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ESPECIAL LGTBI: Tribuna de opinión

Orgullo, lucha democrática y corrección política

Eduardo Rubiño, diputado de Más Madrid en la Asamblea de Madrid

Foto: Eduardo Rubiño. (EFE)
Eduardo Rubiño. (EFE)

Se cumplen 50 años desde que los disturbios de Stonewall marcaron el pistoletazo de salida del movimiento LGTBI en todo el mundo y desde entonces la lucha por nuestros derechos no ha parado ni un momento. En España podemos sacar pecho de haber logrado un avance vertiginoso en pocas décadas, que se ha traducido no solo en el reconocimiento de derechos como el matrimonio igualitario o el derecho de adopción de las parejas homosexuales, sino también en la conquista de una hegemonía cultural muy importante. Hemos pasado de ser un país donde se torturaba en la Dirección General de Seguridad a las personas LGTBI a un país en el que cada año millones de personas llenan las calles de arcoíris.

El respeto por la diversidad se ha convertido en una seña de identidad de nuestro país, que nos coloca como referente de libertad ante el mundo. No es casualidad que España sea según ACNUR el primer país del mundo en solicitudes de asilo para personas que buscan asilo por la violencia LGTBIfóbica que sufren en sus países de origen. Por supuesto, quedan muchísimas cosas por hacer cuando la LGTBIfobia sigue siendo una de las principales causas de bullying en las escuelas, o cuando todos los días hay agresiones en las calles, algunas de enorme gravedad. Pero es indudable lo lejos que hemos llegado y la relativa libertad que vivimos, más cuando algunos países de nuestro entorno padecen situaciones críticas.

Los derechos LGTBI no son patrimonio solo de las personas LGTBI sino de toda la ciudadanía, porque luchar por los derechos LGTBI es luchar por la libertad de cada persona a disfrutar del deseo, del sexo, de su cuerpo, de su identidad, como considere. Eso es algo transversal a la vida de todas las personas desde el día en que nacemos hasta que morimos, porque nunca dejamos de explorarnos, de descubrirnos y de evolucionar, tengamos la orientación sexual y la identidad que tengamos. También las personas heterosexuales. El orgullo LGTBI por eso también es orgullo patriótico, porque nos hace sentirnos orgullosos como sociedad de vivir en un país que ha logrado con mucho esfuerzo que hoy sea más fácil vivir esa libertad hasta el final para el conjunto de la ciudadanía. Hemos sido capaces de recorrer un camino que va desde la férrea imposición de una moral católica a un país que celebra su diversidad y la reivindica sin distinciones para todo el mundo.

Dos cuestiones trascendentales

Pero precisamente por eso, por todo el camino que sabemos que hemos recorrido y por todo el que nos queda por recorrer, este año deberíamos acudir al Orgullo con dos cosas en la cabeza:

En primer lugar, con la conciencia plena de que para que todo esto haya sido posible, muchas generaciones han tenido que pelear antes. Que si estamos aquí lo debemos a una larga historia de sacrificio que protagonizaron nuestros mayores. Este año el orgullo lleva por lema 'Mayores sin armarios' y no se trata solo de recordar que las personas LGTBI también envejecemos y que no podemos seguir alimentando un estereotipo comercial de juventud eterna, condenándonos al ostracismo en la tercera edad. Se trata también de poner sobre la mesa que desde esa arrogancia juvenil que nos gastamos en muchas ocasiones, olvidamos que se lo debemos todo a esas generaciones.

En segundo lugar, que el Orgullo siempre ha sido y será una manifestación política. Que nunca se pidió permiso para cambiar la historia o para reclamar un derecho. Vivimos un momento en el que mientras unos compiten por ver quién dice la burrada más grande sobre cosas que hasta ayer creíamos un consenso (basta ver los comentarios de Francisco Serrano de Vox sobre la sentencia de la Manada), los otros se permiten exigir al colectivo LGTBI la mayor de las correcciones políticas. Mientras los unos nos mandan a terapia para curarnos como enfermos, los otros piden que el Orgullo sea apolítico y ponga buena cara a todo el mundo. Mientras los unos dicen que quieren suprimir el matrimonio igualitario, los otros se quejan de que este año no les han invitado a participar en el Orgullo con carroza propia. Lo más gracioso de todo es ver como los unos y los otros pactan en toda España, al mismo tiempo que dicen todo eso y sin sonrojarse.

Pues no, el Orgullo no nació para ser la verbena más grande de Madrid, ni para bordear la delgada línea que separa la corrección política extrema de la hipocresía más absoluta, le pese al señor Rivera lo que le pese. El Orgullo comenzó tirando piedras y chocando cuerpo a cuerpo con la policía. Como una gran explosión de rabia. Y el Orgullo no puede perder su carácter político y reivindicativo para hacer que Ciudadanos se sienta cómodo sin rendir cuentas por el camino que ha escogido de la mano de la ultraderecha.

Luchar contra la LGTBIfobia

Resulta vergonzoso escuchar a dirigentes de Ciudadanos aleccionar a colectivos que llevan más de 30 años luchando, acusándolos de sectarismo y de estar 'politizados', siguiendo un discurso que se desliza peligrosamente por el mismo argumentario que Vox, a un paso de llamarlos chiringuitos. La mayor prueba de autonomía e independencia de estos colectivos es precisamente la valentía que ha demostrado COGAM este año exigiendo el compromiso de no pactar con la extrema derecha para poder llevar carroza en el Orgullo, justo cuando ha habido un cambio de manos en el Gobierno municipal de Madrid. Sería más fácil sonreír y arrimarse a los nuevos gobernantes. Pero el Orgullo no va de eso, el Orgullo es una manifestación que sirve para tirar de las orejas al poder político, y eso nos incluye a todos los partidos, por no haber llegado suficientemente lejos. También sirve para poner negro sobre blanco una agenda política que pide más recursos para luchar contra la LGTBIfobia, más medidas para los jóvenes LGTBI en riesgo de exclusión, una ley LGTBI estatal, políticas activas de empleo para terminar con el paro de más de un 80% que sufren las personas trans, etc. Una agenda que es completamente incompatible con compartir un Gobierno con Vox. Y por tanto, renunciar a exigir que no haya tales pactos sería renunciar a cualquier avance y a todo carácter político y reivindicativo del Orgullo.

Siempre me ha parecido que la reivindicación y la fiesta podían y debían ir de la mano, como históricamente ha tenido lugar en la mayoría de movimientos por los derechos civiles. Siempre y cuando, claro está, lo segundo no acabe engullendo a lo primero. Estos últimos años hemos reclamado una vuelta al carácter más reivindicativo del Orgullo. Pues bien, 2019 será uno de los Orgullos más políticos de los últimos años y debemos hacer bandera de ello. Porque está en juego lo que somos como país, si vamos hacia la España en blanco y negro a la que quiere devolvernos Vox o caminamos hacia un país que nos llene verdaderamente de orgullo. El 6 de julio seguiremos peleando políticamente, como en la mejor tradición de lucha de nuestra historia, por esto último.

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