¿Por qué los ángeles de Victoria's Secret nos la pegaron durante tanto tiempo?
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ÁNGELES CAÍDOS

¿Por qué los ángeles de Victoria's Secret nos la pegaron durante tanto tiempo?

Resulta complicado entender que una marca ajena a la diversidad haya impuesto un canon de belleza imposible durante tanto tiempo

placeholder Foto: Devon Windsor, en el desfile de Victoria's Secret de 2017 en Shanghái. (Getty)
Devon Windsor, en el desfile de Victoria's Secret de 2017 en Shanghái. (Getty)

Cuando anunciamos que los desfiles de Victoria’s Secret iban a ser cancelados, no pudimos hacerlo sin sumar un “¡por fin!” a la noticia. Cuando la semana pasada se supo que los ángeles iban a dejar sus alas y sus conjuntos de lencería circense para abrazar la diversidad, todos los medios aplaudieron el cambio y volvieron a exclamar la misma locución adverbial: "¡por fin!".

Resulta difícil ver imágenes de las supermodelos enfundadas en conjuntos de lencería imposibles combinados con botas fantasía y una parafernalia extravagante carente de ironía (la estética kitsch lo es cuando quien la ve así quiere verlo, pero los creadores del show carecían de ese filtro) sin echarse las manos a la cabeza, como ocurre cuando vemos programas de la televisión de hace décadas y nos llama la atención la sexualización y cosificación de las azafatas.

placeholder Bella Hadid. (Getty)
Bella Hadid. (Getty)

Tampoco arqueábamos la ceja cuando ante la llegada del esperado desfile (cuyas audiencias rondaban los diez millones de personas), numerosos artículos acerca de las dietas y los ejercicios específicos que llevaban a cabo las modelos para poder desfilar aparecían. Busca en YouTube el show del 2018 y verás al final una recopilación de los entrenamientos de las modelos. El vídeo va haciendo una cuenta atrás que marca la cercanía del show, y a medida que la fecha se acerca, esas mujeres interminables de siluetas prácticamente clónicas practican crossfit, boxeo y todo tipo de disciplinas con la misma fuerza que una atleta profesional ante la llegada de los Juegos Olímpicos. Entonces nos querían vender un ejercicio de empoderamiento bañado de sudor, pero hoy la lectura es bien distinta… Especialmente cuando algunas modelos declaraban que estaban deseando terminar el desfile para poder comerse una hamburguesa. Quizás tendríamos que habernos dado cuenta de que algo fallaba cuando la felicidad se encontraba en un filete ruso rodeado de pan...

placeholder  Alessandra Ambrosio. (Getty)
Alessandra Ambrosio. (Getty)

Las modelos, por contrato, tenían que mostrar en sus redes unos entrenamientos casi militares regados de smoothies de apio, sonrisas perladas y oblicuos definidos. El desfile de Victoria’s Secret no era una mentira, sino una tortura y, ante todo, una máquina de hacer dinero. Las ventas anuales rondaban los 7 billones de euros y la presencia de algunas de las modelos más deseadas del mundo, que mantenían apolíneas siluetas ajenas a la diversidad (ni líneas rectilíneas ni curvas más allá de la canónica tenían cabida en la pasarela), justificaban sus millonarios contratos, que demostraban que se habían convertido en imanes de las ventas y de las audiencias. Diseñadores como Olivier Rousteing o Riccardo Tisci acudían a los shows, que de esta forma lograban no ser vistos como el chiste de la industria, y las actuaciones de iconos de la música como Rihanna, Lady Gaga o Ariana Grande hacían del desfile la cara B de la Super Bowl.

placeholder Elsa Hosk. (Getty)
Elsa Hosk. (Getty)

Las modelos querían desfilar para Prada, de acuerdo, pero también para Victoria’s Secret, un show que terminó por ser aceptado por la modelo y que incluso ha compartido escenario con Chanel al haber presentado su desfile de 2016 en el Grand Palais, el icónico enclave de los desfiles de la maison. Irina Shayk podía ser icono de Burberry, Doutzen Kroes participaba en los shows de Prada y ambas compaginaban sus experiencias con las grandes marcas con los desfiles acontecidos entre plumas y confeti sin que la industria de la moda se tambaleara. La diferencia es que mientras que la alta moda se esforzaba por abrir sus puertas también a los ángeles, Victoria’s Secret no hacía lo propio con la diversidad. Por si fuera poco, el término 'ángel', que fue utilizado por primera vez en 1997, hacía alusión a esa chica buena que no lo es tanto en la cama, un guiño a la conejita Playboy que, como señala la periodista Vanessa Friedman, hoy resulta inquietante.

El triunfo de la radiografía de otra era

En los 2000, Paris Hilton y Kim Kardashian se habían hecho de oro a pesar (o a causa) de sus vídeos eróticos y la cultura pop se basaba en señalar a nombres propios a los que convertir en iconos de póster. Los ángeles no necesitaban apellidos (Alessandra, Doutzen o Heidi son la prueba) y la estética imperante abrazaba la exageración, el kitsch anteriormente mencionado y los tintes disco que caracterizaban la estética del desfile, que funcionaba como la celebración del momento y de una era. Hablamos de unos años en los que la industria musical y los medios sexualizaban a iconos como Britney Spears y en los que las modelos mandando besos al aire o enfundadas en faldas de colegiala no nos incomodaban.

placeholder Irina Shayk. (Getty)
Irina Shayk. (Getty)

El sueño de las modelos no era ya desfilar para las grandes marcas de moda o ser portada de las publicaciones más importantes, sino participar en el show de Victoria 's Secret. No es de extrañar: Gisele Bündchen llegó a confesar que el 80% de sus ingresos provenían de la marca, y hablamos de la que fuera la mejor pagada del mundo. Hoy no venimos a hablar de las causas del declive del desfile y de la marca, pues ya hemos tratado este tema en diversas ocasiones, sino que queremos entender cómo un desfile que ha sido celebrado entre 1995 y 2018 en el que mujeres que reconocían dedicar meses de su vida a ese show eran tratadas como maniquíes y en el que la estética de la marca se mantenía impasible mientras las tendencias aceleraban su rumbo ha logrado ser el gran show de la moda.

La respuesta es que antes la definición de sexy se podía reducir en una línea. Ahora, el que figuras como Megan Rapinoe sean los nuevos ángeles demuestra no solo que la sensualidad ahora necesita ser explicada (y redefinida) con esmero, sino que ahora sería inconcebible aplaudir a una marca cuyo espectáculo consiste en un desfile ajeno a la diversidad que parece salido de un programa italiano de los noventa. Vamos a terminar repitiendo la locución adverbial del comienzo del texto: ¡POR FIN!

Kim Kardashian Paris Hilton Ariana Grande Irina Shayk
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