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falleció en abril de 2009

Cinco años sin Mari Trini, la cantautora oculta

“Los sueños son míos, dejadme soñar”, exclamaba esta cantautora de gesto torcido, ojos agresivamente claros y mirada furibunda en los 70

“Los sueños son míos, dejadme soñar”, exclamaba una cantautora de gesto torcido, ojos agresivamente claros y mirada furibunda ante las cámaras de Televisión Española y ante un público que le contemplaba a través de una televisión que todavía era en blanco y negro. Era la murciana Mari Trini, una contestataria que, a base de canciones melodramáticas dijo mucho sobre la mujer del final del franquismo, aquella que aún tenía que ser dócil, sumisa y sometida al ‘macho’ dominante. Un Lunes Santo 6 de abril de hace cinco años, esa mujer de voz desgarradora se iba para siempre a los 61 años, víctima de una larga enfermedad, en el Hospital Morales Meseguer de Murcia. Muchos de esos sueños a los que se refería en la canción se los llevaba con ella para siempre, ya que, entre rumores sobre su ambigüedad sexual y sobre su posible y duradera relación con su secretaria personal, la cantante siempre fue un adalid de la discreción y el mutismo sobre la vida personal.

Gran parte de las amargas letras que adornaron sus mejores canciones nacieron de una infancia poco afortunada. Nacida en la Murcia de 1947, siendo tan solo una niña sufrió una infección renal que la dejó postrada en la cama durante años y que, al mismo tiempo, le dejó ese característico gesto torcido en la boca que acentuaba su belicosidad sobre el escenario. Con apenas 15 años, Nicholas Ray, el director de Rebelde sin causa, la descubrió mientras rodaba en España cintas como 55 años en Pekín. Eso, sumado a algunos problemas con su madre, hizo que emigrase a Londres y posteriormente a Francia.  En el país vecino, su carrera despegó definitivamente. Su estilo estaba claramente influenciado por las canciones del mismísimo Jacques Brel y, tras elaborar sus propias composiciones, fue contratada por Hispavox una vez que regresó a España.

Ya por entonces, conviviendo con un tipo de crónica social muy diferente a la de hoy, en la que había una especie de pacto de no agresión entre personajes y periodistas, Mari Trini era una rara avis a la que le costaba desnudarse sentimentalmente. Vestida con vaqueros, unas letras que se salían de la reinante frivolidad de la españolada  y una imagen ambigua, tuvo que enfrentarse a un público que, en alguna actuación llegó a llamarla ‘marimacho’ y que no siempre respetó su forma de ver la vida. La canción del verano de turno era mucho más convincente para el españolito medio que Ventanas o Vals de otoño. La propia Mari Trini era tan especial como su propia música: le apasionaban los coches, jamás contestaba preguntas sobre su intimidad y algunas de sus canciones, como la mítica Yo no soy esa, habían sido consideradas ‘no radiables’ por los estrictos pero cegatos censores. Sus canciones no sólo eran peliagudas en territorio franquista. En Argentina se llegó a discutir si Ayúdala, una de sus canciones más famosas, retrataba un amor a tres bandas. Ella siempre lo negó y acató, a veces a regañadientes, que la discográfica le diese algunas indicaciones para cambiar sus temas y así evitar a los esbirros de la censura.

Desnudo en 'Interviú' y estafas

La cantautora, durante los 70 (I. C)
La cantautora, durante los 70 (I. C)
Una de las señas características de su estilo fue la de no enseñar demasiado y mantener su aspecto físico en un segundo plano, siempre por debajo de las letras de sus canciones. Ella siempre lo achacó a que vivía otros tiempos en los que la estética aún no había sustituido al talento. Sin embargo, la llegada de la Movida la descolocó, tanto a ella como a otros cantautores, que tuvieron que claudicar ante la fuerza de una nueva música que ni compartían ni entendían. Además, tuvo que hacer cosas que, años atrás, ni se le habrían pasado por la cabeza. El mejor ejemplo fue un desnudo en Interviú cuando el Photoshop era ciencia ficción. Ocurrió en 1984, cuando apareció totalmente desnuda en la revista para afrontar uno de sus habituales baches económicos.

En 1987 rompió con Hispavox y, a partir de ese momento, su carrera fue cuesta abajo y sin frenos. En los 90 sus canciones eran ya una reliquia del pasado, por mucho que Saramago hablase del placer que le suponía escuchar Amores cada vez que sobrevolaba el Atlántico. Tal y como declaraba en 2004 en un programa televisivo, el siglo XXI había sido duro para ella. Tras el éxito de su disco con Los Panchos (2001), en el que convirtió en boleros muchos de sus temas más famosos, fue estafada por uno de sus mejores amigos, que casi la dejó en la ruina. “He estado al borde de la depresión”, confesó. “Soy extremadamente sensible, quizá en exceso”, añadió en el programa ¿Dónde estás, corazón? Y esa sensibilidad fue la que le impidió hablar en público de sus cosas. Posteriormente, la enfermedad la acabó consumiendo hasta que, en 2009, y justo cuando preparaba un concierto de despedida, se marchó como sus Amores. Pese a que muchos puedan ver su existencia como un rosario de desgracias, también triunfó en un mundo dominado por hombres, se tomó cada obstáculo con positividad y gozó del respeto de una prensa que nunca fue más allá de su discreción. Como ella misma escribió “Siempre quedan días para llamar a falsas puertas que nunca se abrirán”. A ella, que mantuvo algunas de esas puertas bien cerradas, parece que, al menos, la dejaron soñar. 

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