Eduardo Sánchez Junco: la leyenda de un hombre bueno
Cuando una persona con transcendencia pública desaparece, se tiende a la loa facilona y edulcorada. Es lo habitual. Más si se trata de un nombre que
Cuando una persona con transcendencia pública desaparece, se tiende a la loa facilona y edulcorada. Es lo habitual. Más si se trata de un nombre que ha tenido poder y este poder lo heredan sus hijos. Cortesanos los hay en todos los ambientes. Y da igual que el círculo sea empresarial, político o social. El peloteo funciona por igual a todos los niveles. Pero hay casos concretos donde la unanimidad a la hora de elogiar al fallecido es preclara.
Ha pasado una semana desde que murió Eduardo Sánchez Junco, dueño y director de ¡Hola!, y su perfil de hombre generoso y bondadoso marca la pauta de las conversaciones que le recuerdan cuando sale a relucir su nombre. No ya del mundo del famoseo, donde demasiadas veces la fidelidad no forma parte de su vocabulario. Muchos personajes mercadeaban su intimidad con ¡Hola! porque era el medio que más pagaba, no por una cuestión de lealtad.
Eduardo lo sabía y negociaba a cara de perro. Pero, por la misma regla, compraba reportajes a profesionales que conocía de toda la vida, por un precio muy superior cuando intuía que su situación personal era complicada. Adelantó dinero para las revisiones de un colaborador en Houston, contrató como estilista al hijo descarriado de un subalterno, publicó fotos de la Primera Comunión de una antigua chica de servicio, guardó secretos evitando así males mayores y tendió su medio a excelentes periodistas que en un momento dado sufrieron algún que otro ERE en sus respectivas empresas.
Todos estos gestos y muchos más no forman parte de su biografía pública, pero sí de la privada, porque quienes los narran los han vivido en primera persona. Hace unos días, en un viaje de prensa, muchos de nosotros (que nunca tuvimos relación comercial con ¡Hola! Y, por lo tanto, ni fuimos ni somos estómagos agradecidos) recordábamos alguna anécdota que tenía a Eduardo como protagonista. La última vez que coincidí con él me felicitó por “el excelente trabajo -así me dijo- que hacéis en Vanitatis. Lo leo todos los días”. Unas palabras muy generosas teniendo en cuenta que su revista ofrece la edición digital y, por lo tanto, cualquier otro empresario editorial hubiera obviado la referencia.
Sánchez Junco era el dueño de ¡Hola! Pero, como decía al principio, también un hombre generoso que fue capaz de guardar fotografías que, aunque informativas, podían hacer un daño personal irreparable. La famosa leyenda del archivador a prueba de cacos, donde se custodiaba el material sensible que nunca vería la luz, era una verdad a medias. En su día, el mueble existió y las carpetas también, pero ahora lo que no se publica se ordena en cd’s, como en cualquier redacción. Incluso las más comprometidas. Y como las leyendas son como una bola de nieve, ya hay quien asegura que existen imágenes que avalarían un divorcio ya anunciado –hace poco.
Querido Eduardo, por una vez el corporativismo tiene razón de ser. Te echaremos de menos y estés donde estés seguirás creando “la espuma de la vida”, pues era así como denominabas la esencia de ¡Hola!.
Cuando una persona con transcendencia pública desaparece, se tiende a la loa facilona y edulcorada. Es lo habitual. Más si se trata de un nombre que ha tenido poder y este poder lo heredan sus hijos. Cortesanos los hay en todos los ambientes. Y da igual que el círculo sea empresarial, político o social. El peloteo funciona por igual a todos los niveles. Pero hay casos concretos donde la unanimidad a la hora de elogiar al fallecido es preclara.