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García Cereceda, el amigo millonario de González que nunca se dejó fotografiar

La muerte del empresario Luis García Cereceda, de 72 años, no  ha pillado por sorpresa a sus íntimos, que hasta el viernes pasado le visitaban en su domicilio

Foto: García Cereceda, el amigo millonario de González que nunca se dejó fotografiar
García Cereceda, el amigo millonario de González que nunca se dejó fotografiar

La muerte del empresario Luis García Cereceda, de 72 años, no  ha pillado por sorpresa a sus íntimos, que hasta el viernes pasado le visitaban en su domicilio de La Finca, la urbanización de lujo que creó y construyó en Pozuelo de Alarcón (Madrid) y donde falleció en la madrugada del domingo.

Hace dos años le detectaron un cáncer y, mientras se sintió bien, continuó trabajando, aunque era conocedor de la gravedad y del cariz terminal de su enfermedad. A pesar de su estado, nunca perdió la consciencia y estaba al tanto de lo que sucedía en el mundo y, por supuesto, en su casa. Así se lo comentaba a los más íntimos, que se turnaban para hacerle compañía y darle un respiro a su mujer Silvia Gómez.

Con ella, ex mujer de Ramón Hermosilla, no tuvo descendencia, pero adoptó afectivamente a los hijos de su esposa. Cereceda tenía dos hijas de su primer matrimonio -Yolanda y Susana- que  han protagonizado en los últimos meses una historia truculenta con denuncias y acusaciones mutuas. Incluso una de ellas solicitó la custodia de los hijos de la otra alegando que no tenía capacidad para educarlos. 

Aseguran que el trasfondo de esta pelea caínita se debía -como suele ocurrir cuando la familia no se lleva bien- con la administración de parte de la herencia  ya repartida en vida por el padre a las hijas. A García Cereceda se le supone una fortuna de más de mil millones de euros, parte de los cuales se debió a la venta de los terrenos que hoy ocupa La Finca a las empresas constructoras Parquesol y Nuevo Mundo.

En aquel momento las hectáreas que previamente había comprado al banco Urquijo se valoraron en doscientos millones de pesetas. Cereceda adquirió -entre otras muchas propiedades-  el restaurante Zalacaín, coto privado de los megaricos, y montó sucursal en Pozuelo, donde se celebraron las bodas de los hijos de sus amigos. Una de ellas fue la de María González Romero, a la que Cereceda conocía desde pequeña. Fue su regalo nupcial. Felipe González, que ha sido uno de los íntimos que le ha frecuentado durante la enfermedad, fue uno de los primeros en acudir al tanatorio de San Isidro para dar el pésame a los familiares directos que quisieron privacidad absoluta para el responso y la incineración

García Cereceda era un hombre muy querido. Y no sólo por las amistades de siempre, sino también por la gente que trabajaba a sus órdenes. Le definen como una persona afectuosa, respetuosa, enérgica y generosa con quien tenía que serlo. A diferencia de otros empresarios y financieros de su mismo nivel, que tenían (y tienen) que mostrar sus fincas, sus yates, sus coches y sus mujeres para que el mundo se percate de sus inmensas fortunas, Cereceda era lo suficientemente listo para aparcar la vanidad.

Era austero en sus gustos y espléndido con sus hijas y los de su mujer. Prácticamente no hay fotografias ni imágenes sociales suyas y tampoco renegaba de sus orígenes humildes. No nació rico pero sí se hizo muy rico. Tuvo una primera etapa como tendero, después fue escaparatista y más tarde los dueños de la empresa Sagar le nombraron director general. A partir de ese momento, su destino ya estaba marcado. Años después dejó de ser asalariado para convertirse en su propio jefe fundando Lugarce. Su ascensión a los cielos inmobiliarios le convirtió en uno de los grandes, con un entramado societario dirigido con mano firme, que a partir de ahora deberán gestionar sus herederos. Y ahí es donde pueden surgir los problemas, que ya tuvieron un primer prólogo en la misa que se celebró ayer a las ocho en la capilla del tanatorio de San Isidro, a la que acudieron el poder político, económico y social.

La hija más complicada de Cereceda llegó tarde y acompañada de Jaime Ostos (hijo), con quien se suponía que iba a casarse, hasta que declaró en una revista que era gay. Un lío que se acentuó en la liturgia de difuntos cuando Yolanda leyó una carta dirigida a su padre muerto.

Muchos de los presentes consideraron que estaba fuera de lugar porque no era formas ni maneras. Después quiso continuar con otra misiva de sus hijos para el abuelo y aquí fue el sacerdote que oficiaba el sacramento el que cortó por lo sano viendo que la situación se salía de madre. Mientras tanto la viuda, Silvia Gómez, se mantuvo en su lugar igual que la otra hija.

A partir de ahora pueden ocurrir dos cosas: que se pacifiquen los desencuentros y las aguas vuelvan a su cauce o que la historia truculenta continúe en los platos de televisión.

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