Silvia Severino, psicóloga, sobre la ansiedad en el amor: "Se nota aunque no lo digas"
En el terreno afectivo, ciertas inseguridades pueden aparecer de forma silenciosa y condicionar la forma en la que se interpreta cada gesto, cada ausencia y cada señal del otro
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Hay malestares afectivos que no siempre se expresan de forma directa, pero aun así terminan haciéndose visibles. La ansiedad en el amor funciona muchas veces así: no hace falta verbalizarla para que se note en la forma de esperar, de preguntar, de interpretar silencios o de necesitar confirmaciones constantes. Sobre ello reflexiona la psicóloga Silvia Severino, que aborda cómo ciertos vínculos activan inseguridades profundas que van mucho más allá de un simple nerviosismo pasajero.
La especialista parte de una idea clara al afirmar que “la ansiedad en el amor se nota aunque no lo digas”. Y se nota, sobre todo, en pequeños comportamientos cotidianos que pueden parecer menores, pero que revelan un estado de alerta emocional constante. Un mensaje enviado de más, la necesidad de adelantarse a una conversación o el gesto repetido de comprobar si la otra persona ha visto algo son ejemplos de esa inquietud que acaba filtrándose en la relación.
Lo relevante, desde el punto de vista psicológico, es que este tipo de conductas no suelen nacer únicamente de la desconfianza hacia el otro. Muchas veces tienen más que ver con una dificultad para sentirse querido sin garantías permanentes. No es tanto pensar que la otra persona va a fallar, sino sentir que el vínculo puede romperse en cualquier momento si no se controla, se confirma o se sostiene desde fuera.
Ese mecanismo tiene una base emocional muy concreta. Cuando una persona vive el amor desde la ansiedad, su sistema nervioso permanece especialmente atento a cualquier posible señal de distancia, rechazo o cambio. La mente intenta anticiparse al daño antes de que ocurra y entra en una dinámica de vigilancia que, aunque pretende proteger, termina generando más tensión y desgaste. El vínculo deja de vivirse con naturalidad y empieza a pasar por el filtro de la sospecha, la urgencia o la necesidad de certeza.
Silvia Severino introduce además un matiz importante al señalar que este patrón no debería leerse como una fragilidad sin más, sino como la activación de experiencias previas no resueltas. En sus palabras, puede tratarse de “una herida antigua que se activa con el amor nuevo”. Esa perspectiva cambia el enfoque, porque desplaza la culpa y permite entender que muchas reacciones presentes tienen raíces más profundas, relacionadas con la historia emocional de cada persona.
A partir de ahí, la reflexión no se dirige tanto a corregir el síntoma de forma superficial como a mirar con más honestidad lo que ocurre por dentro. La psicóloga plantea la necesidad de dejar de buscar respuestas únicamente en el exterior y empezar a observar el propio mundo interno. Eso implica preguntarse por qué una demora duele tanto, por qué cierta distancia se vive como amenaza o por qué el afecto necesita demostraciones continuas para sentirse real.
En relaciones marcadas por la inmediatez digital, este tipo de ansiedad puede amplificarse con facilidad. La posibilidad de comprobar estados, horas de conexión o mensajes leídos alimenta una atención constante que no siempre ayuda a calmarse. Más bien al contrario, puede reforzar la tendencia a interpretar cada gesto como una señal definitiva. En ese escenario, recuperar la pausa y no responder de inmediato a cada impulso se vuelve especialmente importante.
La lectura que propone Silvia Severino invita, en el fondo, a entender que el amor también activa zonas vulnerables de la identidad. Y que, a veces, lo que parece una reacción exagerada no es más que una forma aprendida de intentar protegerse. Mirar esa ansiedad con algo más de comprensión, sin romantizarla ni normalizar el sufrimiento, puede ser el primer paso para empezar a relacionarse de una manera más serena y menos dependiente de la confirmación constante.
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Hay malestares afectivos que no siempre se expresan de forma directa, pero aun así terminan haciéndose visibles. La ansiedad en el amor funciona muchas veces así: no hace falta verbalizarla para que se note en la forma de esperar, de preguntar, de interpretar silencios o de necesitar confirmaciones constantes. Sobre ello reflexiona la psicóloga Silvia Severino, que aborda cómo ciertos vínculos activan inseguridades profundas que van mucho más allá de un simple nerviosismo pasajero.