Waldo de los Ríos: la banda sonora de la España franquista y su impactante suicidio
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se publica 'desafiando al olvido'

Waldo de los Ríos: la banda sonora de la España franquista y su impactante suicidio

El libro de Miguel Fernández repasa la trayectoria del compositor y arreglista, que tuvo que ocultar su homosexualidad y acabó suicidándose con ayuda de una escopeta

Foto: Waldo de los Ríos: la banda sonora de la España franquista y su impactante suicidio
Waldo de los Ríos: la banda sonora de la España franquista y su impactante suicidio

¿Quién es Waldo de los Ríos? ¿Quién fue y quién sigue siendo años después de haber muerto? "¿Que quién soy? Simplemente alguien que cree haber nacido músico y que goza y se divierte mucho cuando el público canta, silba, tararea, discute o protesta ante una orquestación mía", contaba él mismo en una emisión de Televisión Española. Cualquiera que se haya emocionado con los violines del 'Soy rebelde' de Jeanette o haya sentido brincos de puro gozo en su estómago con el 'Himno de la alegría' que cantaba Miguel Ríos tendrá que darle las gracias eternas a Waldo. Él era quien estaba detrás de aquellas espectaculares orquestas, de los arreglos de esas (y muchas otras) canciones que hicieron vibrar a varias generaciones.

43 años después de la muerte del compositor y arreglista, el libro 'Desafiando al olvido', de Miguel Fernández, desentraña la gran historia de su vida y de su obra; los secretos de una existencia triunfal pero amarga, marcada por una sexualidad escondida en el cajón y unos años finalizados a golpe de escopeta, con un suicidio que aún sigue estremeciendo a aquellos que lo conocieron.

 Fotografía cedida por Roca Editorial
Fotografía cedida por Roca Editorial

El libro es un híbrido entre esa vida torturada que comenzó en Argentina, su país de nacimiento, y una obra ingente que incluye los arreglos de la 'Balada triste de trompeta' de Raphael o los del eurovisivo 'En un mundo nuevo' de Karina, por citar otros pocos. Según Fernández, "la vida de Waldo estaba escrita desde que nació. Hijo de padres que mantienen una relación adúltera porque el padre estaba casado, vio cómo su madre, una gran figura del folclore latinoamericano, decidió desde pequeño que él fuese el número uno en la música. Si para eso había que llevarle a conocer a Manuel de Falla se le llevaba, por ejemplo. A los 9 años ya era el pianista de su madre y a partir de ahí se movió por una vida que ya parecía escrita. Él se rebelaba contra eso, contra el hecho de que su detino pareciese fijado. Por eso era tan aficionado a la astrología, a consultar al tarot... Pensaba que en algún lugar de la galaxia todo estaba decidido".

Nada más llegar a España, "donde tuvo que empezar de cero", el argentino Oswaldo Nicolás Ferraro Gutiérrez, que así se llamaba en su partida de nacimiento, luchó por un éxito que le llevó a ser el arreglista de los títulos mayores de la canción ligera y el pop españoles. Dicho de otro modo, la banda sonora de los últimos años del franquismo no sería la misma sin su nombre. "Era muy poderoso sin proponérselo. Era el brazo derecho de los ejecutivos de la discográficas más importantes del mundo latino, como Hispavox. Los artistas más populares y comerciales del momento estaban ahí. Él era el que cogía al artista según le llegaba y lo lanzaba al estrellato creándole un repertorio, buscándole la mejor orquestación, jugando con las técnicas de grabación para que sonase lo mejor posible... De sus aciertos o sus fracasos dependía el éxito de ese artista", cuenta Fernández. Por sus manos también pasaron desde Serrat a Mari Trini o los Pekenikes. Un hecho que provocó que lo comercial y lo artístico siempre estuvieran, en su caso, en "un combate, un combate que al final también era consigo mismo porque se exigía mucho".

Waldo de los Ríos. (RTVE)
Waldo de los Ríos. (RTVE)

Waldo siempre fue las dos caras de una misma moneda: el mismo hombre que ponía música a la publicidad de Rumasa o versionaba la internacional del Partido Socialista para las primeras elecciones también hacía conciertos para la guitarra criolla. Un hombre que se atrevió a decirle 'no' al mismísimo Kubrick cuando el director, enamorado de su recreación del 'Himno de la alegría', le propuso elaborar algo parecido para la banda sonora de 'La naranja mecánica'. El músico temió entonces que la misma intelectualidad de mente estrecha que había rechazado la canción de Miguel Ríos volviese a cargar contra él.

Su vida íntima también fue una dicotomía. "Era un hombre que vivió atormentado porque era homosexual. En aquella época era algo que no se podía ser. En España podías acabar con tus huesos en la cárcel por la ley de peligrosidad. Ni siquiera él se libraba de ese miedo. Al mismo tiempo que era un personaje social que aparecía en cócteles y en determinados ambientes del franquismo, también estaba en los locales y tugurios del Madrid más gamberro y más noctámbulo". Su mujer, la periodista y escritora Isabel Pisano, tenía un conocimiento limitado de esa doble vida que llevaba su marido. Ella anhelaba ser actriz y él "estaba ocupado con su trabajo. En el 74, Isabel se instala en Italia e intenta acercarse al mundo del cine. Acaba siendo vecina de Fellini y Giulietta Massina en Roma, vivían en el mismo edificio de la via Margutta. Ella pasa desde el 74 al 77 en Roma mientras él vive en Madrid. Cada uno lleva su propia vida. Además de eso, ambos se otorgaban un cierto margen de libertad".

Desgraciadamente, hay otro recuerdo terrible además del de la genialidad de Waldo de los Ríos: el de su suicidio a los 42 años en aquel día de marzo de 1977; aquella jornada en la que cogió la escopeta y decidió que sus problemas emocionales no tenían solución. 'Desafiando al olvido' narra las 24 últimas horas de un hombre angustiado, peleado con el mundo, incapaz de conciliar realidad y deseo. Unos días antes, su joven amante le había dicho que era 'viejo' a sus 43 años. Además de aquello, Waldo temía los tiempos que estaban por venir, los cambios de una industria musical que ya no sería la misma.

"Se levantó a las 12 de la mañana en compañía de un joven que se quedó a dormir con él en su casa. Era un día en el que ofició una cierta ceremonia de despedida. No sabía que esa noche iba a apretar el gatillo pero todo lo que iba haciendo, como en 'Crónica de una muerte anunciada', le iba conduciendo hacia ese momento. A medida que avanza el día se queda solo. Durante las primeras horas, come en el restaurante que le gustaba, va a la discográfica, se abraza a su amigo y colaborador Rafael Trabucchelli, va a la casa que ha compartido con su amante y se va al café Gijón para esperar una señal de vida del hombre del que está enamorado. Esa señal no llega nunca. Organiza una concienzuda puesta en escena de su propia muerte, no se suicida de cualquier manera; tanto que su familia llega a pensar que era un asesinato. Así, escuchando la voz de su madre de fondo y con la foto de su amante cerca, dispara la escopeta".

Aquella decisión puso fin a una carrera brillante que, pasadas las décadas, sigue siendo reivindicada; elogiada por aquellos que no tachan de 'kitsch' o trasnochado todo lo que coincidió temporalmente con el franquismo. También cerró una trayectoria personal llena de dolor que debería hacer reflexionar a aquellos que aún quieren escamotear derechos al colectivo gay en pleno siglo XXI. Son dos razones poderosas para revivir el legado de Waldo de los Ríos; un genio con luces y sombras, un músico que dio a millones de melómanos la felicidad que él no supo encontrar en su propia vida.

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