La maldición de los Grimaldi: una historia de escándalos y tragedias
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La maldición de los Grimaldi: una historia de escándalos y tragedias

El príncipe Alberto, que nació el 14 de marzo de 1958, ha esperado a ser un cincuentón para casarse con Charlene Wittstock. Podría resultar algo anecdótico

El príncipe Alberto, que nació el 14 de marzo de 1958, ha esperado a ser un cincuentón para casarse con Charlene Wittstock. Podría resultar algo anecdótico salvo por un pequeño detalle. Un maleficio amoroso rodea a la familia reinante desde que una gitana le echó la maldición a un antepasado mujeriego y embustero. La amenaza verbal venía a decir que ni él ni sus descendientes hallarían la estabilidad emocional si contraían matrimonio antes de los cincuenta años.

Fijar la edad en ese ordinal no tenía que ver con el arrepentimiento en el  último momento de la señorita en cuestión, sino porque en el siglo XV la esperanza de vida rondaba los treinta años. Por lo tanto, era una condena  a la infelicidad en toda regla. Según cuenta la leyenda, el antepasado juró a la maldecidora amor eterno y casamiento para consumar un encuentro sexual. No cumplió ni lo uno ni lo otro y la gitana ejecutó su venganza. Durante los siguientes años y hasta ahora ha habido desgracias en todas las generaciones Grimaldi.  

Y a quién no le envenenaban, aparecía degollado, atravesado por una flecha, ahogado e incluso asesinado por un hermano, así infortunio tras infortunio en el árbol genealógico de los dueños de La Roca, como también se denomina al territorio monegasco. En aquellos siglos, las traiciones y las muertes violentas eran el pan de cada día entre las familias para arrebatar el poder y las tierras. Por lo tanto, no hubo constancia de la maldición hasta mucho después, cuando una Grimaldi consorte, que ejercía la videncia y la brujería, reconoció el mal de ojo de la despechada y lo comunicó, aunque no la hicieron mucho caso.

A partir de ahí, fueron más o menos conscientes, pero ningún antepasado ni familiar directo del hoy príncipe reinante lo tomó en serio. El balance de la supuesta amenaza en el último siglo es llamativa. La famosa tía Antoinette, que quiso arrebatarle el trono a Rainiero, se casó tres veces. Como en el tango, tuvo tres maridos a los que no envenenó con unas cuantas gotas de cianuro en el café como cantaba Massiel, pero tampoco los aguantó. Hubo un tercero, bailarín para más señas, del que quedó viuda al poco de casarse.

Los amores de Carolina de Mónaco, la hija mayor de Garce Kelly, han sido un drama casi mundial. Su matrimonio en 1978 con el playboy Philippe Junot solo duró dos años. Tras la muerte de su madre, volvió a pasar por el altar en 1980. Esta vez con un multimillonario italiano llamado Stefano Casiraghi, padre de Andrea, Carlota y Pierre, que murió diez años más tarde durante una competición deportiva. Poco después, en 1996, comenzaría su relación con el príncipe Ernesto de Hannover bajo un importante secretismo. Aunque las malas lenguas afirmaron que habían iniciado su relación mientras éste continuaba casado, lo cierto es que tres años después contrajeron matrimonio y tuvieron a la princesa Alexandra. 

Estefanía tampoco ha tenido mucha suerte aunque, en su caso, no ha tenido que lamentar abandonos irrecuperables. Al guardaespaldas Daniel Ducruet, padre de sus dos hijos, que le rompió su corazón con sus contínuas infidelidades, le siguió el domador, Franco Knie, con el que recorrió parte de Europa en su circo ambulante, después otro guardaespaldas, Jean Raymond Gottlieb, con el que tuvo a su hija Camille, y un equilibrista. Ninguno duró más allá de un par de temporadas y Estefanía continúa sin encontrar la estabilidad emocional.  

Por si las moscas, el  hoy marido de la nadadora Charlene ha esperado para sobrepasar las cinco décadas y pico para cumplir uno de los deberes de todas las monarquías: casarse y traer hijos al mundo. En el caso de Alberto de Mónaco, la continuidad la tenía asegurada con los dos vástagos que tuvo con dos novias discontinuas y desconocidas, pero al no haber matrimonio católico de por medio, la prole no tiene derecho a ser continuadores de la dinastía. Se supone que, a partir de ahora, la maldición desaparecerá gracias a la paciencia de su Alteza Serenísima Alberto II.

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