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LOS DIARIOS DE FEDERICA

Federica de Grecia, la "bruja alemana" a la que Franco quería lejos y que logró grandes cosas

La abuela materna del rey Felipe era tan admirada como denostada en su país, que alcanzó su máximo esplendor en las décadas de los 50 y 60, gracias en parte a sus iniciativas

Foto: La reina Sofía y su madre. (Getty)
La reina Sofía y su madre. (Getty)

El pasado día 4, la reina doña Sofía, siempre fiel a su grupo familiar más íntimo al que la unen estrechísimos lazos de afecto, presidía en Atenas, en compañía de sus hermanos, la princesa Irene y el rey Constantino, la presentación de tres gruesos volúmenes que recogen los diarios de varias de las damas de compañía de la que fue su madre, la reina Federica de Grecia. Un acto jubiloso para los hermanos, que siempre gozan de estar juntos -más aún si eso es en su país-, y para quienes sus padres, los reyes Pablo y Federica, continúan siendo figuras muy respetadas y reverenciadas.

Un acto que generó un enorme interés, tanto entre el público general como entre la prensa griega, a pesar de los cientos de octavillas que miembros del partido comunista local esparcieron a la entrada al recinto. Todo ello en un momento en los que menudean en el país las biografías y los trabajos sobre la dinastía griega y sus personajes, que ahora vienen a engrosarse con estos diarios en los que las damas de Federica recogen, con la mayor precisión, la vida oficial de la más notable de todas las reinas helenas, desde su llegada al país para su matrimonio en 1937 hasta los últimos días de la monarquía en 1967, bajo el reinado de su hijo Constantino II. La vida de una corte pequeña y con pocos recursos que, sin embargo, alcanzó su mayor esplendor en los años 50 y 60 bajo la égida de Federica, la reina con mayúsculas, cuya vida continúa estando sujeta a la mayor controversia: amada, respetada, admirada, denostada, u odiada, no dejó impasible a nadie, despertando, dicen algunos, incluso los temores del mismísimo general Franco, que prefirió mantenerla alejada de España.

La reina Sofía y su hermana Irene, en la presentación de los diarios. (EFE)
La reina Sofía y su hermana Irene, en la presentación de los diarios. (EFE)

Como toda figura de notable carácter a quien le tocó vivir años muy convulsos, Federica de Grecia no cuenta todavía con una biografía que le haga justicia, sacándola de las subjetividades políticas y de ciertos clichés al uso, y de ahí el enorme interés que ha causado en ciertos círculos la publicación de estos diarios, que algunos han tomado por los de la propia reina, que va acompañada de la edición de un libro de fotografías de la soberana a lo largo de toda su vida en el país, de la mano de Costas M. Stamatopoulos, quien goza de la confianza de la familia real helena y que en alguna ocasión ha sido recibido en el palacio de la Zarzuela.

Y es que son muchos los que ansían saber más sobre la vida y la naturaleza humana de esta reina poliédrica nacida en Alemania e hija de la mejor sangre de Europa, cuya llegada a Grecia, en 1937 para casarse con el culto y refinado príncipe Pablo, ya estuvo envuelta en la polémica por la negativa rotunda de la familia real griega de hacer sonar el día de su boda el himno del partido nazi, el Horst Wessel, contraviniendo la enérgica voluntad del canciller alemán Adolf Hitler. Pero la pequeña, activa y seductora Freddy, como se la conocía en familia, no tardó en desplegar su fuerte y apasionada naturaleza que le ganó la admiración de sus pares de la realeza europea, y le permitió encarar con fortaleza un exilio envuelto en precariedades -primero en Egipto y luego en Sudáfrica-, sostener a los suyos durante los años inciertos de la Segunda Guerra Mundial, y entregar todas sus energías, de forma errada o no, a su país de adopción tras la definitiva restauración de la monarquía en 1947.

Pablo y Federica de Grecia, en 1963. (Getty)
Pablo y Federica de Grecia, en 1963. (Getty)


Ya reina de Grecia ese mismo año, hizo frente junto a su esposo a la amenaza de la poderosa guerrilla comunista que ocupaba los campos, marchó en solitario a la línea de fuego en la ciudad de Konista para levantar el ánimo de la población, mientras los comunistas la llamaban “bruja alemana”. Durante aquellos años de miseria consiguió que el Plan Marshall llegase a Grecia, mientras ella y los suyos recorrían las islas y las tierras del interior del país a lomos de burros y de caballos, en tiempos en los que Grecia era una isla de resistencia en medio del bloque soviético que dominaba los países del Este de Europa. Atractiva, inteligente, dinámica y en momentos, sin duda, dominante, terca, e imperiosa por estar muy segura de sí misma, Federica tenía un notable savoir faire con los hombres, pero siempre estuvo profundamente enamorada de su marido, el templado rey Pablo, y hasta supo plantar cara al embajador soviético durante una visita oficial a los Estados Unidos en 1953.

Su organización del histórico crucero Agamennon, que reunió en las islas griegas a todas las familias reales en los años 50 tras la gran guerra, abrió Grecia al gran turismo internacional, poniendo en valor sus bellezas, se encaró con miembros de su familia como el príncipe Pedro, y a pesar de su sencilla vida familiar en el pequeño palacio de Tatoi, quiso y supo dotar a la corte de Atenas de la pompa que consideró necesaria para dirigir hacia Grecia los ojos del mundo a través de la prensa. Además de que todavía resuenan los ecos de la 'boda de Atenas', la de don Juan Carlos y doña Sofía en 1962, que, fuertemente criticada por algunos sectores por el alto nivel de gasto que implicó, contribuyó a relanzar la imagen de un país que comenzó a ponerse de moda y fortaleció a nivel internacional el frágil perfil del que todavía no era príncipe de España.

Federica de Grecia, junto al rey Juan Carlos y la infanta Elena, en 1965 en Madrid. (Getty)
Federica de Grecia, junto al rey Juan Carlos y la infanta Elena, en 1965 en Madrid. (Getty)

Federica de Grecia se quebró en la primavera de 1964 con la muerte del rey Pablo, y tres años después le cupo transitar el dolor que supuso la caída del trono de su hijo, de la que ella fue considerada culpable por muchos sectores (la monarquía no sería oficialmente abolida hasta 1973). Las críticas fueron tan duras como resistente era su carácter, pues años atrás ya había sido hostigada en las calles de Londres. Quedó sin país y sin casa, consideró establecerse en España, recaló en Londres, y finalmente sacó de dentro la mujer de conocimiento interesada por la física de altas energías y, como adelantada a su época, también por la mística y por la espiritualidad, afincándose finalmente en Madrás, en la India, desde donde siguió las enseñanzas espirituales del profesor Mahadevan y de un maestro del linaje de los Kanchi.

Su muerte en Madrid, tras una operación de los párpados en la que le falló el corazón, en los días previos al golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, dejó desolados a sus hijos, para quienes siempre fue referente y guía. Ella dijo de sí misma que había reído y llorado, amado y perdido, y pasado por momentos de desesperación. Pero cabe preguntarse qué pensaría una mujer tan apasionada, y sin duda alguna tan imbuida de su rango, de la situación actual de la monarquía en España y de la figura un tanto opacada de su nieto don Felipe que, no hay duda, ha heredado el estoicismo y la templanza de su amado esposo el rey Pablo. Algo de lo que ella se sentiría claramente orgullosa.

La reina Federica de Grecia en 1969. (Getty)
La reina Federica de Grecia en 1969. (Getty)

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