Logo El Confidencial
encuesta el pueblo más bonito de españa

Calella, un pueblo de verano perfecto para escaparse en invierno (junto al mar)

Por sus casas de pescadores con puertas de colores, por sus calas y playas salvajes, por sus acantilados, por su castillo y jardines de Cap Roig, por su aire bohemio. Y por tantas cosas más...

Foto: Calella, un pueblo de bohemia y de pasión. (Cortesía Casa Calella)
Calella, un pueblo de bohemia y de pasión. (Cortesía Casa Calella)

Calella es precioso. Así de sencillo. Calella de Palafrugell, el mismo que adorna como nadie la comarca del Bajo Ampurdán, te va a encantar, lo mires por donde lo mires. Un pueblo de pescadores que ha sabido envejecer manteniéndose siempre joven. En Calella uno se siente como en Vernazza (las Cinque Terre), en Positano (Costa Amalfitana) o en Mikonos (Cícladas), salvando las distancias que hay desde este rincón de la siempre bella Girona hasta aquellos de Italia y Grecia. Ahora es cuando entran ganas de meter en este mismo saco a Capri: de pronto todo se vuelve tan mediterráneo...

[LEER MÁS: Frigiliana, Trujillo, Cadaqués... Ayúdanos a elegir el pueblo más bonito de España]

En fin, que este pueblo lo tiene todo: una costa rocosa a cuyo vértigo se asoman los pinos, calas con las que soñar despierto incluso estando allí, un espléndido jardín botánico (Cap Roig), y un festival veraniego de altura en el que ha llegado a participar Elton John. Y eso que Calella suena a habanera, himno marinero que también tiene su glorioso festival, y a Silvia Pérez Cruz, que es de aquí. Bueno, y también al 'Mediterráneo' de Serrat, que se fraguó en estas playas. Calella es de suspirar. ¡Ay!

Un pueblo de camiseta de rayas

Nos vamos a Calella con Josep Pla, con quién si no, pero con nuestro cuaderno azul (guiño al inigualable escritor), con toda la emoción, la que se siente desde Les Voltes, esos arcos predispuestos de continuo a mirar el mar, en Port Bo, la mediterraneidad hecha playa y mar y barcas y paisaje. Lo mejor de Calella es que fue, es y será bohemia, de sombrero de paja y guayabera, de camiseta a rayas y canción del pirata (los hubo en el siglo XVIII). Es cierto que ahora no te podrás sumergir en sus aguas ni probar la horizontalidad de sus arenas (o tal vez sí), pero diciembre y enero harán que todo a tu alrededor resulte inspirador. El invierno devuelve a la naturaleza las playas.

Calella desde Le Voltes, un sueño artístico. (Cortesía Hotel Alga)
Calella desde Le Voltes, un sueño artístico. (Cortesía Hotel Alga)

Nuestro Portofino

Decíamos de Positano y Vernazza, pero en cierta manera Calella es también nuestro Portofino, una suerte de lugar privilegiado donde la mítica burguesía catalana construyó sus refugios de verano, al que se llega y del que se puede salir por mar, y ajeno a la fiebre inmobiliaria desgraciadamente mediterránea que devastó y aún devasta nuestras costas. Todo ello igualmente entre acantilados y pinos y con restaurantes, bares y chiringuitos memorables. Hay que brindar. Por cierto, con Tamariu y Llafranc forma el municipio de su apellido, Palafrugell.

Calella de Palafrugell visto desde Sant Roc. (Cortesía Turismo de Palafrugell)
Calella de Palafrugell visto desde Sant Roc. (Cortesía Turismo de Palafrugell)

Ocho calas y playas... y un Camí de Ronda

Lo mejor es hacer el Camí de Ronda, que te llevará desde los increíbles, pero ciertos, jardines de Cap Roig, que tienen mucho de edén, hasta Llafranc (y si quieres, más). Un rosario de ocho calas y playas que te harán amar con locura (amour fou) este paisaje. Justo a los pies de Cap Roig, está ese regalo que es la Cala del Golfet, joya de la Costa Brava, un universo salvaje al que se accede por una escalinata y desde el que se descubre el archipiélado de Illes Formigues. Te resultará mágica. Y luego está la de Sant Roc, con el soberbio hotel Sant Roc sobre lo alto (no abre hasta febrero, pero cuando abra...); Port Pelegrí, con sus casetas de puertas de colores y algún que otro restaurante; la Platgeta, pequeña y encantadora; la d'en Calau, donde la cosa se pone más turística, pero es invierno y...; Port Bo, donde tu cámara de fotos se echará a temblar (de gusto) y donde tiene lugar la Cantada de Habaneras; Port de Malaespina y la del Canadell, ambas separadas por la Trona, una enorme roca. Hurra por las aguas cristalinas. El paisaje te parecerá una acuarela.

Así es el Castillo de Cap Roig. (Cortesía Obra Social de La Caixa)
Así es el Castillo de Cap Roig. (Cortesía Obra Social de La Caixa)

Lo pintoresco era esto

No solo es el mar, las barcas, las casas de pescadores y los chiringuitos desde los que ver la vida pasar. También es el pueblo en sí, de fina estampa, sus callecitas estrechas y por fortuna peatonales, sus casas de cubierta inclinada de teja, su paseo marítimo, los miradores salpicados aquí y allá, la iglesia de Sant Pere, con su plaza y sus tascas (Taverna Ca la Raquel, Calau Bar), el faro de Sant Sebastià, las mejores vistas según Josep Pla, donde nos espera un restaurante japonés (Far Nomo) y un espléndido hotel (El Far), casi un barco y ya casi en Llafranc. Y por supuesto, los ya mencionados jardines de Cap Roig, más de mil especies botánicas desperdigadas a lo largo y ancho de 17 hectáreas, el sueño hecho realidad del coronel ruso Nicolai Woevodsky y su mujer, la decoradora inglesa Dorothy Wester. No se nos puede olvidar el castillo, que fue su hogar y hoy es sede del Festival de Cap Roig, de música y danza. Es de novela.

... Y así los jardines de Cap Roig. (Cortesía Obra Social La Caixa)
... Y así los jardines de Cap Roig. (Cortesía Obra Social La Caixa)

Hollywood en versión mediterránea

Aquí se dieron cita no solo Dalí, que habitaba las cercanías, sino Sophia Loren, Burt Lancaster, Kirk Douglas, Rock Hudson o Elizabeth Taylor y nuestros Paco de Lucía, Antonio Gades o Manolo Escobar. Las juergas eran antológicas. Todo por obra y gracia de Manuel Bisbe, uno de los hermanos propietarios del cercano hotel Llafranch, proclamado Gitano de la Costa Brava por Carmen Amaya. La tercera generación de la familia ha vuelto a reanimarlo: noches de bohemia y de pasión.

Una de las fotos históricas que cuelgan de la paredes del Llafranc. (Cortesía)
Una de las fotos históricas que cuelgan de la paredes del Llafranc. (Cortesía)

Para comer

Para sentarse en el restaurante-chiringuito Tragamar, en la playa del Canadell, que es ya un histórico (también de postal, o de cine), habrá que esperar a la primavera; es lo que tiene el invierno. Para entonces, no te olvides de sus cigalas gratinadas con pasta fresca o unas sardinas a la plancha, y de postre, una crema catalana. Los clásicos son el Sol i Mar, de los de toda la vida, con su aire playero, y el Fiego, famoso por sus paellas, en la playa de Port Pelegrí. Aquí casi todo abre de marzo a octubre. Si te los encuentras cerrados por temporada, lo mejor es recurrir a los de hotel. A continuación...

El hotel El Far, entre Calella y Llafranc. (Cortesía)
El hotel El Far, entre Calella y Llafranc. (Cortesía)

Para dormir

Ya hemos hablado del hotel Cap Roc, que volverá a abrir sus puertas el 14 de febrero, por San Valentín; de El Far (www.hotelelfar.com), una maravilla marinera en la que comer y pernoctar (desde 169 euros), y también del Llafranch (www.hllafranch.com), desde 76 euros. Nos quedamos ahora en Casa Calella (casacalella.com), que es una alojamiento en blanco y azul con mucho encanto de solo cuatro habitaciones y con jardín (desde 114 euros). El desayuno se sirve en la terraza del gran limonero. O en el hotel Alga, a solo 200 metros de la playa de Port Bo (desde 76 euros).

Así es Casa Calella. (Cortesía)
Así es Casa Calella. (Cortesía)

Ocio

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
0 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios