Un viaje a las alturas

No te lo pienses y coge el teléferico de Fuente Dé. Te pondrá en solo cuatro imborrables y palpitantes minutos a 1.823 metros de altura, salvando un desnivel de 753 metros en un recorrido que ya quisieran los parques de atracciones. Pero no temas: la velocidad son 10 m/s, como mucho te acompañarán 19 personas (hay plaza para 20) y el sistema mecánico del ingenio se renovó íntegramente en 2015 con tecnología puntera, que siempre tranquiliza. Ahora bien, la belleza que tendrás a tus pies a tu llegada y durante el viaje es inenarrable. Solo el que lo probó -nos volvemos a poner poéticos- lo sabe. Y un cafecito (o lo que sea) en la cafetería Fuente Dé o en El Cable no se te olvidará en la vida.

El teléferico de Fuente Dé, un ascensor que te sube ¿al cielo? (Foto: Cantur)
El teléferico de Fuente Dé, un ascensor que te sube ¿al cielo? (Foto: Cantur)

6. Esos quesos tan azules

El cabrales se lleva la fama, pero los Picos también tienen otros quesos, cuyas bondades pueden comprobarse en el mercado dominical de Cangas de Onís. Son quesos azules, con moho, que es lo que ha dado tanta humedad como hay en las cuevas calizas, la que ha dejado crecer el moho Penicillium en su interior. Son de ese de olor digamos penetrante, pero cuyo sabor, con regusto picante, es francamente de recuerdo (todo un souvenir). Además del cabrales, del concejo del mismo nombre, además de otros pueblos de Peñamellera Alta, están el picón (Liébana) y el valdeón (León); los dos primeros con denominación de origen protegida y el tercero con indicación geográfica protegida. Pero hay más. Por ejemplo, el gamonéu (Onís), que puede ser de valle o de puerto. No te pierdas las visitas guiadas a las cuevas naturales donde maduran los quesos y no digamos las catas.

7. Un hotel con historia(s) y un parador de montaña

El Gran Hotel Pelayo es un clásico (desde 68 euros): de él hablan sus cien años de antigüedad y su enclave, que no podía ser mejor, al ladito del santuario y en el corazón de semejante entorno. Esto en Asturias, porque en la parte de Cantabria, en Camaleño, es obligado el Parador de Turismo de Fuente Dé, que tiene a su vera el teleférico y toda la verticalidad del paisaje, y es -no podía ser de otro modo- un hotel de montaña (desde 58 euros). Es de ley probar el cocido lebaniego y el solomillo al queso de Tresviso.

El Gran Hotel Pelayo con el santuario al fondo.
El Gran Hotel Pelayo con el santuario al fondo.

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