Lujo, tradición y sombras en el reinado de Mswati III: las mujeres detrás del trono de Esuatini
Desde su coronación, gobierna un reino donde la herencia familiar, los rituales ancestrales y la mirada constante del mundo se cruzan en torno a un monarca tan reservado como controvertido
El rey Mswati III encabeza Esuatini -antes Suazilandia- desde 1986 y es uno de los pocos soberanos con poder casi absoluto que quedan en el mundo. Su figura divide: para unos, es el guardián de la identidad suazi; para otros, un líder opaco en un país con profundas carencias. En el plano personal, su vida es tan observada como su reinado. Las cifras varían según las fuentes, pero se estima que tiene al menos quince esposas oficiales y decenas de hijos. Cabe apuntar que la pauta viene de lejos: su padre, Sobhuza II, tuvo alrededor de setenta esposas y unos doscientos diez hijos, un récord dinástico que marcó a la Casa de Dlamini y cimentó la tradición polígama de la monarquía.
Esa herencia se refleja en el Umhlanga, o Baile de las Cañas, uno de los ritos más emblemáticos del país. Cada año, miles de jóvenes se reúnen ante la reina madre y el monarca en el Ludzidzini Royal Village, en un espectáculo que reivindica la cultura suazi y la figura del soberano. Para la sociedad local, es una fiesta de identidad nacional. Aunque para la mirada internacional, se trata de un evento rodeado de controversia. El caso Zena Mahlangu, en 2002, cuando la joven fue incorporada a la corte, motivó una denuncia de Amnistía Internacional por presunta falta de consentimiento. Pese a la polémica, el festival continúa como gran rito nacional.
Mswati III en Marbella en junio de 2019. (Gtres)
Detrás de los muros del Ludzidzini Royal Village y del Lozitha Palace, la vida de las consortes combina lujo ceremonial, etiqueta estricta y un rígido protocolo. Cada 'Inkhosikati' -esposa real- dispone de residencia y funciones públicas, pero la jerarquía interna y el control del entorno palaciego condicionan su día a día. A pesar de la riqueza y el estatus que simboliza el rol, la vida en la corte no siempre se asocia al bienestar personal ni a la libertad.
El brillo de la monarquía quedó ensombrecido en 2018, cuando Senteni Masango -conocida como Inkhosikati LaMasango- falleció por sobredosis de amitriptilina. La prensa local informó que sufría una fuerte depresión tras no poder asistir al funeral de su hermana. El caso, confirmado por medios sudafricanos, abrió un debate inédito sobre la salud mental y las presiones dentro de la realeza suazi. Por primera vez, el país habló abiertamente del precio emocional que supone la vida dentro de un sistema cerrado, donde el silencio y la obediencia pesan más que el privilegio.
Mswati III en una visita a Serbia. (EFE)
A lo largo de los años también se han documentado episodios de ruptura. La prensa local ha informado que varias esposas abandonaron la corte en circunstancias discretas. Entre ellas Putsoana Hwala, que habría huido del país en 2004, y Angela LaGija Dlamini, que en 2012 dejó Esuatini alegando malos tratos y, según algunos medios, posteriormente regresó. Ninguno de estos casos fue confirmado oficialmente por el palacio, que evita comentar la vida privada del monarca, pero su eco en la prensa internacional ha convertido estas historias en parte inseparable del relato público de la monarquía de Esuatini.
No todas las esposa reales siguen el mismo camino. Sibonelo Mngometulu (Inkhosikati LaMbikiza), licenciada en Derecho, ha desempeñado un papel institucional particular. Se hace referencia a ella, no oficialmente, como asesora legal del rey y se la vincula a iniciativas benéficas en materia de educación y salud, lo que la ha convertido en el rostro más visible y respetado del entorno real. Su perfil, poco habitual en un contexto tradicionalmente hermético, simboliza el intento de algunas consortes por encontrar un espacio propio dentro de los límites que impone la tradición, aportando una imagen de modernidad al rígido entramado monárquico.
El rey Mswati III encabeza Esuatini -antes Suazilandia- desde 1986 y es uno de los pocos soberanos con poder casi absoluto que quedan en el mundo. Su figura divide: para unos, es el guardián de la identidad suazi; para otros, un líder opaco en un país con profundas carencias. En el plano personal, su vida es tan observada como su reinado. Las cifras varían según las fuentes, pero se estima que tiene al menos quince esposas oficiales y decenas de hijos. Cabe apuntar que la pauta viene de lejos: su padre, Sobhuza II, tuvo alrededor de setenta esposas y unos doscientos diez hijos, un récord dinástico que marcó a la Casa de Dlamini y cimentó la tradición polígama de la monarquía.