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9 años sin la actriz

Elizabeth Taylor: las joyas más preciadas de la mirada violeta que conquistó Hollywood

Embajadora de Bulgari y apasionada de los diamantes. Si hubo algo que caracterizó a Elizabeth Taylor, aparte de su condición de megaestrella de Hollywood, fue su afición a los pedruscos

Foto: Elizabeth Taylor, en una imagen de archivo. (Cordon Press)
Elizabeth Taylor, en una imagen de archivo. (Cordon Press)

Embajadora de Bulgari y apasionada de los diamantes. Si hubo algo que caracterizó a Elizabeth Taylor, aparte de su condición de megaestrella de Hollywood o su solidaridad con los enfermos de sida, fue su deseo casi lujurioso por los pedruscos y los diamantes. Cuando Christie's sacó a subasta su colección de joyas, tras su fallecimiento el 23 de marzo de 2011, casi no sabían por dónde empezar el catálogo.

Allí había joyas que la actriz había utilizado tanto en su vida personal como profesional. La colección alcanzó precios récord con objetos de firmas tan diversas como Boucheron, Cartier, Tiffany, Van Cleef & Arpels... Muchas de esas joyas fueron regalos de sus maridos, el actor Richard Burton, fanático de las joyas históricas, y el poderoso productor de cine Michael Todd. El primero le regaló, por ejemplo, el ya mítico Taylor Burton Fiancee Ring, un anillo de esmeralda y diamantes que hacía las veces de broche y colgante. Se pagó por él la friolera de 6.578.500 dólares.

El caro regalo de Burton a Taylor. (Christie's)
El caro regalo de Burton a Taylor. (Christie's)

No fue el único obsequio de Burton, que ya desde que se enamoró de ella, en pleno rodaje de 'Cleopatra' (con una historia de adulterio que condenó el mismísimo Vaticano), mostró su amor en forma de joyas. Suyo era también un espejo en oro y turquesas que la actriz duró durante el rodaje de la mítica (y calamitosa) superproducción dirigida por Joseph Leo Makiewicz. Años más tarde, en 1972, cuando ya se habían casado dos veces y se habían peleado unas cuantas más, el británico le regaló un impresionante collar de zafiros y diamantes. La pieza se vendió por 5,9 millones de dólares hace casi una década.

Otro de los obsequios de Burton. (Christie's)
Otro de los obsequios de Burton. (Christie's)

Entre las joyas más preciadas de la actriz también se encontraba el broche de diamantes que le regaló su cuarto marido, Eddie Fisher (aquel que dicen, le 'robó' a Debbie Reynolds). Todas esas valiosas piezas (y otro centenar de ellas, imposibles de recopilar en cualquier artículo periodístico) demostraban que el amor y las joyas iban, en el caso de Elizabeth Taylor, muy de la mano.

Una de las últimas estrellas

Aunque la sobreviviesen Maureen O'Hara u Olivia de Havilland (aún con nosotros a sus 103 años), la dueña de una de las miradas más famosas del mundo fue algo así como la última gran diva del Hollywood dorado. Fallecida un 23 de marzo de 2011, la niña prodigio que pasó de acariciar a la perra Lassie en las películas de la Metro de los 40 a ser la Cleopatra cinematográfica de los 60 en el mayor descalabro económico de un estudio de cine.

Elizabeth Taylor en su papel de Cleopatra.  (Fotograma)
Elizabeth Taylor en su papel de Cleopatra. (Fotograma)

La actriz también guardó una relación muy especial con nuestro país. La primera vez que Liz pisó España ya no era la gran estrella de la década de los 50 y los 60. Habían pasado las glorias de 'Gigante' (1956) o 'La gata sobre el tejado de zinc' (1958) y la Taylor aterrizaba algo alicaída en San Sebastián para acudir a la 21 edición del festival, que tuvo lugar en 1973. La actriz acudía para presentar una cinta de bajo perfil, 'Una historia en la noche'. Su aspecto era tristón porque, además de que su carrera ya no era lo que una vez había sido, también acababa de finalizar su primer matrimonio (hubo dos) con Richard Burton, al que había conocido en el set de 'Cleopatra' y con el que vivió una relación de amor-odio digna de varias novelas 'rosas'.

Años después, le otorgaron el Premio Príncipe de Asturias en 1992. En aquellos momentos, la estrella se había reinventado: ya no le importaba que hablasen de su rosario de matrimonios (llevaba cinco), de sus ostentosas joyas o de su amistad con Michael Jackson. El galardón le era concedido por ser la embajadora de la Fundación Americana para la Investigación del Sida. Con esos peinados cardados que caracterizaron sus últimos años de vida, la Taylor apareció en el teatro Campoamor de Oviedo del brazo del mismísimo Nelson Mandela, que también era premiado aquella noche. Vestida con un riguroso negro durante la ceremonia, parecía algo nerviosa cuando comenzó su discurso, que hizo referencia al quinto centenario del descubrimiento de América, uno de los emblemas de aquel 1992 en nuestro país. “En este año en el que se conmemora la hazaña de un marino italiano que navegó bajo bandera española, el simbolismo de mi viaje a España no podría ser más hermoso (…). También yo llego hoy a España con el corazón lleno de esperanza y la ilusión de descubrir asimismo un mundo nuevo”, dijo ante las decenas de asistentes.

La actriz, en una imagen de sus últimos años. (EFE)
La actriz, en una imagen de sus últimos años. (EFE)

En su madurez, la reina de Hollywood seguía luciendo joyas, pero se había convertido en un adalid de la solidaridad y era mucho más sensible a cualquier tipo de desgracia. Todavía son recordadas sus emocionantes palabras y sus lágrimas cuando habló de la muerte de Diana de Gales en televisión. Cuando murió a los 79 años, sus continuos desafíos a la muerte habían hecho que tuviese bien atado cómo iba a ser su funeral. La tumba, digna de cualquier monarca, fue elegida por ella misma y estaba hecha en madera de caoba y forrada de un llamativo terciopelo rojo. Pero lo más llamativo fue su petición expresa de que el funeral se retrasase quince minutos. Según comentaban los que la conocieron, pretendía llegar tarde a su propio entierro. Una muestra de que las verdaderas estrellas siempre lo son hasta el final.

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