Operación Triunfo no es lo que era: los concursantes de OT cambian de albañiles como Bustamante a graduados en Teatro Musical
El perfil de los triunfitos no es el mismo que en su estreno en 2001, los nuevos participantes son un reflejo de la sociedad actual con un sistema de estudios más amplio y accesible
Todos los concursantes de Operación Triunfo 2025. (Instagram / @operaciontriunfo)
Operación Triunfo siempre ha sido más que un programa de televisión. Desde aquella primera edición de 2001 que paralizó al país, el formato se convirtió en un relato compartido: el de unos chicos de origen humilde que, en apenas tres meses,podían transformarse en artistas profesionales.
David Bustamante, recién salido de la obra; Rosa López, con una voz prodigiosa curtida en orquestas; Bisbal, que compaginaba trabajar en un vivero con escenarios de en pueblos; Chenoa, cantante de casino con un título de Educación Infantil. Eran jóvenes “de la calle”, con bagaje real, que entraban a una academia de televisión y descubrían hasta dónde podían llegar.
Leo Segarra (OT2006) yRoi Méndez (OT2017) lo cuentan en primera persona a Vanitatis. El valenciano había estudiado una ingeniería y todo lo que sabía de música lo había aprendido en su tiempo libre. Lo mismo que el gallego, que fue autodidacta con la guitarra y entendió lo que era el oficio tocando. En general, sus compañeros de edición seguían el mismo patrón.
gente NORMAL, que no ha tenido la oportunidad de dar clases o dedicarse a esto porque, por ejemplo, sus padres no pueden permitírselo o porque les han dicho que estudien algo seguro y que la música sea su hobby
Veintitrés años y trece ediciones después de su estreno, el espejo refleja otra imagen. Los concursantes de OT 2025 llegan con currículos que parecen sacados de un conservatorio de élite: titulaciones oficiales en Teatro Musical o Danza, formación en prestigiosas academias, vidas internacionales y, en muchos casos, un entorno familiar que les ha permitido explorar lo artístico desde niños. No faltan ejemplos si se entra en sus biografías: de los 16, solo 4 son prácticamente neófitos. Y no son excepciones, sino la norma.
El cambio no ha pasado inadvertido para los fans del formato. En redes sociales, muchos señalan que se ha perdido parte de la “magia original”. “Esto es lo que queremos ver, a gente con cero formación y hasta dónde pueden llegar estudiando con los mejores profesores, no a gente que solo le ha faltado actuar en Broadway antes de entrar en la academia”, escribía una usuaria de X junto a un vídeo de Guille Toledano, que hasta ahora se dedicaba a la cocina.
Chicos de “la calle” vs. “niños privilegiados”
El debate no es menor, porque toca el corazón mismo de lo que fue OT: una academia en televisión que ofrecía, en directo y en prime time, la promesa de ascensor social. “Uno de los encantos de Operación Triunfo era el relato que vendían. Te enseño, te transformo en un artista en todos los ámbitos y alcanzas el triunfo”, recuerda el finalista de 2006. “Esa idea es más difícil venderla si te acercas a ser un ‘Got Talent’”, compara.
Eso sí, tiene claro que hacer un casting y perseguir a lo mejor, te va a llevar a la gente más preparada. “Antes buscaban perfiles artísticamente por hacer”, reflexiona.
Ana Guerra, Roi Méndez, Aitana y Cepeda en una foto de archivo. (Gtres)
La realidad es que la sociedad también ha cambiado. Según el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, en el curso 2023-2024 se alcanzó el récord histórico de 1.762.459 estudiantes universitarios en España, con un 18% más que en 2008, pese a que la población joven se redujo un 20%.
La formación artística, antes relegada a conservatorios o a clases particulares, es ahora más accesible y diversa: proliferan los grados en música, danza y artes escénicas. Que los jóvenes lleguen a OT con bagaje académico ya no es una rareza, sino un reflejo de ese contexto.
Lo que tampoco ha cambiado es la ilusión con la que se entra. La que tenía Méndez hace ya ocho años. En su caso, la excepción eran Alfred, Amaia o Thalía, que contaban con años de conservatorio. “Me atrevería a decir que hubo gente con un nivel altísimo que se quedó fuera”, comenta, mientras que bromea con que Noemí, directora de la Academia, es “quien lo sabe mejor que nadie”.
Para él, lo importante no es tanto la formación como lo que ocurre después. “La industria no funciona solo por talento o estudios. Influyen la exposición, la suerte, la conexión con el público… A veces esas cosas pesan incluso más que la música en sí”, explica desde la experiencia.
El choque entre expectativas y realidad es otra lección que atraviesa generaciones. Un aspecto que se hace patente con las ampollas que ha levantado el tema de los estudios y tablas sobre el escenario. De la misma forma que Bustamante o Bisbal demostraron que se podía salir de una orquesta y llenar estadios, hay también historias recientes que revelan que ni siquiera ganar un talent show garantiza una carrera sólida.
Es el caso de Crespo —ganador de ‘La Voz’ y uno de los 16 de OT2025—, que ha tenido que volver a presentarse a otro concurso para intentar relanzar su carrera. Es decir, la formación no da el éxito que aspiran por sí sola y los programas no garantizan vivir de la música. “Mi consejo es claro: OT es un regalo, una oportunidad, pero nunca un fin”, dice Segarra, que ha reconvertido su popularidad en una exitosa carrera empresarial.
Leo Segarra y algunos de sus compañeros de edición, durante la presentación de su gira en 2007. (Gtres)
Los dos entrevistados refuerzan la idea de que el programa abre muchas puertas, no solo en la música. “Me cambió la vida laboralmente”, especifica el finalista de 2006. Los dos años siguientes se dedicó a cantar, pero después ha sido profesor, empresario, asesor de comunicación…
Es consciente de que en parte es por lo que aprendió en la Academia: a comunicarse, estar delante de cámaras, soportar tanta presión. “Tantos y tantos años después, me sigo beneficiando de haber sido un personaje público porque cuando la gente te conoce, te da oportunidades”, comenta.
Roi no dista mucho. Ahora colabora en radios, televisión y es capaz de vivir de las redes sociales. Aunque asegura que es una experiencia única que merece la pena, “también diría que hay otras formas más sanas y menos exigentes mentalmente de vivir de la música”. El componente psicológico es muy importante para Segarra: “Tienen que comprender lo que es y lo que no es OT. Mal gestionado, te puede llevar a cosas malas”.
La polémica sobre si los concursantes actuales son “niños privilegiados” planea en cada gala por el trabajo de sus padres o las oportunidades que han tenido. Olivia Fernández Trujillo Azarola Murphy y su interminable lista de apellidos -sumados los de sus padres y abuelos, evidentemente- que rapeó en el directo hace unos días, desató bromas dentro de la escuela. Su compañero Max ironizó: “No sé cuántos castillos debió tener tu tatarabuelo, pero unos cuantos”.
Sin embargo, tampoco se conoce la historia de ninguno ni de cómo han conseguido llegar donde están. Son detalles que alimentan la percepción de que OT ha pasado de mostrar el esfuerzo de los “chicos normales” a convertirse en escaparate de jóvenes ya pulidos por un sistema de oportunidades.
La diferencia, sin embargo, no invalida al formato. El programa sigue siendo, a ojos de los espectadores, un espectáculo televisivo capaz de emocionar y generar conversación social. Y lo hace adaptándose a su tiempo: si en 2001 representaba el sueño de ascenso social, en 2025 refleja una generación con más acceso a la formación, más movilidad internacional y también nuevas formas de entender el éxito. “Probablemente, mi perfil ahora mismo no es el que buscan”, admite Segarra.
El producto de Gestmusic seguirá existiendo siempre que haya jóvenes de 18 años que sueñen con entrar, y una audiencia dispuesta a vibrar con ellos. Al fin y al cabo, Operación Triunfo nunca fue solo una escuela de música. Fue, es y será un espejo de lo que somos como sociedad y cómo funciona la industria musical.
Operación Triunfo siempre ha sido más que un programa de televisión. Desde aquella primera edición de 2001 que paralizó al país, el formato se convirtió en un relato compartido: el de unos chicos de origen humilde que, en apenas tres meses,podían transformarse en artistas profesionales.