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Agatha Ruiz de la Prada: "La persona que tiene una empresa está visto como un hijo de puta"
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EPISODIO 17 - CÁNCER

Agatha Ruiz de la Prada: "La persona que tiene una empresa está visto como un hijo de puta"

Sin nostalgia y sin pedir permiso: Agatha habla claro sobre dinero, poder y amor. Con motivo de la presenración de su colección en la Mercedes-Benz Fashion Week se sienta en Zodiac mostrándose más afilada que nunca

Foto: Ágatha Ruiz de la Prada posa en el set de Zodiac, el podcast de Vanitatis . (Sergio Beleña)
Ágatha Ruiz de la Prada posa en el set de Zodiac, el podcast de Vanitatis . (Sergio Beleña)

Agatha Ruiz de la Prada se sienta en el pódcast Zodiac de Vanitatis a un día de presentar colección en la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid. El contexto podría invitar a un discurso promocional, pero nada más lejos: la diseñadora convierte la conversación en una radiografía —a ratos incómoda— de la industria, de su propia biografía y de una forma de entender la vida donde el trabajo pesa más que cualquier otra cosa.

Desde el principio, Agatha no esquiva el tema de sus orígenes. Habla de su infancia con una naturalidad que desarma: reconoce haber crecido en un entorno acomodado, donde el dinero no era un problema, pero se esfuerza en marcar una línea clara entre privilegio y mérito. No romantiza su historia ni la disfraza, pero tampoco acepta que se simplifique. Su relato es más matizado: partir de una base no implica quedarse quieta, y en su caso, insiste, todo ha pasado por el trabajo constante.

Esa ética atraviesa toda la conversación. “No invierto, reinvierto”, explica, casi como un lema vital. No hay grandes alardes ni una ambición desmedida por acumular, sino una idea mucho más concreta: mantenerse. No vivir peor que sus padres, pero tampoco mejor. Una estabilidad que, en su discurso, se convierte en objetivo y límite al mismo tiempo. En un mundo donde el éxito suele medirse en crecimiento infinito, Agatha plantea una lógica distinta, más conservadora, pero también más honesta con su propia historia.

El tono cambia cuando entra en el terreno político. Ahí, la diseñadora se muestra especialmente crítica. Lamenta la falta de apoyo institucional a la moda española y recupera el recuerdo de una época en la que sí existía un impulso claro por internacionalizarla. Frente a ese pasado, describe un presente mucho más hostil: burocracia, impuestos y una percepción social negativa hacia quien genera empresa.

No se queda en lo abstracto. Sus palabras dibujan un malestar concreto: la sensación de que el éxito económico está penalizado, de que emprender implica casi justificarse constantemente. Para una industria como la moda —dependiente de inversión, riesgo y visibilidad—, ese contexto, sugiere, no solo frena el crecimiento, sino que desincentiva cualquier intento de expansión. No pide subvenciones, recalca, pero sí un marco menos restrictivo, menos punitivo.

En paralelo, aterriza el debate con cifras que ayudan a dimensionar el problema. Desfilar en Madrid, explica, tiene un coste inicial relativamente contenido —entre 10.000 y 15.000 euros en concepto de alquiler dentro de la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid—, pero esa cifra apenas representa una pequeña parte del total. Detrás hay meses de trabajo, equipos, producción, tejidos, logística. Una maquinaria compleja que convierte cada colección en una inversión considerable.

placeholder Ágatha Ruiz de la Prada junto a Nacho Gay durante la grabación de Zodiac. (Sergio Beleña)
Ágatha Ruiz de la Prada junto a Nacho Gay durante la grabación de Zodiac. (Sergio Beleña)

Cuando amplía el foco a otras capitales de la moda, la comparación es inevitable. En París o Milán, los costes se multiplican hasta cifras que pueden alcanzar los cientos de miles de euros, e incluso millones en el caso de grandes firmas. Más que una queja, su reflexión funciona como contraste: España sigue siendo un entorno relativamente accesible, pero también menos potente en términos de impacto global. Y ahí vuelve a aparecer, de fondo, la idea de falta de apoyo estructural.

Más allá de la industria, el plano personal introduce otro ritmo. Agatha habla del amor con una distancia casi quirúrgica. No lo niega, pero lo desplaza. “No dependo para nada del amor”, afirma, dejando claro que su eje vital está en otro sitio. El trabajo aparece, de nuevo, como pilar absoluto, como aquello que da sentido y estructura. En su discurso, el amor no desaparece, pero pierde centralidad, se convierte en algo secundario, casi accesorio.

placeholder Agatha Ruiz de la Prada posando en Zodiac. (Sergio Beleña)
Agatha Ruiz de la Prada posando en Zodiac. (Sergio Beleña)

Sin embargo, esa aparente frialdad se rompe cuando habla de su familia desde otro lugar: el de abuela. La llegada de su nieta introduce una dimensión distinta, más emocional, más lúdica incluso. Hay entusiasmo, cercanía, una conexión directa con su universo creativo. Después de años diseñando ropa infantil, esa faceta adquiere ahora un significado más personal, menos conceptual. Ya no es solo estética: es vínculo.

En ese equilibrio entre control y emoción, entre discurso firme y pequeñas grietas, se construye una Agatha que parece tener muy claro dónde quiere estar. También hacia dónde mirar. Cuando se refiere al amor, lo hace con una idea que resume bien su posicionamiento vital: el pasado no le interesa. No hay nostalgia ni revisión constante. Lo importante es lo que viene.

placeholder Agatha Ruiz de la Prada posando para Zodiac. (Sergio Beleña)
Agatha Ruiz de la Prada posando para Zodiac. (Sergio Beleña)

Y es ahí donde su relato queda abierto. Porque si algo deja entrever en Zodiac es que, incluso después de décadas de carrera, de polémicas y de éxito, su historia no está cerrada. Sigue en proceso, como sus colecciones. Como su manera de entender el mundo. Como esa mirada obstinada hacia el futuro que, lejos de suavizarse con el tiempo, parece cada vez más definida —y también más imprevisible.

Agatha Ruiz de la Prada se sienta en el pódcast Zodiac de Vanitatis a un día de presentar colección en la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid. El contexto podría invitar a un discurso promocional, pero nada más lejos: la diseñadora convierte la conversación en una radiografía —a ratos incómoda— de la industria, de su propia biografía y de una forma de entender la vida donde el trabajo pesa más que cualquier otra cosa.

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